miércoles 23.10.2019
SALUD Y BIENESTAR

La ansiedad y el estrés, ¿son lo mismo?

Los términos ansiedad y estrés en muchas ocasiones se emplean como si fueran sinónimos, sin embargo existen diferencias entre sí

La ansiedad y el estrés, ¿son lo mismo?
La ansiedad y el estrés, ¿son lo mismo?

El estrés podría definirse según el filósofo canadiense Selye (1956) “como el proceso que comienza ante un conjunto de demandas ambientales que recibe la persona, a las cuáles debe dar una respuesta adecuada, poniendo en marcha sus recursos de afrontamiento. Cuando la demanda del ambiente (laboral, social, etc.) es excesiva frente a sus propios recursos, se van a desarrollar una serie de reacciones adaptativas, de movilización de recursos, que implican activación fisiológica. Esta reacción de estrés incluye una serie de reacciones emocionales negativas (desagradables), de las cuáles las más importantes son: la ansiedad, la ira y la depresión. Podemos afirmar que las causas del estrés, son la presencia factores estresantes (problemas familiares, problemas de salud, sobrecarga en trabajo, etc…)”.

Hablar del buen estrés se refiere a cuando la respuesta frente a las demandas ambientales son adecuadas y abordables para la persona (Ej.: Cuando necesitamos un nivel de activación más elevado para rendir bien en el trabajo o cuando estamos practicando una actividad deportiva, dado que si estamos demasiado relajados o abotargados puede que nuestros recursos no estén preparados para la acción). En cambio hablamos de mal estrés cuando las demandas del contexto son excesivas y superan nuestra capacidad de resistencia y de adaptación a la situación que se nos presenta, por lo que nuestro organismo puede verse afectado si es prologando en el tiempo y aparecer enfermedades de tipo psicosomático que mejoran con una terapia psicológica.

Podríamos afirmar que la ansiedad es el estrés que continúa después de que el factor estresante haya desaparecido. La ansiedad, además de ser una respuesta emocional al estrés, puede ser una reacción emocional de alerta ante una amenaza que puede originarse sin agentes estresantes.

Por lo tanto al igual que en la definición de estrés hablamos de ansiedad positiva (adaptativa) o negativa (desadaptativa) en función de la situación donde la experimentemos. Es positiva cuando nos permite adaptarnos a nuestro medio y nos hace reaccionar ante un peligro real (Ej.: Estás jugando con tu niño/a y está aprendiendo a ponerse de pie, pero ves que puede caerse por lo que estás atento/a(alerta) por si se cae o se da algún golpe, otro ejemplo sería en una situación en la una actriz de teatro siente “ese hormigueo” en el estómago justo antes de salir al escenario para actuar, ante estas situaciones, nuestro organismo se acelera, nos ponemos ansiosos y eso hace que reaccionemos más eficazmente). Por otro lado la ansiedad es desadaptativa cuando sentimos ansiedad ante situaciones en las que en principio no existe ningún peligro ( Ej.: estar en un centro comercial, conducir un coche, charlar con amigos/as, etc…) o cuando necesitamos poner todos nuestros recursos atencionales en una actividad pero la ansiedad es tan elevada que nos llega a paralizar o bloquear(Ej.: hablar en público, entrevista de trabajo, etc…).

Cuando hay ansiedad, se manifiesta en los tres sistemas de respuesta que tenemos los seres humanos: respuesta fisiológica (ej: sudores, palpitaciones, etc…), cognitiva (ej: pensamientos anticipatorios), motora (ej: evitación de una situación o urgencia por escapar).

Ahora para ilustrar como se manifiesta la ansiedad en nuestro organismo me gustaría compartir con vosotros la metáfora de nuestro monstruo interior, muy utilizada en la terapia de aceptación y compromiso:

“La ansiedad es un monstruo que vive y se alimenta de adrenalina. Cuando algo nos avisa de que hay un peligro, como cuando bajamos por una escalera mucho más empinada de lo que esperábamos, realizamos una descarga automática de adrenalina y el monstruo de la adrenalina que estaba dormido se despierta y hace que de forma automática nos agarremos a la barandilla y así nos ayuda a no caernos. Nos damos cuenta de que tenemos el monstruo dentro y que se ha quedado, porque mientras digerimos la adrenalina todavía le queda alimento para vivir y seguimos sintiendo ansiedad. Cuando pasa el tiempo sin que veamos un nuevo peligro, el cuerpo recupera su nivel normal de adrenalina y el monstruo hiberna. Cuando es el propio monstruo el que nos da miedo y luchamos para echarlo del cuerpo, para que desaparezca de inmediato, la lucha nos lleva a hacer otra descarga de adrenalina. El monstruo, encantado porque tiene más alimento, crece y se hace más amenazador, nos dice cosas terribles tales como que va a comernos el cerebro, que nos va a dañar el corazón y que nos va a paralizar la garganta para siempre.” La moraleja de esta historia es que si aceptamos la presencia del monstruo en nuestro interior y no hacemos nada para que se vaya, entonces dejaremos de darle alimento y el monstruo hibernará de nuevo, esta explicación podemos trasladarla a situaciones en las cuales sentimos ansiedad.

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