Nadie pensó en ello. Ni en el Delta del Ebro, ni en Fukushima. Pero pasó. El almacén submarino de gas Castor está provocando una oleada de terremotos a pocos kilómetros de un polvorín atómico, las centrales nucleares de Vandellós 2 y Ascó, donde hay dos reactores en pleno rendimiento. Vandellós fue la única central nuclear española que, en las pruebas de seguridad efectuadas tras la catástrofe de Fukushima, demostró soportar una aceleración horizontal de 0,3 g. No la de Ascó. El terremoto de Lorca provocó 0,36 g de aceleración. Los expertos aseguran que la falla de Amposta, sobre la que está situado el almacén de gas, puede llegar a provocar un sismo de 7 grados en la escala Richter.

Las probabilidades de maremoto parecen más escasas, aunque el profesor de la Universidad de Zaragoza José Luis Simón, máximo experto en la sismicidad de la zona, no descarta un tsunami, “en una falla que está sometida a gran tensión”, algo que no se previó en el proyecto de almacén de gas submarino Castor. Según este experto, “en el momento en que se diseñaron las centrales, la información que había era diferente a la que tenemos ahora, conociendo la tensión de la Falla de Amposta. Si se diseñaron para un terremoto más pequeño, habría que empezar a estudiar que ese terremoto puede ser de mayor alcance”.

Pruebas tras Fukushima

Las centrales nucleares españolas se diseñaron en base a unos criterios de seguridad menos exigentes

El Consejo de Seguridad Nuclear hizo una auditoría sobre la seguridad de las centrales españolas en caso de catástrofe natural. Las exigencias base exigen que el reactor aguante una aceleración horizontal de 0,3 g. Solo Vandellós 2 lo lograba. El CSN quitó en ese momento importancia al hecho de que las nucleares no fueran demasiado resistentes a seísmos, diciendo que España era en general una zona de bajo riesgo sísmico. Pero la crisis de la plataforma Castor, con la inyección de gas en el subsuelo marino frente al Delta, ha hecho que se enciendan algunas alarmas. Carlos Bravo, ex responsable de la campaña antinuclear de Greenpeace, y actualmente en la asesoría ambiental Salvia, "podría existir algún riesgo para las centrales nucleares cercanas". En su opinión, "las centrales nucleares españolas se diseñaron en base a unos criterios de seguridad menos exigentes que los que hoy en día, tras el accidente de la central de Fukushima, son tenidos en cuenta".

Además, el físico nuclear y portavoz de Ecologistas en Acción en estos temas, Francisco Castejón, comenta por su parte a ESTRELLA DIGITAL que " los informes acerca del cumplimiento o no de los requisitos de seguridad se basaron fundamentalmente en datos suministrados por las propias centrales y no en evaluaciones independientes, lo que arroja ciertas sombras".

Para Bravo, "es difícil predecir lo que pueda suceder, ya que depende de muchos factores tales como la naturaleza de los temblores, la profundidad a la que se produzcan, el tipo de materiales geológicos de las zonas (ya que en unos las ondas sísmicas se transmiten de una forma y en otros de otra), la fuerza de los mismos, la potencia de la aceleración horizontal,  etc.". Y puede darse la circunstancia de que un temblor de una misma intensidad en la escala de Ritchter no genere apenas muchos daños o que, como pasó en Lorca, sí que lo haga, dependiendo de una serie de hechos". En cualquier caso, a Carlos Bravo le parece evidente que, "por precaución habría que detener cautelarmente la actividad de las centrales nucleares que pudieran verse afectadas si hubiese algún temblor importante, que en algún supuesto podrían llegar a superar el grado 6, como han apuntado algunos geólogos”.

El geólogo Álvaro González, explica que como la central nuclear de Vandellós 2 está elevada a más de 20 metros de altura, y en base a lo observado en Fukushima, que estaba más baja (como a 10 metros, entrando la ola hasta alcanzar 5 metros de altura en algunos puntos de las instalaciones), existe una escasísima probabilidad de que se alcanzase la instalación. No obstante sí que apunta el riesgo de fallas que como la del Camp, pasa precisamente junto a la central nuclear, y que los mapas de riesgo no hayan tenido debidamente en cuenta muchas veces factores como este. 

Despertar al gigante dormido

Si siguen inyectando gas, podría haber un terremoto de magnitud 7 en la escala Ritcher

La clave estaba dormida frente al Delta del Ebro. La gran Fosa de Amposta recorre de suroeste a noreste en paralelo al litoral, durante 51 kilómetros. Según José Luis Simón, “la inyección de gas la ha despertado”. "Si siguen inyectando, podría haber un terremoto de magnitud 7 en la escala Ritcher. No sé el porcentaje de posibilidades que hay de que pase esto. Ni yo ni nadie lo sabe, pero lo cierto es que si esas inyecciones llegan a la falla, pueden activarla entera, ya que se encuentra sometida a una gran tensión y es muy probable que pueda moverse por sí misma. La inyección de gas actúa como detonante", prosigue el profesor.

En el actual almacén hubo en su día pozos de petróleo, que se explotaron en los años 70 y 80. Las rocas son porosas y actúan como esponjas, entonces llenas de petróleo. Ahora el objetivo era prepararlas para llenarlas de nuevo con la densidad del gas. Pero el estado de las cosas parece haber variado la estabilidad en el subsuelo marino de la costa del Maestrazgo.

La gran pregunta es por qué se autorizó un proyecto de semejante magnitud, sin oportunos estudios sísmicos. Las previsiones de la empresa propietaria, Escal UGS, se han quedado cortas al estudiar la zona según explica el profesor José Luis Simón, ya que solo anticipó movimientos microsísmicos. El porfesor de la Universidad de Zaragoza concluye: "Me parece una gran falta de sensatez por parte de la empresa. No se les había pasado por la cabeza un terremoto de magnitud 4.2. Están pinchando sobre una falla que conocían y ellos mismo reconocen que conocían y no previeron nada más allá de la microsismicidad. Esa falla está ahí y está sometida a una tensión que le hace moverse de vez en cuando. Si siguen inyectando puede explotar”.

En las habitualmente tranquilas comarcas del bajo Ebro se concentra la mayor cantidad de material nuclear de toda la Península: dos reactores en pleno funcionamiento en Ascó, más otro trabajando en Vandellós 2, más el sellado tras su accidente de Vandellós 1. Un riesgo, por tanto, en pleno polvorín nuclear español.