sábado 16.11.2019

Gracias Juez Llarena

Erase un President de la Generalitat tan ilegalmente independentista que siempre que hablaba venía a decir que el divorcio lo inventó el mismo que inventó el hacha. 
Y erase un hombre calvo e indespeinable que no hacía las leyes sino que las aplicaba; erase un juez con una idea secular y mayoritaria de España subido a un autobús que se llama la ley; erase, sí, un hombre con cara de alcaldable y valentía de librero de viejo que, en su cometido de juez juzgador del nuevo capítulo de la guía irracional de España que viene a ser la cosa ésa del proceso de Kafka en versión catalana, cada día citaba en voz baja pero muy audible a don Francisco de Quevedo cuando versa “si no hay justicia es malo tener razón”; eran esos; era eso… 
Y, además, era don Pedro Sánchez que, tras haber empezado presentándose ante los suyos en Madrid delante de una bandera de España tan enorme que casi parecía el pareo de King Kong, va y le da por postmodernizar la izquierda (esa izquierda que otrora fuera socialista, obrera y españolista) por el procedimiento de hacerla desaparecer, y que, así, ya lo más parecido a la izquierda con una idea clara de España sea Ciudadanos… ¡Chúpate ésa mandarina!
Y es que, en esta época en la que tanto gustan los experimentos hechos con gaseosa, España más que un país (todo país, ya se sabe, es un juego de azar de la historia) viene a ser un eterno deambular entre lo histórico y lo postnovísimo, y así nos va.
Pero de pronto, cuando más urge, como salido de las nieblas vaporosas del fondo del teatro surge un caballerazo legal de tomo y lomo como el Juez Llarena que, recordándonos eso que en su día nos enseñó la narrativa objetivista (que toda imparcialidad es solo formal), mira jurídicamente a los ojos al lobo entonces, justo en medio de su insurrección, y se atreve a decirle así, con la impavidez del mármol: la democracia moderna se basa en tres pilares, a saber, separación de poderes, derechos y deberes del ciudadano y el imperio de la ley, y actualmente la primera ley en este país es la Constitución. ¿Si usted se va la a pasar por el forro de los cojones, por qué es más demócrata que yo?...
No hay que ser lo que interesa ser sino que hay que ser lo que se es. Y lo fascinante del Juez Llarena (en su valiente modo de ejercer como juez siendo lo que es, oséase, alguien que no hace las leyes sino que las aplica), es su profesionalidad intachable, la cual le ha hecho un excelente y admirable servicio al estado.   
Pero de pronto cambia el gobierno, y ya el capitán de las debilidades evidentes don Pedro Sánchez –ese hombre de barro que mira a los delfines de piedra que cantara Ezra Pound; esa glosa de Maquiavelo- se olvida a velocidad de bólido de lo que es, un presidente de partido que lleva detrás una bandera de España tan grande que casi parece el pareo de Kin Kon, para ser lo que interesa ser, a saber, alguien que no debe cabrear a sus socios periféricamente inconstitucionalistas para así poder seguir en lo alto de la burra… ¡Aunque eso suponga abandonar a su jurídica suerte al Juez Llarena cuando, de su numantina defensa de la legalidad española vigente,  tiene que dar cuenta ni más ni menos, qué surrealista es todo, que en Bélgica! (¿es a esto a lo llaman hoy una conducta abierta, progresista y orientadora, esto es, de otro modo esperanzadora?).
Pues ser escribidor hoy, sea conveniente para uno o no, obliga a escribir esto: el reconocimiento es un terreno contiguo al del agradecimiento. Y en estos tiempos que corren en España la democracia, en su versión menos de unos pocos y más  de todos, le debe reconocimiento y agradecimiento al Juez Llarena… En fin.


Luis Artigue
Web oficial de escritor: www.luisartigue.org