sábado 25/9/21

El Edicto Real de Worms

Estatua de Juan Bravo en Segovia (1)
Estatua de Juan Bravo en Segovia

Juan Bravo, Francisco Maldonado –éste en sustitución de su primo- Pedro Maldonado Pimentel- y Juan de Padilla, cabecillas comuneros apresados durante la batalla de Villalar (23 de abril de 1521), fueron ejecutados de manera inmediata a la mañana siguiente. No existió opción a la defensa de los cargos y culpas imputadas y, menos aún, proceso judicial alguno. Ellos sabían cuál sería su destino si en algún momento eran hechos prisioneros.

La sentencia se había escrito tiempo atrás, cuando el ya proclamado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos I, había emitido el Edicto de Worms (Alemania), y ya se había proclamado por los pregoneros por todo el reino de Castilla. Era la crónica de una sentencia anunciada.

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Busto de Francisco Maldonado en Salamanca

          Lo que estaba ocurriendo en España durante su ausencia y en presencia del regente por él designado, el cardenal Adriano de Utrecht, era algo más que una protesta y disconformidad que ya se había manifestado en las Cortes de Valladolid (9 de febrero de 1518), o en las de Santiago de Compostela y La Coruña (31 de marzo al 25 de abril de 1520). Gravísimos sucesos se sucedían a lo largo de Castilla, mientras él luchaba por hacerse con la corona imperial de su abuelo, Maximiliano I de Habsburgo.

Estatua de Juan Padilla en Toledo

Estatua de Juan de Padilla en Toledo

Su indiferencia y abandono de sus necesarias labores de reinado, su falta de tacto con el nombramiento de cortesanos flamencos, más preocupados en su enriquecimiento particular que en el de atender a los súbditos, su poca sensibilidad con la cultura y lengua de los castellanos –solamente hablaba flamenco y alemán-, las simpatías populares que había hacia su madre, la reina Juana I, -recluida en Tordesillas desde 1509-, su incumplimiento de los Fueros de Castilla perjurados y su abandono de España –embarcó con rumbo a Alemania el 20 de mayo de 1520-, en tan delicada situación, habían hecho germinar la semilla de la rebelión, la revuelta, la revolución, la sublevación, o como quiera que se denomine al levantamiento de las Comunidades, su arrogante e impertinente  actuación propiciaría un conflicto armado que tendría inevitables y amargas consecuencias para los hombre y mujeres de Castilla, que se sentían ultrajados y maltratados por un soberano hacia en cual no manifestaban ninguna empatía, al menos inicialmente.

          De manera constante y reiterada, recibía constantes quejas y misivas en las que se ponía de manifiesto el descontento en tierras españolas. Las reivindicaciones políticas habían dado paso a la lucha armada y muchas eran las ciudades que se habían alzado en armas. Ante este panorama y con la pretensión de amedrentar e intimidar a quienes desobedecieran a sus representantes, léase Consejo Real, regente o virreyes, (IV condestable de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, y III almirante de Castilla, Iñigo Fernández de Velasco), tomaría las medidas represivas oportunas. Y éstas llegaron en forma de edicto real.

          La fecha de tal documento era el 17 de diciembre de 1520, ya proclamado emperador y sobornados los electores  (Aquisgrán, 23 de octubre de 1520). Su contenido se refería al levantamiento comunero, iniciado a mediados de abril del mismo año, cuando todavía se hallaba presente en España.  Verán ustedes que la ambición y los deseos de Carlos por suceder a su abuelo, padre de Felipe I de Castilla, Felipe “el Hermoso”, eran mucho más fuertes que cualquier otro afán en el inicio de su reinado. Se sentía extranjero en su propio reino y así le sentían sus sufridos y maltratados vasallos.

          En el  Edicto de Worms, se presenta con la mayor carga simbólica posible, revestido de su total y absoluta autoridad y jurisdicción. En él expresa de manera inequívoca que hace uso de sus plenas facultades, como gobernante y señor de sus reinos. Establece las bases jurídicas que servirían, meses después, para señalar la responsabilidad penal que quiere exigir e imponer a sus súbditos rebeldes. No había vuelta atrás, desde este momento, se anunciaba la posterior y rápida sentencia ejecutada tras su victoria, mejor dicho, la de sus “leales” señores,  en Villalar.

          Era la contundente respuesta a las pretensiones comuneras de que el emperador aceptara las propuestas,  contenidas en la llamada Ley Perpetua de Ávila de 1520, a las que consideraba una auténtica subversión del poder político por él instaurado. Unos días antes, como preludio del edicto, había firmado una carta real declarándoles traidores, por su continuado y reiterado desacato a su señor.

          Es un documento que consta de cuatro piezas en pliego de folio de ocho hojas. Deja claro el desarrollo de la sublevación, los hechos y graves desacatos cometidos por la Junta –principal órgano de gobierno comunero-. También alude a las concesiones reales reiteradas,  por parte suya, para evitar la prolongación de la rebelión y conseguir la paz.

Por otra parte, y esta es la parte definitiva para determinar el fin de los acontecimientos acaecidos, se formulan acusaciones de delitos públicos y de lesa majestad  –delitos contra la autoridad del rey y el orden de su reino- y, en consecuencia, las gravísimas penas a cumplir, que no serían otras que las de la pena capital. “Alea jacta est.” -la suerte está echada-.  Se habían atravesado todas las líneas que un emperador podía ser capaz de soportar sin menoscabo de su incontestable autoridad. A  finales de 1520,  el camino de la victoria, para los realistas, y el camino de perdición, para los comuneros, se había iniciado inexorablemente.

          Para el cumplimiento de sus deseos, dota de poder y mandata a los gobernantes que le representan en Castilla  proceder de forma inmediata, dado lo notorio de los hechos sobradamente probados. Se da instrucciones para que se castigue, con el mayor rigor posible, y se persiga a los instigadores y líderes de la rebelión. El documento va firmado, con todas las formalidades preceptivas, por Francisco de los Cobos, secretario de Su Majestad.

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