El águila, el viento y la rosa

Xavier era el niño más soñador del pequeño pueblo de montaña donde vivía, un lugar de grandes prados y de ríos salvajes. Con mucha frecuencia solía imaginar fantásticos lugares a los que viajaba con su mente. Xavier pasaba más tiempo soñando que despierto, porque la realidad no le satisfacía lo suficiente. Se sentía prisionero del lugar donde vivía, que aunque era como un jardín del Edén, a él más bien le parecía una prisión. Pero Xavier estaba a punto de descubrir un secreto que revolucionaría su triste existencia. Un día mientras caminaba por la orilla del río, iba lanzando piedras en sus aguas para ver las ondas que se formaban. De repente observó una sombra gigante en el agua, levantó la cabeza y vio en el cielo un gran águila que volaba a gran altura. Xavier se quedó unos minutos contemplando la majestad con que el águila volaba, y pensó: “Si yo fuese águila podría volar muy lejos de aquí, podría visitar tantos lugares maravillosos que seguro hay en todo el mundo”. Pero Xavier no se daba cuenta que él ya estaba en un paraíso, su mente tenía la capacidad de soñar, pero su corazón estaba ciego. Xavier continuó caminando, y se levantó un fuerte viento que golpeaba su rostro y arrancaba las hojas de los árboles, y pensó: “Si yo fuese viento nada podría detenerme, podría derribar todas aquellas cosas que me impiden que alcance mis grandes sueños”. Xavier era débil porque aún no había descubierto una fuerza mucho más poderosa que el viento, y que podría ayudarle en convertir sus sueños en realidad. Cuando el viento se calmó le llamó la atención una bella y esplendorosa rosa roja en medio del camino que cautivaba su sentido de la vista. Y pensó: “Si yo fuese rosa, mi belleza despertaría la admiración de todos mis conocidos, todos me alabarían continuamente y desaparecerían todos mis complejos”. Xavier ignoraba que la verdadera belleza está en el interior, y que podía crecer dentro suyo así como lo hacen las flores. Xavier caminaba tristemente de regreso a su casa, porque él no era ni águila, ni viento, ni rosa, tan solo un muchacho soñador de  quince años. De repente escuchó gritos que provenían desde el río pidiendo auxilio, corrió tanto como pudo y al ver a una niña que había caído al agua y era arrastrada por la corriente, sin pensarlo dos veces se lanzó a las frías aguas del río en su rescate. Ya estando los dos a salvo en la orilla, la pequeña niña le dijo: “Xavier, si tú hoy hubieses sido águila, viento o rosa, no hubieras podido salvarme. Todos tenemos nuestro lugar en el mundo”. Las palabras de la niña hicieron llorar a Xavier, porque de una forma sobrenatural le ayudaron a descubrir cual era la fuerza más grande y cual la verdadera belleza, el amor. Cuando levantó la mirada para preguntar a la niña su nombre, ella no estaba. Miró a su alrededor y no la veía por ninguna parte. Pero como si la presencia de aquella misteriosa niña aún estuviera en su corazón, por primera vez en la vida Xavier sintió amor por el lugar donde vivía, por aquellos interminables valles y por aquel río salvaje, porque sus ojos se habían abierto a la belleza que había en todas las cosas que le rodeaban. Xavier corrió hacía su casa con una ilusión que nunca antes había experimentado, y al ver a sus padres les gritó con entusiasmo: “hoy he salvado al amor de morir en el río, hoy me he salvado a mí mismo”. Nunca antes Xavier había abrazado a sus padres con tanta fuerza, ni había sentido tanta gratitud hacía ellos. El amor le había dado las alas del águila, para observar la vida desde  un punto de vista más elevado. Le había dado la fuerza del viento, para superar todos sus temores y luchar por las cosas que tanto anhelaba. Y le había dado la capacidad de apreciar y valorar la auténtica belleza de la vida. Ahora todo brillaba a su alrededor con una luz que nunca antes hubiera imaginado en su mente de soñador, porque el amor que de su corazón brotaba, al igual que un hábil pintor con sus pinceles, pintaba de color el mundo real. Ya no necesitaba soñar con el paraíso, porque el paraíso lo llevaba dentro, y  siempre le acompañaba a cualquier lugar a donde fuera. Ahora se sentía plenamente feliz de ser lo que era, tan solo un niño de  quince años. Ahora todo era nuevo a su alrededor. Todo parecía vestido con las telas del amor.


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