No se deja a nadie atrás (La olvidada batalla de Najaf)

No se deja a nadie atrás (La olvidada batalla de Najaf)

Últimamente recibo mensajes a través de distintos medios, de soldados españoles que han participado en misiones en el extranjero. Todos rezuman tristeza, desesperanza y cansancio. Sobre todo cansancio. Me piden con humildad, pero con el orgullo intacto, que hable de ellos, que no caiga en el olvido el sacrificio que muchos realizaron.

Ahora está de moda-se han publicado varias novelas y estudios-, el papel de nuestras tropas en la guerra de Iraq. Al parecer, entraron en combate sin combatir; según las fuentes oficiales. Fueron a un escenario de guerra total, enviados por los políticos del momento, con órdenes de repartir piruletas y deseos de paz.

Pero no fue así.

El 3 de Abril del 2004, hartos de que nuestras tropas de la Brigada Plus Ultra estuviesen  a la defensiva siguiendo las instrucciones del presidente Zapatero-les llamaban la brigada Winnie the Pooh con sorna-, un equipo Delta norteamericano ejecuta una acción y arresta al clérigo Mustafá Al-Yaqubi, uno de los líderes de la insurgencia. Curiosamente, el comando lleva parches con banderas españolas en el uniforme y todos sus miembros hablan español. Además manifestaron abiertamente que el detenido era trasladado a la base española de Al Ándalus-vaya nombrecito que le pusieron, que hubiera sido mejor llamarla Don Pelayo ¡coño!-, situada en Najaf.

Parece ser que los yanquis volvieron a metérnosla ¡y bien metida! Que de verdad, gracias a nuestros políticos parecemos más tontos que los Power Rangers, allá donde vayamos. El detenido fue trasladado en realidad a Bagdad y Muqtada el Sadr, otro de los líderes declara la rebelión general.

El día 4 de abril, sobre el mediodía, comienzan a acumularse presuntos manifestantes-armados hasta los dientes-, en las cercanías de la base y los nuestros dan la voz de alarma. Desde edificios cercanos comienzan a disparar y un francotirador alcanza y mata al Capitán norteamericano  Matthew Eddy. Todo el ejército del Madhi, ataca la base intentando tomarla. El asunto se torna feo. El Capitán Placer ordena disponer los vehículos blindados de caballería en las puertas para la defensa, pero se pierde un tiempo precioso al tener que cambiar las ametralladoras de los BMR (Blindado Medio de Ruedas) por otras ligeras, ya que las pesadas no funcionaban-¡Ya estamos!-. En varias horas, los insurgentes se hacen con el control de la ciudad y la base está bajo fuego continuo de fusilería, morteros y RPG,s. Entonces llega un mensaje aterrador: instructores salvadoreños han quedado cercados en un edificio contiguo a la cárcel de la ciudad y van a ser aniquilados.

Sin esperar ordenes, una sección salvadoreña sale en auxilio de sus compañeros ¡A pie! Les separan dos kilómetros de los atrapados y nuestros hermanos sudamericanos combaten bravamente, pero tras sufrir varias emboscadas, quedan aislados muy cerca de su objetivo. Es entonces cuando el Coronel Don Alberto Asarta, ordena al Alférez Guisado la misión casi suicida de ir a rescatar a sus hermanos de armas, que tienen varios heridos y un fallecido, el soldado de 19 años Natividad Mendez Ramos, que murió en combate cuerpo a cuerpo como un héroe.

Cuatro blindados BMR sin armas pesadas ya que estaban estropeadas y solo portan ametralladoras ligeras del 7,62, salen de la base a toda velocidad al mando de Guisado-¡con dos cojones!-, y son acribillados por fuego de AK-47, pero resisten. Lo peor son los RPG,s que pueden destruir un vehículo de un disparo, pero el tirador de MG, el soldado Miguel Monge Benítez, obliga a los emboscados a retirarse con cortas y certeras ráfagas. Por fin alcanzan  a la sección salvadoreña que se encontraba en una situación crítica. El Alférez Guisado baja de su vehículo, estrecha la mano al Capitán salvadoreño y le dice:” ¡Ya no estáis solos!”

