miércoles 22/9/21

A veces, nos castigan con cartas

Miren Ustedes, ahora que las estadísticas dicen que nadie envía cartas, salvo los bancos y las eléctricas, tiene que resultar que el único que sobrevive a la relación epistolar es Pablo Iglesias. Apreciadas y apreciados lectores, si algo tienen que contarme no me escriban una carta como esa.

Podría referirme a su cínico doble lenguaje, a lo melifluo de los argumentos o a lo vacío en realidad de contenido. Pero en realidad, no se les oculte, que lo que esconde esa carta es más preocupante.

No cabe duda de que si alguien quiere escribir a un colega, sella el sobre, lo pone en un buzón y espera que el receptor o receptora lea con tranquilidad la misiva. No era esto lo que perseguía Iglesias, obviamente.

Reproches apenas escondidos, cínicos halagos, anuncio de compensaciones con cargos y advertencia sobre la búsqueda de viles apoyos, se supone que de medios de comunicación, es lo que Iglesias le deja a Errejón sin justificación política.

Todo el mundo ha leído la carta antes que el receptor lo que, además de ser algo grosero, nos indica que estamos ante una nueva acción de postureo, dada la pérdida evidente de protagonismo de su autor en la escena política.

Pero más allá de la evidente grosería, lo que la carta revela es una absoluta banalización no del debate que cruza Podemos sino de la propia política. Nunca un debate partidario en la historia de España fue tan reducido a telenovela como con esa carta de Pablo Iglesias.

Reproches apenas escondidos, cínicos halagos, anuncio de compensaciones con cargos y advertencia sobre la búsqueda de viles apoyos, se supone que de medios de comunicación, es lo que Iglesias le deja a Errejón sin justificación política.

Frente al manifiesto político, la telenovela. Como escribiera Rousseau “las cartas de amor se escriben empezando sin saber lo que se va a decir, y se terminan sin saber lo que se ha dicho”.   Esa es la sensación cuando una lee la misiva de Iglesias: ignoramos que quería decir y no sabemos lo que defiende.

Ese es el problema, una vez más, de convertir en política el simple postureo; de reducir la izquierda al miedo y la ira y de sintetizar el debate político en el liderazgo personal: que solo queda lo banal, por mucho que al gran líder le moleste.

Como procedo de la tradición de la vieja izquierda no les sorprenderá que una sea más de los manifiestos reflexivos, las firmas transparentes y la defensa de ideas que de misivas que solo proponen amenazas escondidas en doble lenguaje.

Pocas veces en el debate político los contenidos han sido reducidos a la nada como en esta carta de Pablo Iglesias.

“ Es más sensato vincular cualquier lista a las ideas” escribe Iglesias, pero no dice nada de las ideas. “Creo que esas ideas y proyectos deben quedar plasmados en documentos” se afirma, pero se desconoce cualquier papel . “ Y que esos documentos deben convertirse en contratos con la militancia" sin que se sepa porque  receptor de la carta da la espalda a la tal militancia.

Es decir, una lista de vacíos reproches para señalar a los buenos y los malos. Una pantalla sencilla de las que caben en tuiter e ignora la reflexión o la pluralidad de una fuerza política.

La política se convierte, en palabras del propio Errejón, en una “telenovela privada”, donde dos señores capitalizan el debate de una formación política, se cartean marcando terreno y obligan a sus tropas a ordenar sus filas disciplinadamente, si es que quieren salvar su vida política. Todo muy nuevo.

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