Lunes 19.11.2018

La guerra de Troya contada para chonis

Hace mucho tiempo, cuando Brad  Pitt era joven y no tenía arrugas, un chulo llamado Paris, muy guapo pero algo blandito, hijo del rey  Príamo de Troya, se trincó a la mujer más pibonazo del mundo: Elena. Esta, que era un puton verbenero, dejó a su marido Menelao y se largó con el chulazo, abandonando a su marido e hijos, lo que fue la comidilla del barrio durante mucho tiempo.

Menelao, que era un mafias, encabronado por los cuernos, habló con su hermano, un tipo llamado Agamenón, más bruto que un arado, que era el jefe de los griegos. Ambos decidieron llamar a sus colegas para ir a Troya y darle una paliza al Paris, que se lo tenía merecido por cabronazo.

A la movida se apuntaron dos tíos cojonudos: Ulises, famoso por ser más listo que Hacienda y Aquiles, experto boxeador con menos cuello que un muñeco de nieve,  del que decían era invencible desde niño en las peleas.

Así que se largaron para Asia-que no era un restaurante chino-, donde estaba Troya, y pronto comenzaron las hostias. Así estuvieron un montón de tiempo, que no ganaba nadie, porque el hermano de Paris, Héctor, que estaba de toma pan y moja e iba mucho al gimnasio, mandaba con dos cojones a los de la banda troyana.

Pero resulta que Agamenón decidió quitarle la piba a Aquiles. Briseida, como se llamaba, había caído presa en la lucha y como estaba muy buena, se le quedo para él, que el chaval no era tonto. Mosqueado por el feo, Aquiles se retiró de la lucha y se quedó en su tienda de Decatlón, dándose el pico con su mejor amigo Patroclo. Y es que Aquiles era bisexual, el tío, y lo mismo hacia a carne que a pescado.

Los griegos comenzaron a perder y a llevarse hostias como panes, y hasta Ulises intentó convencer a Aquiles para que regresase a la lucha, pero el tío era muy cabezón y los desprecios no le molaban ni de coña. Patroclo, que aunque le gustaban las porras, era un valiente, decidió vestirse con la chupa de Aquiles y retar a Héctor. Pero este, le dio para el pelo y le picó el billete. Aquiles, cabreado de verdad, decidió vengarse y se lanzó de nuevo al combate. Fue en busca de Héctor y le dijo: “¡Sal si tienes huevos! ¡Que te voy a poner a caldo!”. Y claro, Héctor no se achantó y salió. Aquiles que era un ciclado de la época, le dio para el pelo, cepillándoselo. Luego ató el cadáver a su carro y se dedicó a dar unos rulos arrastrándolo por la tierra. Y para más recochineo, se lo llevó a su campamento.

Solo se ablandó cuando Príamo se acercó en secreto a su campamento y le rogó que le devolviese el muerto. Así lo hizo, que también era un tipo legal. Más tarde, en otro combate el guapito de Paris, lanzó una flecha -no tenía cojones de enfrentarse cuerpo a cuerpo-, contra Aquiles, dándole en su único punto débil: el talón. Así que la palmó y la guerra-muertos los dos malotes, se estancó.

Pero Ulises, que era un espabilado, urdió un plan. Construyó un caballo de madera en el que se introdujeron varios de su banda, fingiendo una retirada. Los Troyanos que eran un poco gilipollas, se tragaron el anzuelo e introdujeron el caballo en su ciudad diciendo “¡Qué bonito! ¡Se han largado! ¡Que les den por culo!”, para montar una fiesta -con after incluido-, que te cagas donde terminaron todos a rastras. Ese momento, en que los troyanos parecían zombis, lo aprovecharon los griegos para salir del caballo y darles para el pelo, dejando la ciudad hecha una mierda.

Así ganaron la guerra y luego, tras mangar todo lo que pudieron en Troya, se volvieron para su keli. Ulises se perdió a la vuelta porque entonces no existían las autopistas ni el Google Maps, y vivió otras aventuras.

Pero esa es otra historia

La guerra de Troya contada para chonis

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