martes 27/7/21

El fondo Perdido. Comunicación, Autenticidad y verdad en tiempos veloces

comunicación

¿De qué va realmente todo?

Llevo meses disfrutando de un gran privilegio que a la vez es una gran responsabilidad: formar en oratoria y debate a estudiantes adolescentes en un colegio. Una formación basada en entrenamientos idénticos a los que mantengo con líderes políticos y directivos, pero adaptados a su edad y circunstancias vitales. El empeño lo centramos en el desarrollo de su propia autenticidad. En que puedan descubrir no cómo les gustaría ser, sino como son en realidad, asumiendo la primera verdad, que es la de uno mismo. Engrandeciendo sus virtudes y afrontando sus limitaciones.

Para llegar a eso, en cada formación, en cada consulta, pido no solo a mis alumnos, sino también a mis clientes comenzar con una pregunta: ¿cuál es la idea de fondo del mensaje que quieres transmitir? ¿de qué trata el asunto en realidad? Desbrozar la hojarasca nos permite centrarnos en aquello que subyace, en el matiz que cambia un tema o una premisa; antes que en la forma. Y soy consciente de que no es el modus operandi habitual, impuesto por la mayoría de spin doctors que pueblan el paisaje. Y que nos ha llevado, por ejemplo, a que la mayoría los políticos parezca que hablen igual. Y me rebelo, contra los envoltorios que esconden tras de sí un vacío cósmico de ideas y principios. Y por eso intento que quien confía en mí encuentre respuestas a esas preguntas antes de decir nada. Porque un líder -del presente o del futuro-, necesita ser un buen orador. Pero un buen orador no será jamás un líder si no asienta sus palabras en valores muy profundos, en convicciones muy poderosas y en su propia autenticidad.

Por eso invierto mucho tiempo con mis clientes en que desarrollen la capacidad de encontrar el valor subyacente de lo que quieren comunicar. Al principio me da igual si mueven las manos mejor o peor o si no miran demasiado bien al público cuando están empezando a soltarse. Porque todo eso se puede entrenar. Y lo entrenamos. Lo que no se puede entrenar es la autenticidad de la que parten las palabras de uno mismo y el efecto que pueden tener para quien te regala apenas unos segundos de su atención. Es una actitud ante la vida pretender la voluntad de querer ser siempre auténtico.

Velocidad y verdad

Clay Shirky es profesor de la Universidad de Nueva York y uno de los más prestigiosos expertos en el impacto de las redes sociales en la sociedad. Según Shirky, en los últimos cinco siglos, las cuatro revoluciones tecnológicas vinculadas a la comunicación (a saber, la imprenta, el teléfono y el telégrafo, el registro en un soporte físico de una fuente visual o sonora y el uso de las ondas electromagnéticas) comparten algo en común: aquellas que habían sido buenas para crear grupos no lo fueron para crear conversaciones y viceversa. Para el profesor neoyorkino, la última revolución tecnológica, surgida de las redes sociales, cambia el paradigma de quinientos años. Es posible generar grupos y conversaciones a la vez.

Yo no sé si me atrevería a llamar conversación a ese inmenso ruido, a esa una inmensa maraña de voces, expertas o no, muchas de ellas únicamente preocupadas por aprovisionarse de clics y me gustas. No sé si se trata de una conversación o de un diálogo de sordos. Tal vez me inclino por lo segundo.

Jorge Todolí y Raúl Cirujano nos recuerdan en su libro Sexo, muerte y clics. Las noticias que le gustan a tu cerebro, las palabras de Rolf Dobelli, filósofo y escritor: “Nos hacemos ilusiones al pensar que por acumular un gran número de noticias en nuestro cerebro llegaremos a entender el mundo mejor. Y ocurre lo contrario. Todo lo importante que debemos saber sobre la vida no está en las noticias, sino que surge lentamente de nuestras propias reflexiones”. Y es que para este pensador, “las noticias son al cerebro lo que el azúcar al cuerpo”.

Más allá de que podamos apreciar cierta inocencia en las palabras de Dobelli, lo cierto es que esta última afirmación define metafóricamente una de las claves de nuestra sociedad y que tiene que ver con los sesgos cognitivos. Es decir, con esas estructuras mentales que nuestro cerebro elabora y que condicionan nuestras actuaciones cotidianas. Algunos de esos sesgos implican la aceptación solo de aquellas informaciones que confirman nuestras creencias y nuestros marcos. Es el primer paso de la polarización. Y encaja perfectamente con la idea de Dobelli: necesitamos nuestra ración diaria de azúcar, al que ya nos hemos vuelto adictos, para sobrevivir. A ser posible un azúcar ya degustado y disfrutado.

