domingo 22/5/22
UN CABARET IRREVERENTE

Roma, capicúa con amoR

Tras una puerta en un local de Madrid, se desata una tormenta de energía. De entre los juegos de luces, una cabaretera. O lo que parece una cabaretera. Realmente hay mucho más. Así es The Lovers, de Roma Calderón

La actriz Roma Calderón.
La actriz Roma Calderón.

Una tarde-noche de primavera unas largas piernas aparecen en el escenario, coronadas por un flequillo rojizo y revisitan el traumático Cocouaua de los funestos Enrique y Ana, como lo haría la mismísima Edith Piaf. Pero en guapa y con un punto ganso. En el pequeño café del Madrid de las callejuelas se ha hablado y cantado de amor, arrebatado, sexual, amargo, dulce, pero siempre con un aire irónico. Por algo Amor es el capicúa de Roma, en este caso Roma Calderón, que se presenta vestida con su conjunto ad hoc: “Soy cabaretera. Trabajo en bragas, pero tengo estudios”.

“El cabaret siempre ha sido un espacio off, de libertades, con su punto canalla, que se ha vivido con intensidad en tiempos de crisis o de entreguerras”, asegura, esta vez con vaqueros, zapato inglés masculino y camisa de cuadros, Roma Calderón. Nu cabaret, en este caso, al aire del Nu Jazz. Cabaret ganso, interpretado a veces a centímetros del espectador, todo un reto para los reflejos del artista. Y de algún espectador, que quizás no verá la larga pierna de Roma alzarse hasta el flequillo, pero sí la verá cantar, bailar, tocar el oukelele, cojear con un tacón roto y, en general, tomarse a sí misma poco en serio, que es el primer punto de la escala del sentido del humor.

Pero la sorpresa es que Roma, la Calderón, reproduce en un sillón rojo, a primera hora de la mañana, su alarde de recursos cómicos escénicos, pero se toma las cosas muy en serio. Tan en serio, que reconoce que las dos horas de espectáculo y exposición máxima como artista en un escenario tan grande como el mismo local, son “las historias de mis amores”. The Lovers es el título del espectáculo que ha escrito, compuesto, dirigido, producido y, como buena hiperactiva, también interpreta. “Son historias que en el fondo o le han pasado a todos los que están viendo el espectáculo, o al menos le son cercanas”, explica Calderón. “Porque, a ver, ¿quién no ha estado alguna vez en un trío?”, y la mirada de la artista taladra al interlocutor, acomplejado ante el torrente de vitalidad matinal de la cabaretera.

Los amantes –“me dejaban amarga”, dice el personaje Calderón en las tablas–, los tríos, la técnica para ejecutar un buen francés, las interminables charlas de enamorados al teléfono, el catálogo de situaciones a que nos lleva el amor compone un espectáculo sólido, sin distancia con el espectador, que entra en calor a toda pastilla (ayuda el ajustado corpiño que luce la artista) y acelera en busca de complicidades, entre las artes del monólogo y los inagotables recursos de cabaret. En realidad, confiesa, “es un homenaje a las personas que he amado en mi vida”.

The Lovers es un espectáculo sólido, sin distancia con el espectador, en busca de complicidades, entre las artes del monólogo y los inagotables recursos de cabaret

Viéndola, parece que el ser cabaretera es una vocación en Roma Calderón. Y actuar en sitios pequeños, donde el reto de engatusar al personal hace que “suba la adrenalina, te pone a tope”, una decisión estratégica y vital. Ya se ha dicho, Roma Calderón se expone desde el minuto uno con pocos elementos a los que agarrarse: una escena sencilla, juego de luces y un artilugio que graba y reproduce compases de sus canciones. Y en bragas. A pocos metros del espectador, sin opción a que luces ni maquillajes escondan piel, ojos, mirada, boca, cuerpo, ni siquiera la abertura final de las medias de rejilla que, como buena cabaretera, lleva casi tatuadas a las piernas.

Ojos, mirada azul navy, o azul purísima si es que habla de los retos del creador. Es raro oír hablar en este mundillo de responsabilidad, compromiso, reconocer que al que mira un cabaret se le entra por los ojos para acabar masajeándole el cerebro con sensaciones y sentimientos. Y mensajes "codificados", que el buen entendedor agradecerá.

Para eso seguramente hace falta un currículo que comienza en la añeja La Huellas del Crimen y pasa por televisión, programas en directo, teatro y todas las especialidades escénicas. Una suerte de espiral que se convierte en un embudo que inevitablemente ha llevado a Calderón a buscar ser la responsable de todo lo que hace. O irresponsable, vamos. Calderón dice: “Ojo, que no soy Shakespeare ni Cervantes”, con lo cual nos encontramos ante un Calderón más modesto que el del siglo de Oro.

En los sesenta las avanzadas quemaron los sujetadores (luego se vio que con funestas y graves, por la ley de la gravedad, consecuencias), se reivindicó la minifalda, y hoy, una artista reclama un espacio de autocrítica, a veces más profunda y social de lo que parece, a base de bromas y piernas largas. El sexo y la revolución, siempre aliados y cercanos. Puro subidón.

Uno puede salir del espectáculo de Roma Calderón de muchas maneras. Divertido, alterado, relajado, excitado, risueño, sediento, incluso con prisa o necesidad urgente de un aseo. Como la vida misma, los mensajes pueden caer de muchas maneras, gustar o no, o peor, ser indiferentes. De lo que no cabe duda es de que esta cabaretera logra transmitir durante sus actuaciones algo que ningún CD ni vídeo de youtube dará nunca: la emoción de que las cosas pasan, y podrían no pasar,o ser de otra manera de verdad, en el escenario, cada día; y que nunca una noche es igual a la otra. Como nunca un beso es igual a otro, ni una mirada se parece a otra, por muy azules que sean ambas.

Por si quedan dudas, cada sábado de junio, a las diez de la noche, en el Volta Café (Calle Santa Teresa, 9, de Madrid), se puede comprobar hasta qué punto esto que se ha escrito es fruto de una turbación pasajera. Que en cuestión de cabaret, y carabeteras, todo puede pasar.

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