lunes 25.05.2020

Hablemos un poco del País Vasco que es mucho más interesante que la política con sus reiterados, cansinos y aburridos dicterios. Y además es verano, tiempo de viaje.

Las periferias peninsulares no han sido nunca bien entendidas por los madrileños. El País Vasco, concretamente, parecía ser o lugar de veraneo o fuente de conflictos. Repletos de estereotipos y lugares comunes, nos ha faltado bastante el entendimiento y el conocimiento. Madrid, de espaldas, ha sido algo bastante común (acontece también con Cataluña y, por supuesto, con Portugal).

Pero un clima ameno, un cuidado por sus pueblos y ciudades poco común en esta península y la amabilidad de las gentes son invitaciones a conocerlo más a fondo; pues Bilbao es mucho más que el Guggenheim y el cercano y magnífico museo de Bellas Artes -ahora indisponible por una inoportuna huelga del personal- como, por ejemplo, la suntuosa biblioteca de Bidebarrieta, o los paseos por la ría hasta Gorliz y Plencia.

En San Sebastián, además de la Tabakalera, con su nueva terraza en el tejado, apta para todo tipo de actos musicales y espectáculos de vanguardia, todo viajero que quiera conocer lo que pisa debería pasar obligatoriamente un par de horas en el museo de San Telmo, que resume la historia de la sociedad vasca de manera objetiva, certera y bien presentada. Además de los orígenes, tan estudiados por muchos sabios desde Larramendi, Resurrección María de Azkue, hasta José María de Barandiarán y Julio Caro Baroja, podemos tener entre otras cosas un atisbo de la industria ballenera que tanto marcó muchos pueblos de la costa. Un vasco tan singular como Pedro Mourlane Michelena -falangista algo tronado- llegaba a sostener que la decadencia del País Vasco se inició cuando se acabó la pesca de la ballena (para él, la industria del hierro parece que era más anecdótica). Casi echamos de menos que no haya un museo dedicado exclusivamente al cetáceo y la pesca vasca (porque por esa pesca probablemente llegaron a Terranova antes de que Colón tocase el Nuevo Mundo).

Un vasco tan singular como Pedro Mourlane Michelena -falangista algo tronado- llegaba a sostener que la decadencia del País Vasco se inició cuando se acabó la pesca de la ballena

Ahora, con la capitalidad europea de la cultura, San Sebastián ofrece a diario actos culturales y exposiciones que añaden pátina a la habitual recreación gustativa de sus bares de pintxos, desde los clásicos a los inventivos, sobre todo por la calle de la Pescadería.

Zumaya, con su singular formación geológica, preservada por el Geoparkea, nos permite conocer el flysch y los sedimentos kársticos llegando por un sendero rodeado de robles y hayas, dejados a la naturaleza, es decir, bien conservados. Cerca del pueblo está además el museo Zuloaga, para quien guste.

En el pequeño Deba, junto a su pequeña playa, bien organizada y limpia, hemos de aprovechar para visitar su iglesia parroquial, con su flamante órgano de 2009 (de Grenzing) y sus capillas tardo góticas. Por cierto, en el claustro -un secreto bien guardado- hay una exposición del artista debarra Willy Berasaluce que contrasta de manera creativa y luminosa con el bello espacio claustral. En una explanada frente a la estación estaba el labatai, el lugar donde se despiezaban ballenas y cachalotes y fundían la grasa en los hornos. Moby Dick nos viene a la cabeza. Y nos recuerda también un amable vecino en el restaurante Zalburdi (pidan el tronco de merluza) que en Deba acababa el camino real que venía desde Madrid, y que fue durante siglos puerto principal de salida de las lanas merinas de Castilla para Flandes (donde las trabajaban y obtenían la plusvalía, como nos suele pasar en España).

Pero esto es sólo un recordatorio. Sigamos explorando, porque las carreteras nos van desplegando vistas, como me decía un amigo bilbaíno, de una de las costas más bellas de Europa, con pueblecitos como Armintza, Ea o Elanchove. Pero hay muchos más, c’est l’embarras du choix, difícil de elegir.



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