Sin embargo, el verdadero problema de esta época veloz y superficial es que se ha renunciado a la verdad. A la verdad como valor personal y a la verdad como valor informativo. En definitiva, a la verdad como virtud, a la verdad como ligazón entre la realidad y la reflexión, a la verdad como enlace entre el día a día y su comprensión. Y esto tiene que ver con otra variable de este tiempo global: la velocidad. O más aún, la velocidad a la que nos hemos empeñado que transcurra nuestra vida. Porque la velocidad, contraria a la reflexión pausada sobre la realidad y al análisis de los matices, es enemiga de la verdad.

Vivimos en una sociedad polarizada en gran medida por nuestro rechazo a la verdad en favor de nuestra dosis diaria de droga presuntamente informativa que nos reconforta y nos impide reflexionar y, por ello, posicionarnos críticamente frente a algo. Y aquí es donde aparece la vida política actual como epítome de todo ello.

Hace unos meses, el Presidente del Partido Popular, Pablo Casado, participó en la VIII edición del curso “Prensa y Poder”. Allí, Casado hizo la siguiente reflexión: “Si la verdad es irrelevante en el debate político, ¿quién gana? El que mejor mienta. (…) Tenemos que hacer una reflexión como país. (…) ¿Qué responsabilidad deben tener los medios de comunicación al menos para exigir la verdad? (…) Es que es muy difícil hacer política en estas condiciones, porque lo vital es saber qué es verdad y qué es mentira”.

En realidad, estas palabras nos plantean un dilema: el que existe entre la honestidad y el fraude. Entre el compromiso y la dejación. En definitiva, sus palabras planteaban un debate entre la verdad y sus virtudes contra la mentira y sus perjuicios.

Pero este no es un debate nuevo. Diversos estudiosos de la comunicación y de la sociedad llevan años advirtiendo de este fenómeno. Tal es el caso de Alex Grijelmo que analiza esta problemática en su libro La información del silencio. Cómo se miente contando hechos verdaderos. Más allá del título concreto y del contenido, en este libro repasa no solo la historia del silencio, sino también lo que éste aporta al engaño y la mentira, así como la dimensión moral de sus resultados.

Algo parecido plantea Yuval Noah Harari en 21 lecciones para el siglo XXI. Las compilaciones de pensamiento ajeno que hace Harari están protagonizadas siempre por el mérito que él otorga a la colectividad en detrimento el individuo. Independientemente de esta idea, que siempre revolotea en sus publicaciones y que daría para otra reflexión, Harari establece una necesaria huida del poder para salir a buscar la verdad y perder “mucho tiempo vagando por aquí y por allá en la periferia (…) Los dirigentes se hallan atrapados por partida doble. Si permanecen en el centro del poder, su visión del mundo estará muy distorsionada. Si se aventuran hacia los márgenes, gastarán mucho de su preciado tiempo”. En otras palabras, el debate que plantea Harari es sobre el tiempo, es decir, sobre la velocidad.

Como vemos, el debate acerca de la verdad y la velocidad está ahí, pero solemos evitarlo. En primer lugar, porque no estamos acostumbrados a indagar hasta el fondo de algo. En segundo lugar, porque nos molesta que nos recuerden nuestra pereza informativa y nuestro rechazo al matiz como elemento imprescindible. Y por último, por la drogadicción que nos ata a lo vertiginoso del día a día.

En el lado opuesto a la reflexión de Casado, Grijelmo o Harari, se sitúa el afán totalitario de algunos Gobiernos -desde hace unos días también el de España-, que pretenden, bajo la falsa excusa de proteger a los ciudadanos de la desinformación, coartar la libertad.

Como advertía Grijelmo, es posible mentir contando hechos verdaderos manejando el silencio y sabiendo emplear el lenguaje ¿Qué es si no mentir contando hechos verdaderos tratar de evitar a toda costa que aparezcan féretros y muertos en los medios de comunicación durante la pandemia a la vez que se da una cifra “oficial” de fallecidos y se mantiene la estadística del Instituto Carlos III sobre muertes estimadas? ¿Por qué el Gobierno obliga al ciudadano que quiere estar bien informado a tener que completar una información conscientemente disgregada?

En realidad, si analizamos la política de los últimos años, sobre todo las opciones basadas en la arenga populista, todos los partidos sin excepción han acudido a la llamada de la velocidad para aprovecharse de los sesgos cognitivos que nos dominan y poder liderar la denominada sociedad líquida. El propio término, afortunado en su metáfora y ya demasiado sobado, resulta ofensivo por lo que evidencia de la condición humana posmoderna: preferimos bañarnos en ese fluido almibarado y trepidante aunque se escape entre los dedos, antes que mancharnos la camisa con el sudor que produce construir algo sólido. Preferimos calmar el mono antes que desintoxicarnos. Porque lo líquido nos termina resultando cómodo y buenista mientras que lo sólido nos interpela y nos saca de nuestras estructuras mentales para que podamos completarnos, reclamándonos un esfuerzo.

