viernes 24/9/21

Historias de mi vida liberal. La ideología intelectual liberal de 1968 a 1980

  En 1968, Bernard Krief, del que luego hablare más, desgraciadamente muerto cuando estaba en la cúspide de la escalera, a los 64 años, me pidió que fuera a Italia, a Milán, para hacerme cargo, manteniendo mi actividad en España, de la consultora que tenía allí y que no funcionaba. Cosa, que conseguí en pocos meses, con mi colaborador Bruno Carli Moretti. Se arreglaron las cosas, aunque me encontré con la famosa “tangente”, comisión que se pagaba en todas las empresas, que venía a significar más o menos el diez por ciento de las facturas en dinero negro para el que hacia el encargo.

       Naturalmente me negué a pagar y mientras estuve al frente de Italia como presidente no se pagaron. Eso si hice muchos amigos, uno de los cuales Mario Mutti, devino amigo ya para toda la vida.

      Estando en Milán, recibí la invitación de D. Salvador de Madariaga, de entrevistarme con él en Ginebra, donde me pidió, que como intelectual liberal que me consideraba, y liberal pudiera representar a la Internacional Liberal, en la España de Franco, a lo que accedí gustoso, aunque lo de intelectual me ofreciera serias dudas.

      Ser intelectual, es, en cualquiera de las ramas de la cultura un pensador critico que evalúa su entorno, desde el punto de vista de la crítica del pasado y de la proposición de futuro. Naturalmente el intelectual, está ligado a su tiempo de vida y a su visión cosmológica de su mundo y de su universo, desarrollando una teoría filosófica, mítica y religiosa, del pasado, presente y futuro de España y de la sociedad española. El origen etimológico de la palabra cosmología es griego, viene de “cosmos” con el significado de orden y “logos”, de tratado, siendo el estudio o tratado sobre el universo, su origen, estructura, leyes que lo rigen, lugar del hombre en el mismo, y destino.

    Una de las funciones, que los intelectuales públicos deben desarrollar es, según Amitai Etzioni, cuidar de las "communities of assumptions" ("suposiciones colectivas") que sostienen los ciudadanos. Además de ello, renovar, recrear, rehacer, reconstruir, abrir, imaginar o transformar esas asunciones sociales compartidas que, resistentes al cambio, tienden a rutinizar su existencia en términos de tradiciones establecidas. El intelectual, al abrirse a las interpretaciones alternativas de la realidad, amplía la perspectiva de los ciudadanos y trata de transformar el mundo mediante la palabra

  Y la pregunta es ¿Existen intelectuales en España ahora mismo que entusiasmen al pueblo español, por sus propuestas utópicas?, que aparentemente están contenidas en la democracia de partidos, aunque entonces solo se conocieran pocos, como Julián Marías, Laín o Buero. Lo cierto es que salvo, definiciones de izquierda y derecha, pocos o nadie propone un plan de vida humana bien construido, coherente y potencialmente realizable, sino que, desde el punto de vista de izquierdas o derechas, se preocupan más por la economía, por una vida placentera, donde el Estado sustituya con su protectorado al esfuerzo individual, y al mérito y al éxito ya sea económico, ya cultural, mientras se olvidan de filosofías de vida, valores, libertad y mitos educativos, que garanticen la supervivencia de la sociedad española, en solidaridad con un mundo hoy más global que nunca, pues está creciendo la población en proporción casi geométrica y un intelectual debe preguntarse si es posible que haya un futuro armónico, que permita a todos los pueblos de la tierra vivir en paz y con abundancia.

  ¿Sería posible hoy llenar un teatro como lo hacía Ortega y Gasset con publico enfebrecido? Parece que no, pues la televisión ha sustituido claramente al contacto humano, provocando el cierre de teatros, limitando los actos culturales y difundiendo una subcultura de entretenimiento, individual y egoísta, sin otro debate que el que nos ofrecen las cadenas, de aquellos que se consideran VIPS, normalmente de la prensa rosa, periodistas políticos, que escriben exclusivamente sobre lo que es noticia, que si nos damos un paseo por los distintos medios de prensa, radio o televisión es prácticamente todo lo mismo, sin alternativas intelectuales que tengan gran difusión.

    Esa es la primera reflexión, de esta elucubración, lo lamentable de la cultura que se difunde desde los medios, cuyo objetivo es solamente crematístico, además de depender de un partido o bandería que solo busca que el pensamiento colectivo sea adocenado y que la sociedad la constituyan una inmensa masa de borregos de lo que lo importante son los votos o el mero consumismo, si se trata de empresas comerciales.

