lunes 18.11.2019

Las urnas y la calle

El Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha dado la razón a los ciudadanos que durante meses habían salido a la calle para protestar por la privatización de media docena de hospitales, medida impulsada por el gobierno popular de la Comunidad.

 

El PSOE, IU y los diferentes colectivos de profesionales relacionados con la sanidad que habían participado en la gestión y en las movilizaciones de las llamadas "marea blancas" consideran un triunfo político la sentencia que paraliza el proceso. En sentido contrario, al aceptar la dimisión del consejero de Sanidad (Fernandez-Lasquetty), Ignacio González, presidente de la CAM, admite la derrota.

Una derrota política preñada de consecuencias pues se une a otros dos proyectos populares también fallidos: Eurovegas y la organización de los Juegos Olímpicos. En la capital el PP no atraviesa por su mejor momento en términos de expectativas electorales. Circunstancia que ha desatado nervios y rumores en la sede nacional del partido dónde ya existía ambiente de preocupación tras la renuncia de Jaime Mayor Oreja a encabezar de nuevo la lista para el Parlamento Europeo y por el también sonado portazo de Alejo Vidal-Quadras, eurodiputado que se ha despedido tras treinta años de militancia.

Volviendo a la sentencia, el auto del TSJ de Madrid que ha tumbado la privatización abre un debate de difícil etiquetado -¿La calle versus las urnas?-, acerca de la legitimidad de las protestas ciudadanas cuando confrontan con decisiones políticas adoptadas por quienes también tienen legitimidad para adoptarlas.

Los ciudadanos que se organizan a través de las redes sociales para defender determinadas causas (Gamonal en Burgos, "mareas verdes" en Madrid contra la Ley Wert), están en su derecho pero no parece lógico instituir una legitimidad paralela y alternativa a la más genuina de las instituciones democráticas: las elecciones.

Tengo para mí que la clave está en los programas electorales. Si  no hubiera margen para el engaño; si los dirigentes políticos fueran claros en los objetivos que proclaman y explícitos en las medidas para llevarlos a cabo no habría margen para que quienes están en minoría pudieran intentar obtener en la calle lo que no habían conseguido en las urnas. Y no sería coartar los límites de ninguna de las libertades cívicas que son exponente y garantía de lo que es un sistema democrático.

Claro que pedir a los dirigentes políticos claridad y concreción sería tanto como pretender que la famosa fábula de la rana y el escorpión tuviera un desenlace diferente al que conocemos. La claridad no está en su naturaleza. Prefieren la ambigüedad. De ahí vienen buena parte de los males del presente.

Las urnas y la calle
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