viernes 21/1/22

Munilla y la herencia de Setién

La "instalación" de José Ignacio Munilla en la sede episcopal de San Sebastián ha sido evidentemente conflictiva y su futuro no parece prometedor. El panorama político y la relación de fuerzas en Euskadi parece más bien garantía de que el enrarecido clima en torno al nuevo prelado de la diócesis, una diócesis que en realidad prima sobre todo el territorio como factor eclesiástico, e incluso político, irá en aumento. Munilla es un contra-Setién, es su antítesis, y nadie negará que el famoso obispo nacionalista determinó, siempre en yuxtaposición institucional con Ibarretxe, bastante de lo que llegó a ser la trayectoria nacionalista en general dentro del País Vasco. Setién era un factor de radicalización. Ya hizo todo lo que pudo, y pudo bastante, para que Munilla, conocido párroco de Zumárraga, acabara aterrizando en territorio "español", es decir en la España de siempre, con la sede de Palencia como destino en este caso.

Pero las circunstancias fueron cambiando. El PNV perdió el poder frente a la coalición de facto acordada por el PSE y el PP. Patxi López y Basagoiti dejaban sentir su peso Y además Munilla es vasco de pura cepa y habla perfectamente el euskera. Una de sus primeras manifestaciones, si no la primera, ha sido prometer apoyo a las víctimas de ETA, justo en una coyuntura caracterizada por la ofensiva nacionalista y, por supuesto etarra, en pro de los presos vascos y en medio de una atmósfera de victimismo creciente.

Puede que en todo este proceso de cambio en la cúpula eclesial de Euskadi sea conveniente conceder algún significado previo a la sustitución del nuncio Monteiro, portugués, por otro italiano, muy cercano desde luego a la Curia y patrocinado por Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, afectivamente ligado en lo personal al papa Benedicto XVI.

La situación en la Iglesia vasca, y más concretamente en la donostiarra, es en principio de crisis a largo plazo. Allí se habla de "olla a presión". El claro guipuzcoano, radicalizado en su tiempo con Setién, aparentemente moderado por Uriarte, y ahora, con toda evidencia, contrarrestado en clave no nacionalista y supuestamente "preconciliar" por Munilla, ya hizo saber en su comunicado de rechazo al "intruso" que su soledad iba a ser completa. Munilla se ha defendido frente a los párrocos desertores argumentando que sus correspondientes ceses forman parte de una normativa canónica cuando un titular, en este caso Uriarte, causa baja en la sede por jubilación.

Aunque ahora resulta que Uriarte ha decepcionado también a los sacerdotes nacionalistas, lo cierto es que inicialmente, cuando al "advenimiento" de Munilla se hacía oficial, el obispo saliente admitió que "el perfil de Munilla no es conveniente para la diócesis". Por mucho que Uriarte intente moderar su propia imagen en un aparente intento de templar los ánimos revueltos, pocos olvidan que en su día pidió inoportunamente el acercamiento de los presos de ETA durante el funeral de López de Lacalle, militante de "Basta Ya" asesinado por la banda.

La etapa que se abre tiene que resultar complicada para Patxi López y su Gobierno. También bastante incómoda para el zapaterismo en la medida en que el nacionalismo vasco, hoy por hoy en retroceso como poder ejerciente para unos cuantos años, puede haber encontrado en el conflicto diocesano de Guipúzcoa elementos aprovechables para determinados incordios políticos. La idea de que en Guipúzcoa se ha asentado el nacionalcatolicismo puede con el abono propagandístico correspondiente, trasladar hacia los actuales gobernantes, en Madrid y en Euskadi, una cuota de congratulación indemostrable. Por otra parte, alguna que otra euforia "españolista" tendría su efecto ambiental. Y no se olvide que Setién es Setién y su herencia sigue viva.

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