viernes 30/7/21

Edicto de Excomunión de los Comuneros

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La situación existente en el Reino de Castilla a comienzos de 1521 era in asumible, inaceptable y sumamente peligrosa para los intereses del rey Carlos I. Las Comunidades habían traspasado todos los límites aceptables sin que se tomaran decisiones, tan drásticas como necesarias, tan convenientes como urgentes. La sublevación de los comuneros había triunfado y había que actuar de manera contundente e inmediata.

          La Santa Junta, aposentada en Valladolid, como órgano supremo de gobierno rebelde, había redactado en Ávila y promulgado en Tordesillas la llamada Ley Justa, auténtico programa político del movimiento de las Comunidades. Para muchos una especie de constitución que subvertía el orden político instaurado, si bien es cierto que nunca llegaría a entrar en vigor. Se había formado un ejército comunero y se había procedido a sustituir la política tributaria existente. Las campañas militares y los enfrentamientos armados eran frecuentes entre realistas y rebeldes. Los ataques y saqueos de lugares de señorío enriquecían las arcas de los levantados en armas contra su rey y señor. Ya no había un posible retorno a una paz negociada, pese a los innumerables intentos del cardenal Adriano de Utrecht, consciente de la extremadamente delicada situación.

          A comienzos del año 1521, la Comunidad estaba en el momento más álgido de su particular y subversivo orden establecido. El gravísimo delito de lesa majestad había tenido lugar con todos los agravantes propios que tipifican el atentado contra la autoridad real, contra su rey y sus súbditos, y contra el Reino de Castilla. Poco o nada cabía esperar de la imposible clemencia del rey. La traición a Su Majestad era incuestionable, probada y demostrada de manera reiterada y continuada.

          Las intimidaciones reales no surtían efecto, tampoco las amenazas de sus representantes en su ausencia. El Edicto de Worms (17 de diciembre de 1520) dirigido por el emperador a los comuneros no había causado el impacto deseado. Los rebeldes hicieron caso omiso a la misiva imperial, pese a que señalara la pena capital que, como consecuencia de sus actos, se le impondría. Los líderes comuneros, muy conscientes y conocedores de su situación, prosiguieron su actividad política, militar y fiscal. Nada paraba sus deseos de libertad y limitación a la autoridad real. Era, sencillamente, un viaje sin retorno, la capitulación, la rendición o la renuncia a sus propósitos no se contemplaba como una opción satisfactoria, menos aún,  era viable y segura.

          Llegado a este punto, el emperador, que estaba muy bien informado de los hechos acaecidos en su reino, jugó una baza más al promover el Edicto de Excomunión de los comuneros, promulgado el 31 de enero de 1521 por el cardenal y regente de Castilla, Adriano de Utrecht, en representación del papa León X (Giovanni di Lorenzo de Medici), hombre manipulado y utilizado a capricho por Carlos I.

 

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Retrato del ya proclamado papa, Adriano VI, Adriano de Utrecht

 

          Se dirigía a aquellos que se hubiesen entregado a la causa de la Comunidad y no acataran y obedecieran a los legítimos reyes, Carlos I y su madre, Juana I de Castilla.  Con la Iglesia habíamos topado, era un desesperado intento por revertir y ordenar la situación política engendrada. Si no se teme a la ley de los hombres, se temería a la ley de Dios –pensaron incautamente los realistas-. Pero tampoco surtirían las consecuencias perseguidas, la obstinación de los ya declarados traidores fue la de perseverar en sus empeños y objetivos políticos. Ésa fue su respuesta.

          Se trata de un documento de especial relevancia histórica, conservado en el Archivo Municipal de Burgos, recientemente restaurado tras un largo, costoso y difícil proceso de conservación, del que ha sido patrocinador la Fundación Castilla y León, a la sazón, dependiente de las Cortes Regionales. Hoy se puede ver en la exposición que se celebra bajo el título “Comuneros: quinientos años”, ubicada en el vestíbulo del edificio de la sede del parlamento regional en Valladolid. Desgarrones, pliegues y un paulatino proceso de oxidación de la celulosa amenazaba seriamente su integridad. La intervención, minuciosa y laboriosa, ha permitido conservar el documento en un estado óptimo.

          El edicto en cuestión, consta de una parte manuscrita, redactada en tinta ferrogálica –conocida como tinta de corteza de roble por su color negro o marrón-negro-, hecho a mano sobre papel verjurado y sin filigrana de ninguna clase. La parte impresa es la mayor. También hay un documento cosido posterior, que data del s. XVIII y describe el contenido de la obra principal.  El edicto se redacta en virtud de dos Breves apostólicos de 11 de octubre de 1520 y, en su nombre, ejecutada mediante carta pastoral por el cardenal, obispo de Tortosa, Adriano de Utrecht, juez delegado para ello a petición del fiscal de sus majestades. Su lugar de emisión es Tordesillas. Da rúbrica y fe Francisco Gascón, notario apostólico el 12 de febrero de 1521, firmado igualmente por el cardenal.

          Adriano se sentía incapaz de lograr la paz en Castilla. El edicto de excomunión era quizá la última oportunidad para la claudicación de los impetuosos e irredentos comuneros. Para entonces los virreyes de Castilla, el IV condestable de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, y el III almirante de Castilla, Iñigo Fernández de Velasco, nombrados a tal efecto, en septiembre de 1520, con el propósito de aunar esfuerzos militares, ya estaban reclutando y pertrechando un ejército a la altura del que presentaba la Comunidad.

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 Retrato del Iv condestable de Castilla,  Fadrique Enríquez de Velasco

También, y ello será del todo definitivo, consiguieron sumar las huestes de numerosos nobles y señores, conscientes de que era el momento de exhibir lealtades y poner fin a los excesos de los sublevados. Intereses personales, ansiosos de beneficios y cargos, fueron la principal motivación que les llevó a entregarse a la causa del emperador. Tampoco olvidaban los saqueos y daños ocasionados por las campañas de los sediciosos en sus lugares de señorío. El camino hacia la victoria militar era incuestionable.

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