lunes 18/10/21

Berlín anoche soñó que volvía a Manderlay, y en la hojarasca que reinaba detrás de sus barrotes contempló el reguero de su final y la simiente de su redención. Médula del Estado nacido de Prusia, flagelada en la I Guerra Mundial y en la angostura de Weimar, epicentro de un imperio fatal que se predijo mil años de hegemonía y en sólo doce expiró, maldecida y después cercenada y jamás olvidada.

Berlín fue escombro y ceniza, polvo y deshonra, y en un de pronto que entraña voluntad y labor renace entre las esquinas de la Mitteleuropa. Regresa el milagro alemán, empapado esta vez de una alegría inaudita. Berlín recupera capitalidad, influencia, y esplendor, pero su alma permanece aún descosida en dos mitades.

De un lado brota la ciudad de vanguardia, transgresora y universal. En barriadas de nombre impronunciable –Kreuzberg, Prenzlauer, Scheunenviertel- se suceden cafés, mercados, comercios, vapores de un Berlín que se regocija de su libertad recobrada. Entre calles de esqueleto sinuoso se levanta un paisaje arquitectónico admirable, una fronda de hormigón y de cristal que unce el endémico estilo Bauhaus con la firma indeleble de Foster o de Gehry. Berlín volvía a ser capital de Alemania en 1990, dignidad muy propicia para una empeño urbanístico de creación y de restauración: barrios, edificios, comunicaciones, nos fueron devolviendo la metrópolis que fue.

De otro lado y dejando atrás la Isla de los Museos y la Catedral, la majestuosa avenida Unter den Linden nos conduce hasta la Puerta de Brandemburgo que hoy encarna el alivio de la Alemania unificada. Brandemburgo, el Reichstag, la Postdamer Platz, son centro de una ciudad y de un país que han adoptado la decisión responsable de convivir con el fango de su tragedia. Así, en sus alrededores puede visitarse la “topografía del horror” que abarca los temibles cuarteles de las SS y de la Gestapo, el bunker en que Hitler selló su pasaporte al averno, los vestigios del muro que durante 28 años dividió el mundo en dos polos inconciliables.

El Museo Judío evoca en una de sus salas, gélida y apenas iluminada por el hueco de una tronera inalcanzable, la verdad tenebrosa del Holocausto. Y en el propio centro geográfico e histórico de la ciudad, 2.711 estelas componen el Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados en Europa. Un cementerio figurado, una reverencia a los hijos de un tiempo delirante, una vía honorable hacia la expiación.

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