viernes 19.07.2019

Un siglo de Revolución Rusa

Nadie puede negar que la Revolución Soviética de octubre de 1917 fue la más relevante revolución del siglo XX. La Europa del siglo XX y de nuestros días no se podría entender sin la Revolución (mejor, las revoluciones) de 1917, empezando por que los acontecimientos se desencadenaron en un país descomunal que se extendía desde Polonia hasta el Pacifico y contaba con más de 160 millones de habitantes.

No es mi intención interpretar la Revolución, si acaso no olvidar unos hechos, con sus luces y sus sombras, que tuvieron una influencia inequívoca en un mundo que inmediatamente se llenó de fascismos, padeció una terrible Guerra Mundial, asistió a la partición de Europa, a la Guerra fría. Un mundo, con un “bloque capitalista” amansado por la simple existencia de un “bloque comunista” que surgió por el hartazgo de una mayoría que estalló cuando se dieron las “condiciones objetivas y subjetivas”.

Sin obviar los desmanes posteriores, la pregunta que me planteo, no exenta de retórica, es si la clase trabajadora del mundo occidental hubiera podido conquistar derechos que consideramos básicos si no hubiera existido la Revolución de 1917. ¿Qué habría sido de la regulación de la jornada laboral?, ¿se impondrían las tesis del coro de Cristina Cifuentes y no habría derecho a vacaciones?, ¿existiría un salario mínimo, bajas por enfermedad, derecho a huelga…? Derechos que, de una u otra forma, siempre nos quieren arrebatar.

Resulta esclarecedor revisar cómo era la economía y el reparto de la riqueza, los niveles de desigualdad y pobreza en aquellas primeras décadas del siglo XX. Asusta comprobar cómo un siglo después aquellas cifras escandalosas de desigualdad y de explotación de los trabajadores vuelven a repetirse al calor de la globalización, y su evolución negativa se ha acelerado con él hundimientos de los regímenes denominados del socialismo real.

Aunque algunos intérpretes antimarxistas quisieron tachar la Revolución Rusa de “golpe de estado”, nada más lejos. Indudablemente fue una revolución ya que supuso un cambio radical: aunque con profundos antecedentes, en menos de un año el poder pasó de una monarquía absolutista, con corazón medieval, a un pueblo que sobrevivía semiesclavizado; a una masa de siervos campesinos y a un ejército agotado y maltratado por las guerras zaristas.

La Revolución Rusa, además, fue una revolución social porque no fue planificada por las élites sin tener ningún carácter nacionalista. Mientras en los nacionalismos sí participaban las élites y dieron origen a los fascismos, la Revolución Rusa estuvo engrosada por masas campesinas que distribuyeron las tierras; por obreros que se hicieron con el control de las fábricas; por soldados que acabaron con la autoridad de los oficiales; por minorías étnicas que buscaban respeto y también por las mujeres, que defendían sus derechos. No hubo que armar al pueblo. El pueblo estaba armado.

Fue una revolución cultural que subvirtió y abrió a nuevas formas todas las artes y formas de expresión de la cultura occidental. El cuestionamiento al arte “burgués” acartonado y estéril dio paso a otro estadio extraordinariamente creativo y emocionante. Cabe recordar el compromiso de Kandinsky, Malevich,… con el Comisariado de Educación del primer gobierno sovietico en la constitución del Instituto para la Cultura Artística. O los grandes hallazgos e innovaciones de Eisenstein en el incipiente arte cinematográfico. Hoy las “vanguardias rusas” siguen siendo un motivo de admiración y estímulo.

No está de más, siguiendo al historiador Julián Casanova, destacar el papel de las mujeres de los soldados, “soldatki”, invisibilizadas de la historia. Ahora se está revisando su papel y se concluye que fueron el grupo más numeroso de protesta y conflicto durante la guerra, el zarismo y los meses posteriores a la revolución. Fueron ellas quienes, condenadas a la pobreza, padecieron directamente la inflación desbocada ya que dejaron de ser beneficiarias de ayudas económicas. Se negaron a pagar impuestos y se movilizaron contra los desahucios.

Tampoco podemos olvidar figuras de mujeres como Alejandra Kollontai, que ya en 1902 escribía, camino a Zurich para profundizar en sus estudios marxistas: “Quiero luchar por la liberación de la clase obrera, por los derechos de las mujeres, por el pueblo ruso (…)” Tras años de exilio, volvió a Rusia en 1917 y formó parte del primer Gobierno de Lenin.

Y es que, efectivamente, los antecedentes de la Revolución Rusa son amplios y es imprescindible un repaso a los hechos que se venían sucediendo en aquel país, prácticamente desde la Revolución Francesa. Sí destacaría algunas circunstancias previas que llevaron a esas “condiciones objetivas”. Y cabe destacar que el caso ruso, era el caso más aberrante de explotación dentro de una Europa, que había crecido gracias a la revolución industrial y cuya riqueza era engullida en su casi totalidad por el capital conduciendo a una vida de miseria a la clase trabajadora y al campesinado

El caldo de cultivo empezó a extenderse desde finales del siglo XIX con una oposición radical al zarismo alimentada desde círculos de intelectuales: escritores, periodistas, profesionales, estudiantes, profesores… conformaron la “inteligentsia”, que hizo una relevante labor de agitación y propaganda, influyendo de una u otra forma en los partidos políticos socialistas que se iban conformando.

Otro antecedente, cercano y que popularmente conocemos gracias a la película “El acorazado Potemkim” fueron las protestas de 1905. El acorazado Potemkin era el símbolo de lo que ocurría en Rusia: hambre, miseria y corrupción que llevan al motín contra los poderosos. En realidad aquella chispa surgió en defensa de las demandas laborales de los obreros del petróleo del Cáucaso, que exigían una jornada laboral de ocho horas y un salario mínimo de un rublo al día. En enero de 1905, una multitud marchó al Palacio de Invierno de San Petesburgo, pero se encontró con cargas indiscriminadas de la caballería. Diecisiete años después el resultado sería diferente.

La revolución iba tomando forma en varias fases y la Primera Guerra Mundial, supuso una circunstancia fundamental. Con un ejercito agotado y hambriento por la guerra contra Japón, el malestar de los soldados, mayoritariamente campesinos, se hizo indescriptible. Unos soldados que identificaban a los mandos con los terratenientes, ricos y corruptos que tanta influencia tenían en la corte de Nicolás II. Unos soldados que, definitivamente y a diferencia de 1905, eran el pueblo armado.

Lenin en “La bancarrota de la II Internacional” caracterizó la situación revolucionaria como el factor objetivo de la revolución: “La imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable debido a la profunda crisis que ha afectado a estas clases, crisis que provoca el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución ordinariamente no basta que los de abajo no quieran vivir como antes, sino que hace falta también que los de arriba no puedan vivir como hasta entonces...”

En aquel tiempo se dieron las condiciones objetivas. Las décadas siguientes el movimiento obrero europeo, habiendo pagado un alto precio en las dos guerras mundiales, supo conquistar los derechos laborales y sociales y la conquista del Estado de Bienestar que disfrutamos. Hoy estamos obligados a conocer cómo se conquistó y a comprometernos en su defensa para seguir avanzando en un futuro de progreso.

Jaime Cedrún

Secretario general CCOO de Madrid

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