miércoles 27/10/21

El Hombre Idiotizado

Hombre sorprendido

Suena muy fuerte el enunciado con el que titulo el presente artículo pero, sin pretender ofender y molestar a nadie, menos aún a mis lectores, es la particular y personal –no siempre acertada- visión, reflexión e interpretación que tengo del hombre de hoy. Yo les invito a observar, en silencio y con un verdadero espíritu crítico, la actualidad informativa y, lo que es más difícil, a mirar y querer ver el diario acontecer de nuestra forma de vivir en el mundo.  Oír, ver, callar y opinar, ésa es mi propuesta.

A partir de ahí, con una opinión medianamente formada, con enormes dosis de autoevaluación honesta y leal con la realidad, les sugiero que lleguen a unas conclusiones que, por descontado, ni son concluyentes, ni son en absoluto definitivas.

Muchas deben ser las interrogantes previas, también las preguntas sin contestar a las que podemos llegar tras efectuar este –estimo- necesario análisis del mundo en el que vivimos y del que, a nuestro nivel, somos autores y protagonistas. Yo le he hecho en diversas ocasiones y, en honor a la verdad, me siento incómodo, corresponsable junto a otros y, por descontado,  responsable a nivel individual de tanta estupidez, negligencia, indiferencia, indolencia e idiotez instalada de manera cuasi incontestable. Nadie está exento de tan lacerante enjuiciamiento.

Prohibido no pensar –decía mi buen amigo Fernando Martín Adúriz- . Y a fe que es cierta este sabio pronunciamiento. Muchas veces lo he tenido en cuenta a la hora de posicionarme y tomar una decisión, pero muchas veces más me he dejado llevar por la inercia y rutina del diario acontecer. Siempre nos equivocamos, es lógico y consustancial en tanto que no somos  seres perfectos, sin embargo, escondernos dentro de la comunidad no es un ejercicio saludable.

Somos producto social –perdonen esta calificación económica- pero también generamos sociedad, es decir, somos artífices y productores de un tipo de modelo social consecuencia de nuestros actos individuales. Somos parte de un todo, de una comunidad, en el que desarrollamos nuestra existencia. No elegir nunca es una opción, es imposible de hecho. Así pues, no caben subterfugios y el hacernos trampas justificando y exculpando nuestros actos, rutinas y decisiones.

Así pues, se impone una nueva ecología, la del cultivo del espacio íntimo e interior, absolutamente imprescindible y necesario, para reinterpretar nuestro papel dentro del común, a la sazón, dentro de la sociedad que nos ha tocado vivir. Debemos aprovechar las facultades que,  por nuestra propia naturaleza primera, disfrutamos como seres dotados de inteligencia. Somos libres, condicionados pero no determinados, dado que gozamos de la voluntad y la capacidad de decidir quién queremos ser.

En el escenario en el que actuamos hay muchos, muchísimos temas verdaderamente importantes en los que intervenir. Algunos son muy serios y notorios, incluso extremadamente graves, otros son urgentes y acuciantes, y todos son importantes. Establecer una jerarquía en la importancia de los asuntos supone desatender otras cuestiones “menos relevantes” o “secundarias”, y esto no es interesante a la hora de proceder, puesto que todo está estrechamente interrelacionado. La transversalidad es la verdad, aunque no lo proyecte la  aparente realidad.

Verdad y realidad no son lo mismo, aunque puedan parecer sinónimos. La verdad es la causa última que se proyecta a través de la realidad. Es la esencia, la realidad es la existencia de aquella. Somos lo que hacemos, no lo que decimos, por tanto, si se contradicen ambos aspectos, la incoherencia, la irresponsabilidad, la incongruencia y la inconsecuencia, por no decir la dehonestidad, nos retrata como personas.

Podremos cambiar de manera de actuar sólo, si cambiamos nuestra forma de pensar. De no producirse, el presunto cambio operado será fugaz, artificial y condenado a su extinción.

 El hombre de hoy manifiesta comportamientos que le definen como ser embrutecido, gobernado por la sin razón, el instinto y el individualismo. Un hombre que vive la vida sin un proyecto vital más allá de la propia supervivencia.

Narcisista, ególatra, hedonista, nihilista y materialista, se entrega a una existencia sin trascendencia, es decir, sin una esencia comprometida con unos valores morales desde los que actuar. No configurar la moral personal, no implica ser amoral, porque el hombre es necesariamente moral. Es aquí donde aparece la segunda naturaleza humana, aquella que hemos adquirido, siempre voluntariamente, aunque sea inconscientemente, a través de nuestra formación y educación.

Es así como emerge el hombre idiotizado, por no pensar y reflexionar. Está alelado y vive alocada y precipitadamente. En su vanidad, se entrega a la apariencia y se enamora de sí mismo, sin atender a lo que a su alrededor está ocurriendo. No asume compromisos altruistas, pues es un consumado utilitarista que mercantiliza todo. “Solo hago lo que me es útil y me es rentable” –se dice mientras se contempla enamorado de sí mismo ante el espejo-.

Decide ausentarse y huir, convirtiéndose –en el mejor de los casos- en espectador pasivo, dejando a otros que asuman las responsabilidades que no quiere aceptar, pese a que esté moralmente obligado a ello. Es obligatoriamente protagonista, pues es guionista, no ya de su propia vida, sino la vida social colectiva.

La realidad atronadora del mundo que vivimos demanda actuar, exigiendo una intervención constante, permanente y siempre inmediata. Los ámbitos en los que ser verdaderos protagonistas son muchos: familia, grupos sociales en los que interactuamos, o  sociedad entendida como comunidad. En todos ellos estamos presentes, aunque de ello muchos no sean conscientes.

Por cierto, en esto no hay una mayoría de edad. El hombre contemporáneo, según parece el más moderno y avanzado de la historia, parece no tener la capacidad de la humanidad, de no sentir afecto, comprensión y solidaridad con los demás. Es ciertamente trágico y profundamente lamentable , de cuyas consecuencias derivan la mayor parte de  nuestros problemas.

Para ir concluyendo, un hombre idiotizado comete estupideces, siendo muy amplio y variado el muestrario de ellas. Les recomiendo que acudan al diccionario para que vean la riqueza, extremadamente generosa, de sinónimos que la palabra idiota sugiere.

También la relación de sus antónimos es muy abundante y prolífica.  El mundo –nuestro maltratado planeta- se está yendo al garete y, con él, el del futuro de la humanidad. Créanme si les digo que mi opinión no es el resultado de un exceso verbal o moral. Albert Einstein, en relación con este asunto, pronunció una reflexión verdaderamente acertada. Decía así: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”. ¿No les parece acertado? A mí, humildemente, SÍ.

        

Comentarios