viernes 3/12/21

La confianza no está ni se la espera

Por mucho que insistan en la verdad oficial de que lo peor ha pasado y la recuperación se acerca, ni los responsables económicos del Gobierno ni su presidente parecen estar convenciendo a los ciudadanos. Según la última entrega de la encuesta periódica del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), tres de cada cuatro ciudadanos piensan que las cosas no van ni van a ir por ahí.

El pesimismo impera, pues, en la sociedad. Nada nuevo, según se mire, porque los datos de consumo evolucionan planos, pese al recorte de precios, ofertas y demás facilidades introducidas por unas empresas que, a medida que venden menos, se ven abocadas a replantear su dimensión, cuando no la supervivencia misma del negocio. Lo que, a su vez, a modo de espiral destructiva, desemboca en nuevos recortes del gasto personal o doméstico, antes o después.

La evidencia se impone, como de costumbre, al discurso político, colocando el empleo en primer plano de las preocupaciones, muy por delante de asuntos que no hace demasiado se consideraban prioritarios, como el terrorismo, la seguridad ciudadana o la inmigración. Los ya afectados por la pérdida de empleo, porque la sufren junto a unas expectativas de escasa probabilidad de recolocarse. Los que aún mantienen el puesto de trabajo, porque temen perderlo a corto o medio plazo, sabiendo como saben o simplemente perciben que el negocio no va bien.

La crisis, pues, se está cebando particularmente en algo tan intangible como crucial: la confianza. Esa misma que en pleno auge impulsaba incluso al gasto imprudente, se ha tornado en estímulo para retraer cualquier dispendio que no resulte imprescindible, por ausencia y falta de anclajes para volver. A lo que se puede añadir que, viniendo como viene de una dilatada fase de elevado consumo, buena parte de la sociedad siente que puede posponer nuevas compras sin perder un ápice de calidad de vida porque lo que posee sigue valiendo y, de momento, no necesita reposición.

Quizás sea ingenuo pensarlo, pero el estado anímico que revela el CIS debería ser una especie de detonante para que, ya que no lo han hecho hasta ahora, tanto el discurso correcto como la propia estrategia frente a la crisis diesen un giro poco menos que radical.

Y, si no fuera suficiente, tampoco estaría de más una reflexión sobre otro dato indicativo: apenas una décima parte de los encuestados considera la situación política "buena" o "muy buena", con el añadido de que sólo una ínfima minoría tiene esperanzas de que vaya a mejorar en los doce próximos meses.

Si todos estos mensajes no son suficientes, ¿qué más necesitan?

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