Tuve un profesor de filosofía en el instituto que siempre nos decía que simplificar era falsificar. Lo simple, lo superficial es algo muy diferente a lo que supone una síntesis de lo profundo o lo verdadero. Y vivimos en una época de profunda simplificación falsificadora.

En este sentido, la Estrategia Nacional de Lucha contra la Desinformación no solo atenta contra la libertad del individuo, al que le privan de utilizar su espíritu crítico, sino que supone una grave amenaza al presuponer que la información oficial es la única verdad posible, simplificando las fuentes y por lo tanto reduciendo la capacidad de disentir o contrastar. Siempre ha tenido adeptos este tipo de comportamientos: hay centros escolares de carácter público que, al inicio del presente curso, impelían a las familias a través de sus recomendaciones a “no difundir información que no provenga de cauces oficiales y, ante cualquier duda, contrastar siempre con el centro la información”.

Por lo tanto, a la verdad y a la velocidad se le añade otro debate de fondo, el de la libertad frente al control bajo apariencia de protección.

El papel de los medios de comunicación

No somos tan ingenuos como para pensar que los medios de comunicación son literalmente objetivos. Porque la adopción de un punto de vista sobre la realidad -y un medio de comunicación es eso, un punto de vista, una forma de acercarse al mundo- implica un posicionamiento concreto. Pero eso no es incompatible con situarse honestamente frente a la realidad a través de un relato verídico o, al menos, denunciar la mentira como elemento desintegrador de la virtud de una sociedad. Las fake news son, al fin y al cabo, mentiras construidas con un relato verosímil (que no verídico). O, ampliando a Grijelmo, historias llenas de silencios basadas en hechos verdaderos o con apariencia de tales.

Pienso sinceramente que los medios no han pretendido renunciar conscientemente a la verdad. Simplemente han creído que la velocidad era la nueva fórmula. Que se podían adaptar a lo líquido a través de ella, tal vez confundidos por las circunstancias. Al fin y al cabo, el denominado periodismo de declaraciones es lo que domina la cobertura de prensa de contenido político desde hace años. Solo hay que recordar el espectáculo diario ofrecido por los partidos y seguido lanarmente por los medios durante el primer semestre de 2016, tras el rechazo a acudir a la investidura por parte de Mariano Rajoy.

Por eso pienso que es hora de que los medios retomen ese compromiso, esa influencia. Porque el denominado cuarto poder es precisamente ese: una observación privilegiada de los otros tres para que la verdad no sea un lujo, sino una obligación, entre otras cosas porque para los ciudadanos es una necesidad. Enfocada desde un punto de vista. Sí. Desde una visión del mundo. Sí. Pero con honestidad en el acercamiento a la verdad.

Con la aparición de internet y, sobre todo, con el despliegue y popularización del uso de las redes sociales, los medios de comunicación escritos -la radio y la televisión han podido mezclarse mejor en el nuevo ambiente- han divagado mucho acerca de su utilidad, de su rentabilidad y de su lugar en la sociedad. Han pasado años tratando de redefinir su modelo de negocio que, salvo lo que empieza a inducirse ahora basado en suscripciones, ha pivotado sobre los clics y su monetización, sobre todo en un entorno donde el todo gratis ha sido la norma. La prensa, ha publicado aún más productos en papel (algunos de notable éxito, casi para coleccionistas), han divagado sobre la importancia de las grandes historias o el periodismo de “largo aliento”. Pero no han analizado el papel de la verdad ni su papel frente a la verdad. Por norma general, no denuncian ya la mentira ni indagan en el fondo de las cosas, ni tampoco se sumergen en el debate profundo que cada tema tiene, que cada acontecimiento esconde y que subyace tras cada palabra empleada. El fondo. Lo profundo. Lo subyacente. Lo sólido frente a lo líquido. El sudor contra el almíbar. El scroll frente al clic compulsivo.

 Y es que el universo mediático se ha visto condicionado desde hace décadas. Casi ningún medio de comunicación podría sobrevivir sin el dinero del contribuyente que les llega en forma de campañas de publicidad. Una relación perniciosa de la que hablaremos en posteriores ocasiones. Ahora, en este contexto de crisis, podríamos hablar de autocensura. Y la autocensura de un periodista, de un medio de comunicación o de un ciudadano anónimo es la primera pérdida de libertad y autenticidad.

Por eso, como individuos, deberíamos hacernos la misma pregunta que intento que los adolescentes aprendan a explorar: ¿de qué va realmente esto?

 

Pablo Hernanz

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