jueves 2/12/21

Aquel 20 de Noviembre de 1936

Imagen de José Antonio Primo de Rivera
Imagen de José Antonio Primo de Rivera

No descubriré nada nuevo si afirmo que la Ley de la Memoria Histórica y, la nueva y más sectaria, frentista y revanchista, Ley de la Memoria Democrática, es verdaderamente lamentable. Un nuevo relato histórico se pretende escribir obviando capítulos verdaderamente execrables. Desde mi condición de historiador y español de bien, no estoy dispuesto a asumir el imperativo de la posverdad, a la sazón, una autoritaria ética de pensamiento único que pretende oficializar la lectura e interpretación de nuestra excelsa u envidiable historia.

Supongo que todos Vds., queridos lectores, estarán al corriente de las perogrulladas que en los últimos tiempos se han publicado en relación a nuestra maldita leyenda negra, la colonización y descubrimiento de América, la Reconquista, o los innumerables extravíos y despropósitos, concienzudamente elaborados, referentes a ilustres protagonistas de nuestro único, singular y excepcional pasado, tan memorable como glorioso. Cristóbal Colón, Isabel I, la Católica, Blas de Lezo, Daoíz y Velarde, son ejemplos, entre otros muchos, del barniz social-comunista que se quiere imprimir. Sencillamente execrable y vergonzoso, una auténtica profanación de la verdad histórica de la que se consideran apóstatas.

Uno de esos capítulos se refiere al asesinato, al fusilamiento de (1903-1936), Jefe Nacional de Falange Española de las JONS, represaliado vilmente en la madrugada del veinte de noviembre de mil novecientos treinta y seis. Hoy, que se con memora su LXXXV aniversario de su muerte, prosiguen con la persecución ideológicamente del líder ajusticiado. En un intento desesperado por trasladar sus restos inhumados en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos a un nuevo emplazamiento, se obstinan en revertir los hechos acaecidos en aquella infausta jornada vivida en la Cárcel Provincial de Alicante, hoy desaparecida y conocida por los alicantinos como la Casa de José Antonio.

En aquella madrugada, húmeda, desapacible y desangelada se procedía a dar cumplida cuenta de la sentencia de muerte emitida por el tribunal popular que, desde mediados de octubre, se había instruido, sin garantía jurídica alguna de defensa de resultado favorable. Una pamema  de proceso y  una auténtica farsa judicial, en la que José Antonio, como ilustre abogado que era, ejerció su propia defensa. Con una brillante oratoria forense y una excelente exposición y argumentación en su descargo, no podría evitar el desenlace de una crónica de una muerte anunciada, previa al juicio. El delito que se le atribuía era el de delito de rebelión militar.

Al gobierno de nuestro ínclito presidente del todavía Reino de España, Pedro Sánchez, se le presenta un problema para desarrollar la nueva ley. Y es que José Antonio se ajusta al perfil de persona represaliada por su condición ideológica.

Durante las horas previas a su ejecución, el jefe falangista había vivido momentos de verdadera emoción. Con una enorme tranquilidad de ánimo, con la serenidad de sentirse inocente, reconfortado por la confesión y absolución de su alma, y con una templanza impropia de tan trascendental momento, se despidió de sus amigos y correligionarios encarcelados y, en especial, de su hermano Miguel (1908-1964), también preso en Alicante. Junto a él fueron asesinados cuatro camaradas, los llamados mártires de Novelda, dos falangistas – Ezequiel Mira Iñesta y Luis Segura Baus- y dos requetés – Vicente Muñoz Navarro y Luis López López-. Los dos primeros, en la actualidad, tienen causa abierta por la Iglesia católica para ser declarados mártires,  es decir, hombres que no abjuraron de su fe y que vivieron y murieron como ejemplares cristianos. De esto no se quiere hablar, menos aún recordar.

Para entonces, de esto no tenía conocimiento José Antonio, su hermano pequeño, reputado médico y militar, Fernando (1908-1936) había sido fusilado en la Cárcel Modelo de Madrid el veintidós de agosto de aquel aciago año. Contaba con veintiocho años de edad y un futuro profesional prometedor. La razón, nuevamente, odio ideológico. En Madrid también fueron asesinados junto a él, Julio Ruiz de Alda (1897-1936), fundador de Falange, y otros destacados falangistas, también políticos de ideologías conservadoras republicanas, caso de Melquíades Álvarez González-Posada (1864-1936). De los sucesos acaecidos en Madrid, tampoco se quiere perpetuar la debida memoria.

José Antonio, de treinta y tres años, fue vilmente asesinado por un pelotón de catorce milicianos, comunistas y anarquistas, que con enorme ensañamiento y violencia, descerrajaron, a tres metros de distancia, ochenta disparos sin el protocolario “carguen y disparen”. De la brutalidad de los hechos fueron testigos el numeroso público allí congregado para presenciar el fusilamiento. El lugar concreto, el patio número cinco –junto a la enfermería-, se convirtió en el macabro patíbulo de ajusticiamiento in misericorde. Previamente, José Antonio había entregado a uno de sus verdugos el abrigo que llevaba. Le dijo estoicamente, “Yo ya no lo voy a necesitar”. Sus últimas palabras fueron:¡¡¡Arriba España!!!  y ¡¡¡Viva España!!!

Sus restos fueron trasladados para ser arrojados a una fosa común, anónima, sin ninguna lápida, tampoco cartel, en el cementerio alicantino de la Alta Florida. Posteriormente, en mil novecientos treinta y ocho, durante plena Guerra Civil Española, fueron depositados en el nicho número quince –hoy vacío en homenaje y recuerdo- del cementerio de Nuestra Señora de los Remedios, también en Alicante.

José Antonio es una figura central de la política española del siglo XX, hombre de profundas convicciones y raíces cristianas, descansa hoy  –menudo eufemismo- en el Valle de los Caídos desde 1959. La tergiversación y la manipulación de  su figura y obra, no eclipsará su eminente vida. Por lo menos, yo no lo voy a permitir.

Comentarios