sábado 07.12.2019

Un año histórico

Hay que admitir que 2014 ha sido un año en muchos aspectos histórico para nuestro país. Claro que, como se dice en mi tierra, cada uno cuenta la feria según le va en ella y mientras para algunos habrá sido un buen año, para otros lo habrá sido pésimo, pero para el conjunto de este atribulado país en el que tratamos de vivir y convivir 2014 nos ha dejado momentos para el recuerdo.

Ha sido un año de despedidas, pero también de bienvenidas. Un año, en suma, de cambios que avecinan nuevos tiempos.

Se nos fue Adolfo Suárez, primer presidente de nuestra democracia, cuya titánica tarea aún no ha sido suficientemente reconocida, quizás víctima de cierta incapacidad de nuestra sociedad para reconocernos a nosotros mismos en nuestros logros colectivos. Basta escuchar ciertas frases puestas en circulación sobre nuestra Transición en los últimos tiempos para constatar la veracidad de esto último y la necesidad de hacer pedagogía, sin esconder errores y olvidos, de los logros alcanzados por la sociedad española y por la generación de políticos que estuvo al frente de ese proceso histórico que nos ha brindado el mayor período de progreso, bienestar y convivencia democrática jamás alcanzado.

También ha sido un año de renovación de liderazgos. La despedida de Alfredo Pérez Rubalcaba al frente  del PSOE; el paso atrás de Cayo Lara en Izquierda Unida; la marejada en UPyD tras las elecciones europeas o la irrupción de Podemos, actualmente en plena efervescencia, son la constatación de los movimientos que se están produciendo en las fuerzas políticas en respuesta a una sociedad que demanda cambios, movimientos que anticipan un nuevo año apasionante en que los procesos electorales darán la medida de la profundidad de lo que borbotea en la superficie.

Pero si ha habido un cambio de fondo, un cambio de alcance histórico, ha sido el de la abdicación de Juan Carlos I y su sucesión en la Jefatura del Estado en la persona de Felipe VI.

La abdicación del rey cierra el ciclo político de la Transición y abre uno nuevo, distinto y, en múltiples aspectos, lleno de incertidumbres pero también de desafíos ilusionantes para dotarnos de un nuevo proyecto capaz de fortalecer y relanzar la voluntad de convivir y construir juntos un país más próspero y cohesionado.  

A este respecto, el trabajo desarrollado por Felipe VI al frente de la Jefatura del Estado nos habla de un Rey que quiere hacer honor a la propia concepción –la monarquía como deber– que él mismo verbalizó y comprometió sobre su papel institucional. El deber de cercanía con los ciudadanos y con los problemas a pie de calle, el deber de ganarse día a día su aprecio, respeto y confianza, el deber de observar una conducta íntegra, honesta y transparente, el deber de conducirse bajo estrictos principios morales y éticos de ejemplaridad pública. 

Todo ello ha estado presente en su primer discurso de Navidad como monarca. Un discurso plagado de llamadas a la necesaria regeneración de nuestra vida colectiva, a honrar el servicio público, a castigar las conductas irregulares. Un discurso pegado también a la realidad de la crisis, alejado de falsas complacencias, consciente de las dificultades que atraviesan millones de hogares que sufren el paro y el empobrecimiento y reivindicativo de uno de nuestros mayores logros colectivos: el estado del bienestar. Y un discurso integrador, abierto, conciliador para lograr soluciones a la crisis territorial, cuyo máximo exponente se encuentra en el desafío independentista de las formaciones soberanistas catalanas.

Quienes han faltado sin embargo, y una vez más, a la cita con el cambio han sido Mariano Rajoy y el Partido Popular. Instalados en la autocomplacencia, no les han dolido prendas en anunciar que la crisis ha terminado, da igual cuántos cientos de miles de niños se vean bajo el umbral de la pobreza, o cuántos jóvenes tengan que emigrar o cuántos millones de ciudadanos estén en paro o no puedan vivir del escaso empleo precario que se crea. El Gobierno ha decretado el fin de la crisis porque el consumo se va a recuperar gracias a los 3 euros mensuales que subirá el salario mínimo y a los 30 euros que dejará a algunos en el bolsillo la reforma del IRPF. Si la normalidad es esto, como para no querer bajarse en la próxima...

En fin, olvídense del Gobierno, disfruten las fiestas y mis mejores deseos para el año que entra, en lo personal y en lo colectivo, que ya va siendo hora.

Un año histórico
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