domingo 23/1/22

Cuando Mayor Oreja sacó los pies del tiesto

El regreso de la pausa de Semana Santa nos enfrenta a un escenario dramático y con inexorable perspectiva de empeorar. Difícilmente podría expresarse con mayor claridad y crudeza que como acaba de hacerlo el prestigioso The Economist: "Los españoles no ven que la economía vaya a mejorar en el corto plazo y su fe en la clase política está tocando fondo". Y concluye con el siguiente estremecedor diagnóstico: "Los españoles ven ahora a los políticos como un problema incluso mayor que su vieja pesadilla, el terrorismo". Ha llegado a suceder que una amplia mayoría de los españoles, incluso entre los electores tradicionalmente socialistas, vemos ahora a nuestra clase política, tan elogiada en los buenos años de la transición, como un serio problema, que además empeora casi mes a mes. En el PSOE, la crisis interna es ya inocultable, lo que resulta raro cuando se disfruta del poder. No es sólo la probable perspectiva, que aparece en las encuestas, de perder el poder a no muy largo plazo, quizá empezando por algunas importantes comunidades autónomas, sino la certidumbre de que se está gobernando mal, peor que nunca desde el inicio de la etapa democrática, y que la percepción de esta realidad es ya general en la opinión pública.

¿Qué puede hacer el actual inquilino de la Moncloa en estas circunstancias? Descartada la hipótesis de una convocatoria adelantada de elecciones, por la más que alta probabilidad de perderlas, únicamente le queda a Rodríguez Zapatero la maniobra de producir una crisis parcial de Gobierno, entregando por ejemplo la cabeza de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, a beneficio probablemente de esa figura en alza, dentro y fuera del partido, que es inocultablemente José Blanco, al que incluso sus enemigos han dejado ya sintomáticamente de llamar "Pepiño", y que cuenta ahora con muy importantes valedores en el mundo empresarial e incluso financiero de nuestro país.

Lo cierto es que los llamados "Pactos de Zurbano", con toda evidencia poco o nada más que una operación mediática en forma de irrelevante paquete de medidas en las que nadie seriamente cree, han muerto antes de nacer y difícilmente producirán ya, ni siquiera en fotografía, la imagen de un verdadero pacto contra la crisis, de manera que el miedo a que el país, con toda evidencia ya sin nadie, o por lo menos nadie serio, al timón, se encamine a una situación parecida a la griega, empieza a extenderse. En cambio, la Moncloa ha sabido explotar a fondo esa bomba de relojería que Mariano Rajoy tiene a prudente distancia en Bruselas, pero también dentro de casa, en forma de polémico ex ministro de Interior y que se llama Jaime Mayor Oreja. Cuando los españoles tienen ya una pésima imagen de la capacidad y eficacia de gestión de Rodríguez Zapatero, y lo manifiestan en las encuestas, poco a poco crecientemente favorables al PP, nada se podía imaginar menos oportuno que lanzar al escenario algo tan artificial y desmedido como una supuesta concurrencia de intereses y estrategias políticas entre el decadente Rodríguez Zapatero y la recurrente pesadilla que es ETA.

El dislate perjudica notoriamente la opción de Rajoy como alternativa, siendo así que un líder de la oposición que no acabase de emerger como alternativa clara nos privaría de la tranquilidad de saber que el país cuenta con un relevo fiable, cuestión que no es de orden menor. La consecuencia del dislate de Mayor Oreja es que muchos ciudadanos tienen la percepción, electoralmente letal, de que hay como dos partidos distintos dentro del PP. Uno de ellos, el que lidera Mariano Rajoy, sería moderado, dialogante, heredero de las mejores tradiciones centristas de los años de la transición, pero habría otro más radical y menos fiable, que probablemente no existe en la realidad pero que Mayor Oreja ha puesto inoportunamente en el escenario mediático. Cuando, para promover amplias mayorías, se trata de recuperar la imagen de la derecha como lo que realmente es en nuestro país, es decir, esa fuerza democrática y moderada que fue capaz de impulsar la transición en los años más difíciles, y que supo luego ejercer una oposición al mismo tiempo serena y rigurosa, para finalmente gobernar, entre 1996 y el 2004, los mejores ocho años de prosperidad de la historia reciente de nuestro país, ajustan mal piezas que, como Mayor Oreja, personifiquen modelos radicales o excluyentes que facilitan las estrategias de propaganda del PSOE.

Es un hecho, ampliamente reconocido incluso entre sus adversarios, que Mariano Rajoy tiene las condiciones para recuperar aquel buen pulso y para ser aceptado incluso más allá de las filas estrictas de la militancia de su partido, lo que le despeja el camino hacia la posibilidad de un éxito electoral, incluso si Rodríguez Zapatero se mantiene sordo a las generalizadas y bien razonables demandas de una convocatoria electoral adelantada y hay que esperar a la fecha prevista del 2012. Sin embargo, la obtención de ese triunfo en las urnas pasa necesariamente por consolidar la imagen centrista y moderada que es la verdadera imagen del PP y sobre todo la voluntad de sus electores, para lo que es necesario que no se produzcan disfunciones de imagen tan graves como la ahora protagonizada -seguramente con la mejor voluntad, aunque cada uno es dueño de sus juicios y siervo de sus reflejos- por Mayor Oreja. Que alguna pasada actuación de Rodríguez Zapatero frente a ETA no haya sido la mejor, es posible. Pero da la impresión de que ahora el Gobierno se aplica seriamente a la lucha contra ETA. Peor que infundada, la acusación de Mayor Oreja fue asombrosamente inoportuna.

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