domingo 22.09.2019

La inteligencia artificial y la práctica del derecho

El uso de la inteligencia artificial para apoyar la toma de decisiones en procesos judiciales es una realidad, incipiente, si, pero que ahí está y ha venido para quedarse.
Inteligencia artificial
Inteligencia artificial

Como todo el mundo sabe, la mejor fuente para obtener una visión veraz, equilibrada y realista del día a día de la práctica del derecho son... las series americanas de abogados. Una de las últimas y mejores, “The good fight” (spin-off de “The good wife”, también excelente) muestra una pareja de siniestros personajes, demasiado jóvenes para el entorno, que se dedican a proporcionar financiación para mantener en marcha procesos judiciales en función de las potenciales ganancias y las probabilidades de ganar que calcula para ellos un sistema de “inteligencia artificial”. Que para la serie lo siniestro del caso sea el uso de la inteligencia artificial y no la perversa conversión del sistema judicial en una “inversión de riego” más, muestra lo poco que se entiende la inteligencia artificial y lo mal calibrado que los guionistas tienen el sentido de la justicia.

Fuera de bromas, el uso de la inteligencia artificial para apoyar la toma de decisiones en procesos judiciales es una realidad, incipiente, si, pero que ahí está y ha venido para quedarse. De hecho son muy numerosas las áreas de la práctica del derecho donde la inteligencia artificial puede ayudar, o incluso potencialmente transformarlas, pero para ello primero hay que entender qué es y qué no es la inteligencia artificial y destruir algunos mitos.

Una definición operativa de inteligencia artificial es que es la posibilidad de una máquina de reproducir capacidades cognitivas típicamente humanas. No hablamos de “pensar” ni de “sentir” ni de “razonar” ni nada similar, y tampoco exigimos que la máquina reproduzca todas las funciones de una mente humana. Hablamos, sencillamente, de tomar una capacidad cognitiva típicamente humana y reproducirla en una máquina. Por ejemplo, la capacidad de reconocer objetos, o la capacidad de entender el lenguaje natural, o la capacidad de moverse e interactuar con el entorno físico. En los últimos cinco años aproximadamente, estas capacidades se han desarrollado de manera espectacular, mucho más deprisa de lo que se podía predecir. Lo más interesante de esos desarrollos es que generan nuevas formas de que las máquinas participen en procesos que antes eran estríctamente humanos.

Muchas de las aplicaciones de la inteligencia artificial al mundo del derecho tienen que ver con la comprensión del lenguaje natural, que es un área en la que se están haciendo avances muy importantes en los últimos años. Ejemplos de aplicaciones reales, que ya se están utilizando, serían la clasificación semi-automática de grandes volúmenes de documentos, la extracción automática de datos relevantes a partir de documentos comunes, las búsquedas inteligentes de legislación y jurisprudencia o la trascripción automática de declaraciones orales. Aplicaciones potenciales hay tantas como extensa sea nuestra imaginación (o nuestro presupuesto).

Otro área de gran potencial es el uso de la analítica avanzada de datos. Por ejemplo, usando datos históricos de las resoluciones de distintos órganos en procesos similares, hacer predicciones del posible resultado de una acción judicial, e incluso utilizar esas predicciones para ayudar a planear una estrategia legal. También desde el otro lado del estrado pueden utilizarse estas tecnologías: en algunos estados de EEUU se está generalizando entre los jueces el uso de sistemas automáticos de evaluación del riesgo de fuga a la hora de fijar fianzas. Este tipo de aplicaciones es particularmente sensible a la existencia de gran cantidad de datos, lo que en ocasiones puede ser el factor limitante, pero muchos de los avances recientes van precisamente en la dirección de permitir a los sistemas aprender más a partir de menos datos.

Finalmente, y aún dejando mucho más en el tintero, vale la pena mencionar un área de aplicación que, si bien no es exclusiva del mundo legal, puede tener un impacto muy significativo. Se trata del uso de la inteligencia artificial en el manejo de la relación con el cliente. Las posibilidades, de nuevo, son infinitas: desde la ultra-personalización del trato al cliente, a los nuevos canales de comunicación, hasta la provisión de servicios automáticos de asistencia legal. Algunas de estas innovaciones ponen en cuestión el modelo tradicional de relación abogado-cliente, y el resultado puede ser una transformación muy rápida para los estándares de un sector que mide sus cambios por décadas.

¿Ha llegado el momento de preocuparse por la inteligencia artificial desde el mundo del derecho? Probablemente la respuesta depende del subsector de actividad y de la estrategia concreta de cada despacho. Sin duda hay segmentos que tardarán en verse afectados, si es que lo son en algún momento. Pero igual de cierto es que hay posibilidades de disrupción en muchas áreas, y que hay mucha eficiencia y eficacia que ganar, lo que puede despertar el interés de pequeños despachos que quieran diferenciarse. Y para los grandes jugadores, el estar a la última puede considerarse una necesidad existencial, tanto para defenderse de posibles amenazas como para poder ofrecer los servicios más premium que justifiquen sus costes de estructura y sus tarifas. Es tiempo de prestar atención: puede que lo de medir los cambios en décadas empiece a ser, más que un anacronismo, una imprudencia suicida.

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