     El término “yo acuso” fue acuñado en Francia durante el llamado affaire Dreyfus (finales del siglo XIX), inicialmente como un calificativo peyorativo que los anti-dreyfusistas, (antijudíos) usaron contra Emile Zola y los partidarios de que la Republica. Termino que podíamos utilizar hoy mismo, contra la corrupción que ha traído la Transición, como consecuencia de las Leyes de la Constitución de 1978 en que el poder y el dinero, han ido a una democracia de partidos, que han limitado las libertades individuales, para favorecer subvenciones a la sociedad, que ha pasado de ganarse el pan con su esfuerzo, a buscar el “enchufismo” más descarado, remunerando a los partidos con su voto, dada la aceptación de conceptos como son la gratuidad de servicios del Estado, Estudios, Sanidad, protección social etc., que cuando ha habido que recortar, porque se acabó la burbuja inmobiliaria y las ayudas europeas, han creado movimientos sociales, anti, como Podemos, o Ciudadanos, siempre en el plano de la socialdemocracia o el marxismo, al fin y al cabo obra de intelectuales del S. XIX como Marx o Engels, ya rancios y fracasados, en sus aplicaciones comunistas .Por ello “Yo acuso” a la “Casta”, término acuñado por Pérez Reverte, formada por las elites de los partidos, de limitar nuestras libertades mediante la corrupción.

     Por otra parte. La historia de la intelectualidad en España se vio dificultada por la existencia de la Inquisición, aunque el Sínodo de Pistoia en Italia, había llevado a Salamanca, un manifiesto contra la infalibilidad del Papa, y llegado a su escuela de teólogos, corriente ideológica que fue fundada por el dominico Francisco de Vitoria y tuvo como principales exponentes a Domingo de Soto, Luis de Molina, Juan de Mariana y Martín de Azpilcueta. Dicha Escuela fue la continuación de los planteamientos escolásticos de la Europa renacentista -en la que la Iglesia perdió gran parte de su influencia cultural- donde lo que primaba era incrementar la riqueza de los estados.

           La realidad, es que todo lo liberal, comienza con los Ilustrados en tiempos de Carlos III, cómo fueron Jovellanos y los diputados de las Cortes de Cádiz de 1812, que dieron como resultado, “La Pepa” visión cosmológica del español y de sus libertades. La constitución establecía la soberanía en la Nación (ya no en el rey), la monarquía constitucional, la separación de poderes, la limitación de los poderes del rey, el sufragio universal masculino indirecto, la libertad de imprenta, la libertad de industria, el derecho de propiedad o la fundamental abolición de los señoríos.

      En el Siglo XIX y principios de XX En el ámbito hispánico, el papel de los intelectuales fue decisivo en los últimos movimientos independentistas (Martí y Rizal); mientras que en la metrópoli alcanzaba gran influencia el krausismo, la corriente de pensamiento progresista, que se sustanció en la Institución Libre de Enseñanza (Giner de los Ríos); frente a la que se articuló la corriente de pensamiento reaccionario de los neocatólicos (Menéndez y Pelayo).

      Tras el desastre del 98, con gran repercusión pública, se insistió en la reflexión intelectual sobre las causas del fracaso histórico de España y su posible remedio, en lo que se denominó regeneracionismo (término ambiguo, con el que, junto a los políticos que protagonizaron la crisis de la Restauración, se etiquetan tanto científicos, Cajal y como movilizadores sociales Costa y los literatos de la generación del 98. El Grupo de los Tres (Baroja, Azorín y Maeztu).

        José Ortega y Gasset distinguió dos generaciones en torno a las fechas de 1857 y 1872, una integrada por Ganivet y Unamuno y otra por los miembros más jóvenes. Su discípulo Julián Marías, utilizando el concepto de «generación histórica», y la fecha central de 1871, estableció que pertenecen a ella Miguel de Unamuno, Ángel Ganivet, Valle-Inclán, Jacinto Benavente, Carlos Arniches, Vicente Blasco Ibáñez, Gabriel y Galán, Manuel Gómez-Moreno, Miguel Asín Palacios, Serafín Álvarez Quintero, Pío Baroja, Azorín, Joaquín Álvarez Quintero, Ramiro de Maeztu, Manuel Machado, Antonio Machado y Francisco Villaespesa. No incluyó a mujeres, pero de hecho Carmen de Burgos, "Colombine" (1867-1932) y Concha Espina (1869-1955), pueden con todo derecho pertenecer a ella, pues se encuentran en esa franja de fechas y sus características coinciden.

      La crítica al concepto de generación fue realizada inicialmente por Juan Ramón Jiménez en un curso dictado en la década de 1950 en la Universidad de Puerto Rico (Río Piedras), y luego por un importante grupo de críticos que va desde Federico de Onís, Ricardo Gullón, Allen W. Phillips, Iván Schulman, y termina con las últimas aportaciones de José Carlos Mainer, Germán Gullón, entre otros. Todos ellos han puesto en duda la oposición del concepto de generación del 98 y de modernismo.

