miércoles 21/4/21

Estrella Digital

EDITORIAL

La incultura como sinónimo de pobreza económica

incultura

           No hay español que no recuerde a ese cámara de televisión, acompañado de un reportero, que esporádicamente se acerca a las puertas de las Universidades a preguntar con motivo de alguna efeméride qué saben los alumnos de éste o de aquel personaje, de éste o aquel acontecimiento. No interrogantes acerca de personajes o acontecimientos del siglo XIX o el XVI, por poner un caso, sino de hechos acaecidos, y sus protagonistas, 20 ó 30 años atrás.

            Sin ir más lejos, hace unos días, y de acuerdo con un alucinante sondeo (otro más, el enésimo), cuarenta años después del 23F eran más del 70% los jóvenes que admitían no tener ni papa de quién era Antonio Tejero. Por descontado, ni que decir tiene que desconocían por completo el aniversario de aquel intento de golpe que puso en jaque a la democracia española.

            No se pide a nuestros adolescentes, ni a quienes cursan estudios superiores (sean de la rama que sean) que se presenten como acreditados especialistas en Historia de España o Historia del Mundo Contemporáneo y Universal, mucho menos de Historia Medieval o Antigua. Sin embargo, hay algo elemental, la cultura general, no sólo que se presupone a quien ha tenido oportunidades de educación en la España del siglo XXI sino, incluso, que se le debe exigir.

            Nuestro país, penosamente, lidera los rankings de fracaso escolar y abandono escolar en Europa desde hace demasiados años. De la misma manera, encabeza las estadísticas, siempre abrasivas (auténticas nubes negras) de paro juvenil. Nada es casual. Todo es dramático y debería ser reversible. Pero no vamos por buen camino.

            La sociedad internacional entera vive fenómenos que a los adolescentes y los jóvenes de cualquier país afectan: el empuje de las nuevas tecnologías, el ascenso de las redes sociales, el paso a un segundo plano de los métodos de aprendizaje basados en el ejercicio de la memoria… y aún así, con estos condicionantes que a todos conciernen, los españoles siguen en el hoyo: de la desmemoria y la incultura y, en última instancia, de la pobreza económica. Llegamos tarde para darle la vuelta a la tortilla, sobre todo porque nuestros inexplicablemente acomodados y escasamente preparados dirigentes políticos ni siquiera se han puesto manos a la obra.

 

Comentarios