viernes 3/12/21

El síntoma General Motors

No es la primera ni será la última vez que se deshace una operación empresarial de compraventa, pero pocas han dado tanto que hablar -para nada- como la que durante meses han protagonizado General Motors (GM), su filial europea Opel y la austrocanadiense Magna. No sólo han habido múltiples idas y venidas entre las cúpulas de ambas compañías, sino implicaciones de varios gobiernos, tensas negociaciones con sindicatos y plantilla, hasta llegar a un trabajoso acuerdo con contribuciones y sacrificios para todas las partes que ahora ¿se evitarán?, ¿serán más?, ¿habrá que volver al principio de la negociación?

Más allá de la estrategia inestable de GM, hace pocos meses a punto de desaparecer por completo, el episodio seguramente inacabado de Opel induce alguna reflexión.

La industria del automóvil padece desde hace años un exceso de capacidad a nivel mundial. El potencial de producción de vehículos supera con mucho las unidades que el mercado puede absorber, incluso en momentos de demanda más pujante. Además, el diferencial de costes entre las empresas más veteranas y las de países emergentes ha continuado agrandándose, mermando la cuota de las principales marcas. Varias de ellas han desembocado en una situación de difícil continuidad.

El escenario no es de ahora: viene de atrás. Curiosamente, sin embargo, la crisis económica generalizada no ha sido ninguna puntilla, sino más bien desenfocado la esencia de los problemas, añadiendo algunos más. A ello han contribuido los planes de ayuda articulados por la mayoría de gobiernos que, en más de un caso, parecen haber generado una especie de espejismo de recuperación.

Persisten, sin embargo, muchas incógnitas por despejar. ¿Cómo reajustar la capacidad industrial a la demanda? ¿Cuántos y quiénes van a sobrevivir entre los actuales fabricantes? Y, por encima de todo, ¿cómo ha de ser el coche futuro? Por estelar que haya sido el papel del automóvil en el último siglo y medio, no queda más remedio que reconocer los obstáculos a futuro que afronta: desde cuestiones medioambientales al precio de la energía, pasando por amenazas de agotamiento de combustibles hasta ahora básicos o el enorme hándicap para su uso que supone la creciente aglomeración urbana.

A decir verdad, da la sensación de imperar desconcierto en el sector. Algo que toca padecer especialmente en España, no sólo -aunque también- por el importante peso que el automóvil ostenta en el tejido industrial, el empleo y las exportaciones, sino muy especialmente porque no radican aquí, sino en otras partes, los centros de decisión. La alta probabilidad de que todos, desde los trabajadores de la planta de Figueruelas (Zaragoza) al Ministerio de Industria, se hayan enterado de la decisión de General Motors a través de los medios informativos no es para celebrarlo, pero tampoco debería merecer -por sabido- la reacción un tanto efectista que algunos han decidido protagonizar.

Comentarios