César Calvar

Trabajar para malvivir

Hace poco el banquero finlandés Björn Wahlroos, presidente del grupo Nordea, escandalizó a su país al declarar que le parecía una idea ‘bonita’ eso de que los salarios deberían de dar para vivir. Una reclamación -que el sueldo permita comer, fíjense ustedes cuánta osadía- que no nace de una preocupación solidaria por la situación de los empleados del tercer mundo, sino que está cada vez más presente en los hogares de los otrora felices trabajadores de Europa.

La consagración de la temporalidad, la mal llamada ‘flexibilidad’ llevada hasta el extremo y la pérdida de capacidad de negociación frente a los empleadores instaurada por las reformas laborales aplicadas en todo el continente, unidas al exceso de mano de obra parada y desesperada, han propiciado un mercado laboral que cada vez se parece más al del siglo XIX. Una realidad en la que tener un trabajo -incluso de 40 horas semanales- ya no garantiza que se podrá hacer frente al coste de la vivienda y manutención que todo ser humano necesita.

Todo esto me viene a la cabeza tras leer en la prensa que hoy en España más de seis millones de trabajadores (el 31%) sobreviven con ingresos inferiores al Salario Mínimo Interprofesional. Y que el 28% de las familias numerosas tienen que arreglárselas con menos de 1.500 euros al mes, frente al 16,6% de hace dos años. Y eso cuando cobran, pues cada vez hay más personas acostumbradas a convivir con la injusticia y la angustia de ver pasar el mes sin que les ingresen las nóminas.

Hay un banquero que dice que no le interesan los clientes de clase trabajadora, porque lo único que llevan a sus oficinas es la tierra de la calle que tienen pegada a los zapatos

Estas circunstancias tan dolorosas son señales inequívocas de la nueva realidad que, año tras año y desde que estalló la crisis de 2008, constata la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística: la pobreza aumenta a pasos agigantados y la penuria de los sueldos míseros y de la incertidumbre cotidiana ha entrado en muchas casas para quedarse. Ya no se trabaja para vivir, sino para malvivir.

Nuestros empresarios están satisfechos con la devaluación fría que el Gobierno de Mariano Rajoy ha aplicado sobre la economía española y que a ellos les ha servido para rebajar costes de producción y ganar competitividad a costa de sueldos cada vez más bajos y de triquiñuelas para exprimir el trabajo asalariado. En dos palabras, precariedad laboral, ahí está la madre de la expansión de la actividad y del consiguiente crecimiento del PIB de los que alardea el Ejecutivo trimestre tras trimestre.

El paro y la desprotección social, el desmantelamiento del Estado de bienestar y la miseria que amenaza muchos hogares han jugado a favor de esta dinámica. Hoy, con un 20% de desempleo, muchos no tienen más opción que tragar pues saben que si no están dispuestos a trabajar por un sueldo nimio siempre habrá otro más necesitado que lo esté. Por eso cada invierno son más las personas que no pueden encender la calefacción, cada verano más las que no pueden ir de vacaciones y, mes tras mes, sube el número de hogares obligados a hacer malabarismos para salir adelante. Mientras, los multimillonarios aumentan su negocio y patrimonio.

La frase del finlandés Wahlross ha sido muy dolorosa para sus conciudadanos, que recuerdan que en los prósperos años setenta el ahora banquero fue miembro de una organización estudiantil comunista y revolucionaria. Y que en los duros ochenta, cuando la consigna era defender el Estado de bienestar, se pronunciaba a favor de ayudar a los necesitados y de salvar el modelo nórdico de bienestar, que ha originado una de las sociedades más ricas e igualitarias del mundo.

Su discurso y el de tantos otros miembros de la élite empresarial europea ha cambiado a medida que el neoliberalismo sustituía al keynesianismo como doctrina dominante del pensamiento económico. Hace poco, el bueno de Wahlross se quejaba de que sus bancos tuvieran como clientes a demasiados ciudadanos comunes, personas que “sólo llevaban tierra de la calle" a sus oficinas en sus zapatos.

¿Cuánto durará este sistema de precariedad y salarios bajos? ¿Cuándo aprenderán los banqueros y empresarios que este camino nos lleva a la ruina? Probablemente cuando las multinacionales se den cuenta de que de nada sirve conquistar nuevos mercados si están habitados por personas pobres y sin capacidad para consumir los productos de los que emanan sus riquezas. Para entonces volverán a necesitar la tierra de los zapatos de los clientes de a pie.