lunes 25/10/21

Balenciaga: 35 piezas para enamorar Bilbao


Balenciaga: 35 piezas para enamorar Bilbao

Según la famosa directora de la edición estadounidense de Vogue, Diana Vreeland, “en un Balenciaga, eras la única mujer en la habitación –ninguna otra mujer existía”. Cristóbal Balenciaga, sobrio y austero, logró a lo largo de su carrera, unir como ningún otro, arquitectura, geometría y moda. Todo en uno. Inclusive Christian Dior dijo de él que era “el maestro” y, una vez, tras ver uno de sus diseños de cerca, declaró que “sólo Balenciaga sería capaz de tal perfección”.

Famoso por diseñar colecciones no muy extensas -en los años 1950 la casa de Balenciaga producía 356 diseños al año, menos de la mitad de los 815 que se fabricaban en Dior-, “el maestro” era famoso por su fastidiosa perfección que le llevaba continuamente a recolocar una manga si no estaba perfecta, inclusive si el vestido ya había desfilado en una colección o si una clienta lo llevaba puesto.

 Muchos historiadores de la moda dijeron que su ropa desafiaba el cuerpo de la mujer, a la vez que lo ensalzaba.

Maestro de maestros - André Courrèges y Emanuel Ungaro fueron discípulos suyos-, su lista de clientas iba desde la aristocracia y la Marquesa de Casa Torres, su primera mecenas en San Sebastián –al igual que la familia real española-, hasta mujeres tan célebres como Pauline de Rothschild, Wallis Simpson, duquesa de Windsor, la condesa Mona von Bismarck y Gloria Guinness. En palabras de Coco Chanel, él era el único verdadero “costurero” entre los diseñadores.


El Museo de Bellas Artes de Bilbao, con su exposición ‘Balenciaga. El diseño del límite’ consigue algo que para muchos amantes de la alta costura les sería imposible experimentar de otra manera: les permite ver y estudiar al máxime arquitecto de la moda elegante de cerca.

¿Pueden 35 piezas explicar la visión de un diseñador clave del siglo XX? El Museo bilbaíno se esmera por conseguirlo. No con las piezas más conocidas, sino con otras, más anónimas, que  no son sino el fiel reflejo de la filosofía del maestro de la alta costura.

A través de sus pasillos, la galería, que ha dividido la muestra en siete apartados, expone en diferentes salas del recinto, trajes de cóctel y de noche, abrigos y vestidos que van desde los años 1950 hasta finales de la década de los 1960, y que contribuyeron a la definición de una época dorada de la moda que aún hoy tiene trascendencia y provoca admiración.

Al entrar al Hall Chillida, lo primero que uno se encuentra es el espacio denominado ‘Noche brillante’.

En él, uno puede ver tres trajes de noche – rodeados de un aro de neón-, que sirven como una primera introducción al universo del célebre costurero.

La primera pieza que captura el ojo, dado su fuerte colorido rosado, es un vestido de sari de 1962, fabricado en lamé ligero, todo un monumento a la habilidad del maestro al utilizar una única costura.

La próxima obra que nos atrae es una túnica de lentejuelas, que fue adquirida en 1957 por Mitza Bricard, una de las musas del diseñador coetáneo de Balenciaga, Christian Dior. Se trata de un diseño simple que, como muchas de las prendas que expone el museo, aún puede ser una fuente de inspiración para futuros diseñadores.

Por último, el vestido de tafetán negro estampado evoca toda la elegancia de los años 1950 con su cintura ceñida, falda de gran vuelo, corpiño sin tirantes y silueta reminiscente del siglo XVIII y de los trajes de corte de la época.

Mientras que el diseñador era conocido por la sobriedad del corte de sus creaciones, sobre todo en sus inicios anteriores a la Segunda Guerra Mundial, bien es cierto que la posguerra parisina que vivió le indujo a adquirir una paleta colorida que supo incorporar a la sobriedad que buscaban sus clientas, muchas de ellas aristócratas.