     La guerra civil española (1936-1939) fue una ocasión señalada, para el desarrollo de la intelectualidad. La Alianza de Intelectuales Antifascistas consiguió realizar reuniones internacionales de apoyo en Madrid y Barcelona en julio de 1937, con la presencia de Hemingway, Malraux, Neruda, Vallejo, Octavio Paz, Louis Aragón, etc. Fue muy larga la nómina de los intelectuales o artistas de todos los ámbitos que pasaron por la retaguardia republicana: Errol Flynn, John Dos Passos, Ksawery Pruszyński, Hermann Joseph Müller, George Orwell, etc. Machado -Antonio y Manuel), aunque entre los dos bandos se situó un número significativo, que no se sentía cómodo en ninguno (la denominada Tercera España): significativamente, los tres fundadores de la Agrupación al Servicio de la República (un claro ejemplo del papel de los intelectuales en la vida pública: Ortega, Marañón y Pérez de Ayala), se fueron distanciando del bando republicano, y tras la victoria de Franco procuraron una discreta integración en la vida intelectual del interior.

      La figura de Ortega, plenamente integrada en la intelectualidad europea, se había hecho notar desde su juventud, por una significativa polémica con Unamuno (sobre "europeizar España o españolizar Europa" -que inventen ellos-), inserta en el más amplio desarrollo del debate intelectual sobre el ser de España.

  A finales del XX y comienzos del XXI en ámbito hispanohablante han tenido un fuerte protagonismo "boom latinoamericano" García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, Cabrera Infante, Cortázar, Sábato o Benedetti o españoles como Camilo José Cela, Enrique Krause, José Luis Sampedro, José Saramago, Agustín García Calvo, Ignacio Ramonet, Fernando Savater y Álvaro Pombo Habrá más, pero son casi desconocidos. Con una fuerte influencia internacional de Francis Fukuyama, Samuel P. Huntington, Günter Grass, Anthony Giddens, Nicholas Negroponte, Hayeck, Karl Popper de la Escuela austriaca de economía.

    Asombroso, ¡quererme comparar, con cualquiera de los grandes intelectuales! En 1968, ni los conocía ni había leído referencias salvo de unos pocos, básicamente de Ortega, Marañón, Giner. Pues la Institución Libre de Enseñanza era un modelo para cualquier Maestro de Primaria como yo, que en la Escuela de Magisterio había sido obligado a lecturas pasadas por la censura franquista, conocíamos más a José Antonio y, a algunos intelectuales cristianos como Ruiz Jiménez y López Aranguren.

       Efectivamente, este último, había sido profesor mío de sociología, en el doctorado y rememoro la anécdota que nos contó:” Un padre se paseaba con su hijo por el arcén de una carretera, cuando de repente suenan sirenas, pasan unos motoristas que les apartan violentamente, cayendo al suelo, pasan unos coches negros a toda velocidad, ¿Que ha pasado papa? - Ha pasado un tirano”. Se refería a Franco y nos cerraron el Seminario de Doctorado. También López Aranguren dirigía mi Tesis “El Grupo Humano” que nunca vio la luz y como profesores a Tierno Galván y a Ruiz Jiménez, trio que por aquel entonces fue represaliado y multado por sus tímidas manifestaciones antifranquistas.

       De forma que lo que aprendí en la Escuela y en la Facultad me situaba más bien a la izquierda liberal, por lo que me satisfizo la invitación de Salvador de Madariaga en 1968, aunque no sabía cómo hacerlo. En el ínterin conocí a Enrique Larroque de la Cruz, un ex Director General del Ministerio de Asuntos Exteriores con el que creamos en 1970 el Club 1980, mezclando socialistas como Francisco Fernández Ordoñez, Paulino Garagorri y Luis González Seara con liberales como el Duque de Maura y Enrique de Carlos en la calle Marqués de Cubas 12, en un cuarto piso con vistas a las Cortes, con una comisaría en los bajos, cuyo responsable subía a ver quiénes éramos los que nos reuníamos, si éramos muchos. El local serviría en 1975 y siguientes para sede del Partido Liberal que creamos en esa fecha. Núcleo de la futura UCD, inventada por mí, a la que renuncié por desavenencias con Adolfo Suarez en 1977, y nuestra presentación, en solitario, conmigo de candidato nº1 por Madrid en las elecciones generales de 1979 en las que no salí diputado. De ahí a coaligarme con Joaquín Garrigues Walker en el gobierno de UCD, a través de clubs liberales de apoyo fue mi siguiente paso, hasta su muerte en julio de 1980.

 

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