sábado 27/11/21

Rajoy y Zapatero no generan confianza

Son tal para cual. Mariano Rajoy cree que José Luis Rodríguez Zapatero caerá fulminado por el rayo que no cesa de la crisis económica y el paro, y que él renacerá entonces como "ave fénix" de entre las cenizas del incendio nacional; y el presidente Zapatero confía en el débil liderazgo de Rajoy y en la lucha descarnada por el control de la presidencia del PP que se abrirá si pierde las elecciones de Galicia, País Vasco y europeas a lo largo de este primer semestre del 2009, como confía, desde su optimismo vocacional, en el milagro de la recuperación económica española antes de las elecciones generales del 2012.

Dice Rajoy que este Gobierno, que mintió ante la crisis económica, carece de credibilidad para generar confianza y para facilitar la recuperación de la economía, y ello es verdad, de ahí el clamor creciente a favor de una crisis de Gobierno. Pero ¿cómo puede hablar de crear confianza un político como Rajoy en el que no confían la gran mayoría de los españoles, ni siquiera los militantes y los votantes del Partido Popular? O ¿qué confianza puede dar a los españoles quien como Rajoy –y el PP en general- hace la vista gorda ante la matanza que Israel está llevando a cabo en Gaza, algo que indigna y subleva al pueblo español?

Digamos que Rajoy y Zapatero se retroalimentan el uno al otro para seguir donde están, pero ninguno de los dos se comporta como debiera y hasta el momento han sido incapaces de concertar un plan de lucha contra la crisis. Sólo han coincidido a la hora de "regalar" o donar dinero a los bancos, pero ninguno de los dos ha exigido la presencia del Estado en sus Consejos de Administración -como ocurre en EEUU y Gran Bretaña- y por eso no hay créditos para familias, empresas y ciudadanos. Y lo mismo ha ocurrido con los fondos para los ayuntamientos, que los municipios utilizan para pagar o renovar sus deudas -como los bancos- y presupuestos inflados, y no para la obra pública o generar empleo. Y seguimos a la espera de ese gigantesco plan de obras públicas -al estilo del que propone Obama-, que ya debía haber parido la ministra Álvarez y que nadie conoce en sus detalles ni en su proyección nacional. Rajoy sigue hablando de bajar impuestos y de otra nueva flexibilidad laboral; y Zapatero se mantiene en el déficit ciego y sin control, su particular juego de la pirámide donde la nueva financiación de las Autonomías, innecesaria y muy costosa, se llevará la parte del león.

Rajoy y Zapatero tienen muchos intereses en común y no son precisamente para bien de España y la sociedad española. Y el primero de ellos consiste en que ninguno de los dos parece consciente del alcance y la gravedad de la crisis económica e institucional que invade nuestro país. Porque de ser así, el comportamiento político de ambos dirigentes sería bien distinto y alejado del que, a corto plazo, parece ser su principal empeño: la permanencia, el uno, al frente del Gobierno, y del otro, al frente de la oposición. Lo que en un principio beneficia a Zapatero como actual presidente de la nación.

De ahí que los errores y las carencias de ambos, lejos de ser subsanadas, se han convertido en argumentos y garantías de los dos que les permite seguir tal y como están para mantener el statu quo que, en un principio, ambos creen que les beneficia. Así, Zapatero retrasa una y otra vez la crisis de su desprestigiado Gobierno, que la ministra Álvarez reclama a gritos con su ya proverbial incompetencia e incapacidad política, mientras Rajoy renuncia a la renovación del PP, que aparentemente inició en el congreso de Valencia, como se ha visto en la reiteración de Mayor Oreja como candidato primero a las elecciones europeas.

Una renovación fallida del PP que se quedó reducida a la sola renovación del desvaído liderazgo de Rajoy al frente del partido y a la elección de una endeble guardia pretoriana -Cospedal, Santamaría, Moragas, etc.-, como el único gesto, mientras la autoridad del líder quedaba en evidencia, incluso frente a cuestiones tan importantes como la financiación autonómica, donde cada uno de los barones del PP deambula a su aire, tras la desafiante estela de Aguirre. O con la mirada puesta en FAES, desde donde truena el padre Aznar con sus "exóticas" intromisiones en la vida política, la última contra el presidente Obama, y su rancio discurso de la derecha sin complejos, ante el que Rajoy inclina la cabeza con la misma sumisión que lo hace ante el clan mediático que lo va a expulsar de la presidencia del PP. El mismo que en la pasada legislatura le impuso, vía Acebes y Zaplana, la conspiración del 11-M, como ahora le han impuesto la candidatura de Mayor Oreja, con la amenaza de apoyar a Rosa Díez si no pasaba por el aro incandescente de su "matonismo" editorial y radiofónico, ultraconservador y confesional.

Una cimbreante vara alta, política y mediática del entorno PP se exhibe a diario sobre la cabeza de Rajoy y fustiga sin piedad al líder de este partido, mientras en el PSOE y su coro mediático, público y privado, se guarda un clamoroso y cómplice silencio sobre el estrepitoso fracaso de Zapatero y de su Gabinete frente a la crisis económica. Ni siquiera los disparates de la ministra de Fomento -"una de las nuestras"- rompe el corporativismo del flanco zurdo y mediático de la política, donde sigue imperando la máxima de "vale todo, menos perder el poder", que ya exhibieron durante la crisis de los crímenes de los GAL y el pantano de la gran corrupción felipista.

La novedad entre esos tiempos y éstos estriba en la gravedad del momento económico y social, en la crecida del soberanismo nacionalista que exige la ruptura de la caja del Estado, y en la debilidad de liderazgo tanto al frente del Gobierno como de la oposición. Lo que produce una sensación de gran orfandad de la ciudadanía, y de plena ausencia de control democrático de la vida pública, sin que nadie asuma más responsabilidades políticas que las verbales, y prorrateadas entre todos según el último invento de la ministra Álvarez. Por supuesto, en el Parlamento y en el Poder Judicial -al borde de una huelga de jueces-, se reproduce el esquema de ausencia de controles de los gobernantes -y de los poderosos-, incluso de los autonómicos, como se vislumbra en el juicio de Ibarretxe y López en el País Vasco.

Ahora bien, si la crisis económica y social crece y se complica por causa de las demandas de los gobiernos nacionalistas camino de la insolidaridad, y el PP se estrella en próximas citas electorales, Zapatero y Rajoy, los dos, verán en entredicho sus posiciones de poder. El del PP porque no soportará el asalto a la ciudadela del partido que le llegará incluso desde dentro de su propio equipo; y el presidente porque los ciudadanos lo culparán del grave error de negar la crisis, perdiendo un tiempo crucial, y de mantener en sus cargos a un Gobierno desprestigiado y marcado por su probada incapacidad.

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