martes 15.10.2019

Juana Ortega: madre coraje

El pobre chico se sometió a una operación de cirugía estética en la nariz. Algo sencillo, sin complicaciones. Pero Antonio Meño quedó desde entonces como un muñeco roto para toda la vida, ajeno al mundo que le rodea, sumergido en la incapacidad absoluta. En otros casos, tan terribles como el suyo, la noticia se archivó en el olvido. Antonio, sin embrago, tiene una familia hecha de otra pasta. Le ha cuidado hasta el sacrificio de su propia existencia, y tuvo el valor de emprender una lucha desigual para conseguir la justicia que su hijo merecía. A pesar de las peripecias vividas, historias como las de Antonio Meño me emocionan hasta el tuétano.

Llevan veinte años de tribunal en tribunal, revindicando que se repare en lo posible el mal hecho, enfrentándose a los mejores abogados de España, buscando peritos que certifiquen los daños irreversibles causados en el cuerpo de su hijo, gastándose todo lo que tenían, de aquí para allá, ganando pequeñas batallas y perdiendo otras, agobiados por la lentitud de la justicia, sobreponiéndose al paso de los años y a las dilaciones sin límites. Han tenido que acampar en la calle, más marginados que nadie, con su hijo maltrecho y enseñar la tragedia al mundo entero. Han recibido la solidaridad de muchos y la indiferencia de otros. Se han rodeado de cámaras de televisión y de reporteros de radio. Han concedido entrevistas y se han dejado fotografiar una y mil veces. Han contando la historia a todo aquel que ha querido escucharles: que Antonio quería arreglarse la nariz y desde ese fatídico día se quedó en el limbo de los inocentes, indefenso, sin futuro, huérfano de referencias vitales, a solas eternamente con su desdicha.

Finalmente les ofrecieron un talón de un millón y pico de euros, y doña Juana con una integración moral y una fortaleza que muchos hemos perdido en situaciones incomparables a las suyas, manifestó: “he vendido a mi hijo”. Tal era la impresión que agobiaba a la madre coraje después de tanta lucha. ¡Qué chorro de luz en la negrura de una sociedad en la madriguera del miedo, acogotada por los poderosos, incapaz de levantar la voz y reclamar lo que es suyo! Doña Juana no podía esperar más. Otros diez años más de recursos y peritajes. Doña Juana temía que si continuaba por el camino tortuoso y torticero de “tengas pleitos y los ganes”, Antonio, necesitado de una atención continua y cariñosa, quedara abandonado si ella faltaba. Y con este pánico acumulado contaban los querellados. Un talón y tan amigos.

Doña Juana no ha vencido al cíclope legal que quería aplastarles, pero ha ganado lo más importante: que su hijo tenga la atención paliativa que se merece mientras viva, y sobretodo cuando ellos falten. Doña Juana y con ella todos nosotros, hemos comprobado nuevamente que el dinero no tiene color… ni corazón.

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