martes 27/7/21

El futuro de Trump… y de la libertad en las RRSS

Editorial Trump

Más allá del titular del momento, por la novedad y la trascendencia del episodio inédito e histórico en que se encuadraba, el mundo entero ha visto con normalidad que Twitter o Facebook hayan acallado a Donald Trump, con causa en que sus manifestaciones en las redes sociales podían mover a la población, especialmente americana y no sólo en Washington, a la violencia. Existía ese cierto riesgo y convenía neutralizarlo por la vía de la urgencia. Era puro e imperioso sentido común.

            E l presidente saliente de Estados Unidos no ha podido emitir, en los últimos tiempos, mensajes más desafortunados. Quizá algún día se pruebe (hasta el momento no ha sido el caso) el fraude en las últimas elecciones. Pero los tribunales se pronunciaron, incluido el Supremo, y el camino de la democracia ha de quedar desbrozado, libre de sospecha.

            Ahora bien, ¿es lógico que las grandes corporaciones tecnológicas actúen en adelante como garantes de la libertad de expresión y la libre circulación de información en la red? ¿dónde empieza y termina el papel, la competencia, el propio derecho global, irrestricto, de gatekeeper de esos gigantes que actúan como gendarmes en el ciberespacio conservando la llave de la creación de la opinión pública en todos los continentes, de manera constante y automática?

            Qué duda cabe que cuando una persona (independientemente de si se trata de un personaje público o un cargo político/institucional) ingresa en una red social, acepta sus términos y condiciones, sus políticas de conducta, y con esta observación todo debate posterior debería quedar zanjado. Pero no es así.

            Vivimos en un mundo en el que los periodistas han dejado de actuar como guardianes de la verdad, principales y prácticamente únicos filtradores de aquello que era o no noticioso, de aquello que merecía ser difundido o, por el contrario, silenciado por su irrelevancia o inconveniencia. Estábamos en sus manos, en la de su ética, sus intereses… y su profesionalidad.

            Hoy el árbitro ha cambiado y el gran interrogante por despejar es: ¿en efecto, como creemos/sabemos/sospechamos no hay mayor dueño de nuestras libertades ciudadanas más fundamentales que Google, Microsoft, Twitter o Facebook? ¿Existe alternativa? ¿Qué precio estamos pagando? ¿Cuáles son los códigos deontológicos que actúan como contrafuertes de esos emporios?

            No tenemos ni la menor idea (aún es pronto) de las causas y motivaciones de las nuevas reglas del tablero en el que, ineludiblemente, se nos invita cada segundo a jugar. ¿Somos enteramente conscientes?

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