viernes 3/12/21

La construcción europea pierde "excusas"

Falta todavía un último obstáculo: la sentencia que el Tribunal Constitucional de la República Checa tiene previsto dictar hoy, 3 de noviembre, pero casi todo el mundo da por seguro que el presidente Klaus ratificará el Tratado de Lisboa los próximos días y el texto podrá entrar en vigor antes de que concluya el año. Va a suponer, sin duda, la reforma institucional comunitaria de mayor calado en las más de cuatro décadas transcurridas desde la firma fundacional en Roma. Y comportará, de alguna forma, el punto final a muchas excusas a la incapacidad de adoptar e implementar políticas de verdadero alcance común; entre otras razones, porque dejará de imperar el requisito de la imposible unanimidad para casi todo.

Asuntos no van a faltar. Serán probablemente menos glamurosos que la disputa en curso para cubrir los importantes puestos directivos que el nuevo tratado incorpora. Comenzando, como es lógico, por la nueva presidencia del consejo, que no sólo será ejercida con dedicación plena, sino que emerge dotada de una permanencia de dos años y medio, en vez de la semestral hasta ahora vigente, ejercida por un jefe de Estado o Gobierno de país miembro. La designación de cargos a cubrir en próximas semanas combinará como de costumbre las candidaturas personales y el juego de posición de los distintos socios, con el consecuente equilibrio geográfico-territorial y de tamaño -peso- relativo en el seno de la Unión. Todo un ejercicio para medir capacidad y habilidades diplomáticas de cada uno de los Estados.

Más allá de todo eso, la Unión tiene por delante importantes retos que afrontar. Uno, en cierta medida genérico, es mostrar una influencia en los asuntos planetarios acorde con la dimensión que integra. Algo que, como es lógico, requiere una capacidad de aunar posturas hasta ahora no constatada en casi ningún asunto de alcance global. O, visto de otro modo, voluntad efectiva de articular e implementar políticas compartidas, superando la propensión a dar prevalencia a los intereses domésticos, demasiadas veces a expensas de aprovechar el potencial que comporta el posicionamiento común.

Lisboa entraña también agudos riesgos, como suele suceder. Valorarlos no resulta fácil, ni en la probabilidad de que se materialicen ni en los efectos que puedan tener sobre el proceso mismo de construcción europea. Uno sin duda palpable es la posible resurrección de corrientes centrífugas, o quizás centrípetas, favorables u opuestas al tantas veces temido escenario de una Europa a varias velocidades o en círculos concéntricos, por citar sólo dos de las varias denominaciones que han ido surgiendo desde que la figura de cooperación reforzada o excepción a la aplicación de determinados acuerdos se empezó a materializar.

Quienes temen tal escenario quizás no tengan en cuenta los límites que marca la propia esencia de la Unión. O, dicho de otro modo, los márgenes reales que existen para avanzar en materia de identidad. Todavía menos valoran la realidad de los casos más señalados en que la asimetría no ha impedido el éxito.

Citando únicamente dos, es casi obligado señalar que tanto la moneda única, el euro, como la libre circulación que establece Schengen han funcionado de forma satisfactoria, aportando claros beneficios a quienes se han adherido a ellos, sin que para los autoexcluidos haya supuesto pérdida de vinculación. El caso de Reino Unido es palmario: mantiene su negativa a formar parte de ambos espacios -eurozona y Schengen-, pero el grado de implicación en el proceso europeo no ha ido a menos... aunque haya que reconocer que tampoco a más.

Posiblemente, una de las consecuencias más trascendentes de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa sea que los próximos años darán medida exacta del alcance real del proyecto de construcción europea. Tanto en el sentido de hasta dónde puede llegar, como dejando claro en qué medida las pomposas manifestaciones de fervor europeísta de los dirigentes políticos se corresponden con su sentir real y sobre todo están respaldadas por cada respectiva sociedad. Será la pérdida de validez de muchas excusas, pero también una forma de dejar de engañarse... y engañar.

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