Mourinho

José Mourinho es un tipo raro. Como buen portugués. Cabrea a los periodistas deportivos, pone los nervios a la afición adversaria y no se calla ni bajo el agua. Pero entiende de fútbol. O, mejor, entiende de futbolistas. Porque lo suyo no es tanto de conocer los engranajes y las tácticas del deporte rey como de conocer perfectamente la mentalidad de los jugadores.

Y el ejemplo de todo lo que digo lo puso de manifiesto en la final de la Copa del Rey. El Real Madrid no era favorito en esa final. Hacía tres días que el juego del Barcelona, quinta esencia del fútbol moderno, le había empatado en el Bernabéu demostrándole que era muy superior. Pero ahí entró en juego la grandeza de este portugués lenguaraz e inaudito y, por supuesto, conocedor del ser humano.
¿Qué podía hacer ante el brillante juego del Barça? Sólo una cosa, jugar con cuatro defensas y cinco centrocampistas. Llenar de piernas el centro del campo para obstaculizar el preciosismo de los culés y dejar a Cristiano Ronaldo de palomero. Pero, ojo, eso también lo había hecho en el Bernabéu esta misma semana y no había resultado. ¿Cuál era la clave de la final, entonces? La clave estaba en convencer a los futbolistas del Real Madrid para que salieran al campo a morder. Y que un equipo hecho para brillar con jugadores multimillonarios se convirtiera, desde el minuto uno, en un vulgar equipo de jornaleros a la espera de que el palomero sacase tajada. Y lo consiguió.
¿Una barbaridad para un equipo como el Real Madrid? Posiblemente. Pero, al final, ganó el título que era de lo que se trataba.
Bravo, José. Felicidades. Has hecho al Madrid campeón. Que ya era hora, por cierto. Lo que no sé es si ese fútbol hace feliz al madridismo.


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