sábado 14.12.2019

Zapatero entra en la Casa Blanca

Las relaciones de Zapatero con Obama son pasionales, como las de Aznar con Bush. Son el resultado de sendos flechazos, dos amores a primera vista con la ideología como el decorado de unos encuentros que quizás deberían haberse celebrado en el Taj Mahal, en vez de en ese otro palacio blanco de Washington por cuyos pasillos deambulan las personas más poderosas del mundo, los dueños y señores del comercio, las finanzas, la tecnología y el poderío militar.

Allí, en el Despacho Oval, donde Richard Nixon grababa sus conversaciones y sus trampas políticas, rara vez se dice la verdad, o se decide con la mayor ecuanimidad posible. Los intereses del Imperio están por encima de todo lo demás, incluso de la ley, nacional o internacional, lo dijo y lo hizo Bush, y lo ha dicho, con la boca pequeña y a media voz, Obama. Cada uno con sus maneras, su modelo y sus guerras. Bush con Iraq frente al demonio y el eje del mal, y ahora Obama con Afganistán y su eje del bien. Cada uno con sus propias mentiras (no hay democracia ni libertades posibles en Afganistán ni en Iraq, y sí oleoductos y petróleo) y contradicciones, aunque Bush, claro está, batió récords de incompetencia, de violación de Derechos Humanos y de desprecio democrático, amparándose en los ataques terroristas del 11-S, que tampoco supo evitar.

A Obama, por sus discursos bonitos y sus buenas intenciones sociales, le debieron conceder el Premio Nobel de Literatura en vez del Nobel de la Paz, que suele reservarse para premiar una obra bien hecha y terminada. Pero el jurado noruego se rindió a sus encantos y ya veremos si no se ha equivocado, porque Obama, el tiempo lo dirá, tampoco es una hermanita de la caridad. Y si lo fuera o lo creyera sus días en el poder estarían contados, porque el sito que ocupa y la prioridad del Imperio le obliga a ser cómplice del lado oscuro de la fuerza, aunque intentará mitigar los daños en lo que pueda, pero sin renunciar a su poderío y autoridad, por mucho que hable de multilateralidad.

Su liderazgo entró con buen pie en América y en el resto del mundo, pero todos quieren un líder y no un predicador. De ahí que por sus decisiones le conoceremos, y ahora tiene encima de la mesa de su despacho la petición del general McChrystal, comandante en jefe de las tropas de Afganistán, del envío a la guerra de 40.000 soldados más. ¿Qué hará Obama ante esta prueba de fuego letal de la que depende la victoria en la "guerra bonita" de Afganistán? La guerra fea de Iraq ya está acabada, y pesar de los pesares la ganó Bush. Y ahora falta por saber qué hará Obama en esas montañas de los talibanes donde se dice que habita Ben Laden, el mismísimo Satanás.

En estas circunstancias llega el presidente español, Zapatero, al Despacho Oval de la Casa Blanca donde nunca lo quiso recibir Bush, haciéndole de menos a él y a España, por causa de la intempestiva retirada de las tropas que Aznar había desplegado en la ocupación de Iraq. Pero ahora Obama le abre las puertas y los brazos de par en par al compañero progresista que le acaba de regalar 200 soldados más para Afganistán, poca cosa pero algo es algo. Un presidente español que se pregunta en público -mal imitando a J. F. Kennedy- lo qué pueden hacer él y España por Obama, cuando la cuestión, vista la gigantesca recesión económica española y las cifras del paro, es la de saber si Estados Unidos puede hacer algo por España, además de colaborar tecnológicamente en la lucha contra ETA.

En realidad, a Obama le puede interesar más una relación con España que con los gobiernos de Londres, Berlín y París, con los que Washington tiene una especial y bastante acomodada simpatía, porque España puede abrir las puertas a diálogos difíciles con Cuba, Venezuela, Bolivia, Siria, Palestina, lugares donde la partida diplomática de Obama está aún por jugar. Pero ya conocen en Washington el tamaño pequeño y el peso real de nuestro país. Si fuera mayor, Zapatero se atrevería a pedir el final del acuerdo bilateral de bases y cooperación militar de España con Estados Unidos que este Gobierno acaba de prorrogar por un año, en vísperas del viaje de Zapatero a la capital americana, y que es una nefasta herencia del franquismo, además de una relación doble y contradictoria en sí misma con la relación militar que España mantiene con Estados Unidos dentro del marco multilateral de la OTAN, sin que ninguna de las dos, la bilateral o atlántica, garantice la defensa automática de nuestros únicos puntos sensibles: Ceuta y Melilla.

Zapatero piensa que tiene con Obama muchas cosas en común, pero eso no es verdad. Obama ama su país, su nación, su patria, y Zapatero no. Obama constituyó el mejor Gobierno posible con líderes demócratas republicanos e independientes, y Zapatero ha llenado el Gobierno español de aficionados y de amigotes. Obama respeta la independencia de la Justicia y de la libertad de prensa, y Zapatero no (maneja los fiscales a placer y controla, al igual que Berlusconi, casi todos los canales nacionales de televisión). En Estados Unidos hay democracia representativa y en España no, sino partitocrática. Obama ha sentado a funcionarios del Estado en consejos de administración de los bancos en crisis que han recibido ayudas del Estado, y ha puesto un veto a los bonos de banqueros y control a los especuladores, y Zapatero, que se dice de izquierda, no.

Y puede equivocarse el presidente si cree que la presidencia europea de la UE, que España asumirá durante el primer semestre del 2010, se convertirá en el acontecimiento planetario que anunció la inefable Pajín, porque este presidente americano, por muy literario que sea, no está para bromas sino para trabajar. Además a Obama le interesan más las relaciones y tensiones con Rusia y China -desde ayer segunda potencia económica del mundo- que los juegos florales europeos, donde Merkel y Sarkozy van por libre y donde se espera, para la próxima primavera, el ascenso del conservador Cameron al número 10 de Downing Street.

Fotos, abrazos y elogios mutuos sí que habrá en la visita de Zapatero a la Casa Blanca, pero el contenido político del encuentro será bastante escaso porque no hay mucho de qué hablar y menos aún de igual a igual. Eso sí, con la visita se normaliza una relación que con Bush se llegó a bloquear.

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