Rápidamente se organiza un convoy, junto a otra patrulla salvadoreña que a bordo de tres vehículos ligeros había logrado rescatar a unos cuantos de los suyos. El regreso es brutal ya que circulan a través de unas calles llenas de insurgente que disparan sin cesar ¡imagínense que te disparan desde todos lados y que el siguiente cruce puede ser el último! Por fin llegan a la base. Están a salvo.

Pero tras atender a los heridos, el Alférez Guisado informa al Coronel, que todavía quedan 30 soldados salvadoreños más 38 iraquíes cercados en la cárcel de la ciudad, así como parte de la patrulla que salió a pie a rescatar a los cercados. Tampoco se ha podido rescatar el cadáver del joven soldado fallecido. Era imposible traerlos a todos en los vehículos. Guisado recibe la orden: “Hay que ir a por todos”. Guisado no rechista. Es un militar de los pies  a la cabeza y él no va  a dejar a nadie atrás: ni vivo, ni muerto. Sabe que ha perdido la iniciativa y que ahora es una misión que puede concluir fatalmente, pero debe hacerla. Ordena reponer munición mientras los compañeros se despiden de los que quedan en la base. Es un momento emotivo, tenso. Nadie dice lo que piensa: que no van a volver. Pero es necesario salvar a nuestros hermanos de sangre y aliados, sea como sea. Mientras tanto, aviones norteamericanos piden permiso para destruir los puestos de francotiradores enemigos, pero el mando español no lo da: es una zona con civiles y por lo tanto no se puede bombardear. Esta decisión provoca un grave desencuentro entre los mandos españoles y yanquis-los gritos al parecer se escucharon hasta el Manzanares River-.

Por fin Guisado sale de nuevo. Y bajo una lluvia de fuego y metralla, contacta con la primera patrulla de salvadoreños-la que salió a pie-, logrando despejar de enemigos las posiciones que ocupan y les promete que a la vuelta les recogerán. Por fin, tras numerosas vicisitudes, logran entrar en el patio de la cárcel de la ciudad donde están acorralados los salvadoreños y los iraquíes. Organizan un convoy junto a vehículos ligeros y se ponen en marcha. Cuando llegan a donde habían dejado a los valientes salvadoreños que salieron a pie, los rescatan y se dirigen todos juntos a la base. Afortunadamente, helicópteros Apache norteamericanos barren las posiciones enemigas con sus ametralladoras lo que les facilita un respiro. Aún así, los proyectiles de RPG, s vuelan por el cielo, pero sin causar más víctimas.

Guisado entra en la base y da parte al Coronel. “Misión realizada sin novedad”

Habían salvado la vida a 102 soldados salvadoreños e iraquíes en una acción llena de heroísmo y valor sin límites. Nadie fue condecorado excepto Guisado, en una de las decisiones más vergonzosas que últimamente haya tomado un gobierno de España. El propio  Jacinto Guisado dijo que cambiaría su medalla al Mérito Militar con distintivo rojo,  porque se la concedieran a todos y cada uno de sus hombres.

Gran parte de la sociedad española desconoce estos hechos de armas porque se le ocultó que estábamos en una guerra, que nosotros no matamos gente, que repartimos chucherías y llevamos flores al enemigo. Nuestra sociedad está enferma si cree que eso es verdad.

La verdad es que somos aliados de otros países y tenemos que cumplir nuestros compromisos internacionales. La verdad es que nuestros soldados arriesgaron a la vida para salvar la de sus hermanos de sangre salvadoreños y aliados iraquíes.

Y lo hicieron en la mejor tradición de nuestros ancestros: con valor, cojones y el orgullo de que nosotros nunca dejamos a nadie atrás.