lunes 30/11/20
EDITORIAL

El SEPE como ejemplo de gestión desastrosa y dañina

Los gastos del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) han alcanzado los 27.000 millones en ocho meses, un 74% más que en 2019, lo que significa que la escalada del paro deja un agujero en el sistema de 11.000 millones de euros.

pEs evidente para los ciudadanos, probablemente para todos descontando a quienes ejercen la política, que la crisis en la que está sumida España (en lo económico, en lo social y en lo emocional) está siendo agravada, más allá de las adversidades sanitarias, por una gestión de lo público escalofriante, por trágica y deficiente, dañina. En el caso del SEPE está resultando especialmente sangrante.

El colapso en este organismo está derivando no sólo desde hace meses en multitud de errores en la tramitación de expedientes y en el cobro, como han reconocido los propios funcionarios, sino directamente en el abandono de los españoles más desprotegidos. Algo absolutamente intolerable en un gobierno que pregona el ‘juntos podemos’, el ‘juntos salimos’ y el ‘nadie se quedará atrás’… pero al que no parece inquietar que parte de la población esté empezando a pasar hambre y a llenar las colas de los comedores sociales.

La dejación es simplemente insultante. Teléfonos que nadie contesta, correos electrónicos que quedan sin respuesta… y, por supuesto, oficinas en las que no se atiende. España tiene un problema con quienes están al mando y tiene un problema como Estado. La inflación de políticos es, lisa y llanamente, espectacular, sin conocer parangón en otro país europeo; pero, en paralelo, no hay personal público para atender a personas en situación de emergencia; por ejemplo, a quienes en desempleo se les consumen sus ahorros por no percibir las prestaciones, al encontrarse en paro, a las que tienen derecho.

Retrasos en los pagos, cuantías mal calculadas, un silencio administrativo radicalmente impropio de un régimen democrático que se ufana de serlo… el funcionamiento del SEPE es simplemente kafkiano. En cualquier compañía privada, sus gestores serían puestos inmediatamente en la calle. Pero aquí no. Aquí, en cambio, se culpa a ‘errores del sistema informático’ o a los propios trabajadores y empresas. Algún día cercano, y con cierta perspectiva, nos percataremos de que el lastre de España, incluso en plena pandemia, no es el sanitario.

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