lunes 18/10/21

A uno le invade un cierto desánimo al constatar la ramplonería generalizada en la que estamos inmersos. Sin embargo, mucho peor sería pensar que la chabacanería ya no tiene remedio. Conviene, por tanto, que mantengamos un mínimo de optimismo y pensemos que algún día, aunque sin caer en los volterianos excesos del pobre Pangloss, las cosas ya que no mejoran, al menos no empeorarán.

Viene esto a cuento al comparar lo que no hace tanto tiempo eran los periódicos, la radio o la televisión en España con lo que hoy en día nos llega publicado, con lo que escuchamos distraídos mientras conducimos o con las imágenes que vemos en alguna que otra sobremesa en la que no hemos tenido la precaución de apagar el televisor.

Quizás sea engañosa la imagen de una sociedad en la que convivían, en una ciudad pequeña como era el Madrid de aquellos años anteriores a la guerra civil, intelectuales de la talla de Ortega, Marañón, los hermanos Baroja o Azorín, con los poetas de la generación del 27 y los pintores y músicos de las vanguardias más atrevidas. Quizás también sea artificial el recuerdo de una ciudad en la que, a pesar de las enormes tensiones de aquellos años posteriores a la dictadura franquista, los personajes públicos se interesaban por las novedades literarias y los avances científicos, eran educados y respetaban las formas como un elemento esencial de la convivencia. El respeto mutuo era una pieza fundamental del engranaje social que evitaba esas fricciones que, a la larga, son las que provocan las primeras chispas que en situaciones conflictivas y de tensiones acumuladas inflaman la yesca y transforman lo que fuera bosque ameno en desierto calcinado.

De esas cosas terribles sabía mucho Ramón y Cajal, cuya desaparición en 1934 le evitó comprobar cómo el desgarro de una sociedad puede alcanzar magnitudes insospechadas. Don Santiago dejó una obra literaria que convendría no olvidar. Destacan las páginas magistrales de El mundo visto a los ochenta años. Esta narración, dividida en tres partes –Delirio de la velocidad, La degeneración del arte y Consuelos de la senectud– no sólo expone lo mejor de su visión vital, sino también denuncia lo que para el gran científico son los principales problemas de la España de entonces, tan similares por desgracia, a los de la España actual. Las advertencias de este sabio de antaño nos alertan sobre la ineludible responsabilidad que a todos nos incumbe para enfrentarlos con decisión y valentía.

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