En el Hall nexo encontramos un vestido tubular de noche de satén amarillo, con capa y cola, bordeado por un volante de plumas de avestruz y que reproduce el famoso corte asimétrico de la falda que el diseñador popularizó algunas temporadas antes.

Ya en la planta superior en el Hall 2º, se encuentra la sección ‘Siluetas nocturnas’. La selección de vestidos de noche representa la españolidad que la prensa extranjera siempre adujo al diseñador. La influencia de Felipe II es evidente en el conjunto noche en gazar azul oscuro de 1966.

Es un vestido simple, de línea sobria, con una pequeña capa de gran volumen cuyo único adorno es el volante que remata los bordes como si de un chal se tratase y que consigue enmarcar el cuello y la cara. El lazo que adorna la cintura estilizada del vestido de manera asimétrica bien podría haber sido pintado por el mismo Sánchez Coello.

De toda la colección, quizá la  pieza más interesante que se puede ver, es un vestido de 1958 ubicado en la pasarela de la planta superior en la sección titulada ‘Mujeres flor’. No es el más elegante, ni tampoco el más representativo, sin embargo, aporta algo que es difícil de encontrar dentro de los ejemplos que abundan de la alta costura: humanidad.

Se trata de un traje de primavera/verano blanco estampado con rosas rojas, un vestido diseñado para los eventos de media tarde en una época en la que las mujeres que podían permitírselo, se cambiaban, una vez más tras la pausa de la guerra mundial,  de ropa varias veces al día, según exigía su calendario social.

Lo que hace que este vestido sea tan especial -además de que su dueña haya sido Bibiñe Belausteguigoitia, marquesa viuda del Socorro-, es que, si uno se acerca un poco a la burbuja plástica que envuelve y protege la pieza, se pueden apreciar, además de las manchas de sudor que tiñen la tafeta, los distintos parches que el vestido sufrió a lo largo de su historia.

Al igual que los manuscritos medievales que suelen tener apuntes en los márgenes, el vestido demuestra con estas ‘heridas de guerra’ que tiene una historia, que no fue una pieza de museo; y que su dueña lo apreció lo suficiente como para arreglarlo más de una vez.

Por último, como en toda colección de moda, la exposición termina con un traje de novia diseñado en 1968 y que el Museo expone en todo su esplendor.

Es una pieza atemporal y que a la vez que resume una época, evoca un clasicismo por su forma acampanada y geométrica, casi matemática.

El maestro de Getaria dijo muchas veces que él diseñaba, sobre todo, para la clavícula femenina, una “percha” perfecta de la cual él colgaba su visión y este vestido es prueba perfecta de ello. Escultórico, y rematado con un tocado muy propio de la era, la influencia muchas veces citada por el maestro español de los cuadros de Zurbarán es evidente.

Es este componente clásico que impregna todas sus creaciones el que hace que la colección del Museo de Bellas Artes sea tan especial.

Los elementos de la muestra son modelos de a pie, modelos que no necesariamente salieron en las portadas de Vogue o Harper’s Bazaar, pero que de igual manera representan el genio geométrico y arquitectónico del maestro vasco.

Treinta y cinco modelos clásicos que encapsulan la ideología y la mirada de uno de los mejores diseñadores de moda del pasado siglo.

Cristóbal Balenciaga se jubiló y cerró la firma en 1968, con 74 años de edad, después de haber estado trabajando en París durante 30 años.

A poco de su muerte, Diana Vreeland dijo de él: “Balenciaga hizo unos trajes de noche de lo más deliciosos. La ropa ya no es deliciosa”.




Museo de Bellas Artes de Bilbao/ Bilboko Arte Eder Museoa

Museo Plaza, 2.

48009 BILBAO


La exposición ‘Balenciaga. El diseño del límite’ está abierta hasta el 26 de septiembre de 2010.