martes 7/12/21

Hacia las guerras de sucesión

A ningún instinto político mínimamente desarrollado se le escapa que las luchas internas por el poder están seriamente planteadas en el seno de los dos principales partidos del espectro político español. Tanto en el PSOE, tras su derrota en las elecciones europeas, como en el PP después de su victoria en esas elecciones europeas, las discordias, igual las preexistes que las sobrevenidas, se han manifestado con bastante claridad. Se sospechaba que en el partido gobernante el reparto de las influencias y poderes personales arbitrado por Zapatero iba a producir importantes trastornos. La gradual disolución o casi exterminio ya lejano de la vieja guardia tenía que traducirse en desavenencias larvadas cuando, como es el caso, los sucesores, empezando por su cabeza dirigente, demuestran ser una perfecta expresión de incompetencia. Ya es llamativo que un personaje casi de chiste para algunos se haya acabado convirtiendo en un vicepoder incontestable y un factor personal clave de la estrategia zapaterista. Pepiño Blanco, hoy ya don José, ha adquirido un rango de poder equivalente al que pudo tener en su época Alfonso Guerra, por ejemplo. Y su llamada "broma" sobre las torpezas de Leire Pajín en la conducción de la campaña electoral "europea" encubre en realidad, por mucho disimulo que se le quiera echar encima a posteriori, una revisión de la maquinaria de Ferraz a tiempo más o menos predecible.

La sensación de que Zapatero ha entrado en crisis de autoridad, en el sentido de la auctoritas romana relacionada con el prestigio interno, empieza a ser manifiesta. Al todavía líder le queda, eso sí, el ejercicio del miedo o la palanca del castigo al crítico adivinable o al desafecto detectado aunque no menos previsible será la necesidad de cambios que restablezcan, tanto en el Gobierno como en la dirección del partido, una imagen menos calamitosa que la presente.

Ya es significativo que Zapatero haya empezado a practicar la táctica de la ocultación institucional y hasta callejera. O sea, que se quita de en medio, que no da la cara, y proporciona a sus adversarios la oportunidad de pregonarlo, sobre todo ante las cámaras a la menor que surja. Al presidente le pasa creciente factura su predilección por los colaboradores "infumables" en la selección de cargos. Ha tenido que desprenderse casi a la fuerza de algunos de ellos, cuyos nombres están en la memoria pública, pero no por ello sus sucesores han mejorado la calidad del producto gobernante. ¿Hace falta mencionar a una Bibiana antológica, por ejemplo?

En la acera de enfrente, el afianzamiento de Mariano Rajoy, más o menos duradero, es perfectamente compatible con las discordias de sus "barones" o "baronesas". No nos engañemos en las valoraciones. El "pinchazo" del líder popular en los recientes comicios probablemente habría sido más celebrado en determinados sectores del partido que sus últimos fortalecimientos autonómicos en Galicia y ahora, por ejemplo, en la Valencia "europea" del atormentado Camps, donde el voto ha servido para extender una capa de indulgencia, no se sabe si plenaria, sobre los pecados de su administración regional.

Naturalmente queda por dirigir una mirada hacia Madrid, donde se ventila, quiérase reconocer o no, la gran contienda de intereses. Los gladiadores son conocidos. Uno de ellos, Gallardón, procuró programar su ausencia de los festejos, o en su caso de las decepciones, que habrían de seguir a las elecciones europeas. Le vino muy bien su cruzada exterior por el Madrid olímpico. Una circunstancia que no pudo disfrutar, en el sentido que fuese, la presidenta Esperanza Aguirre, necesitada de comparecer, aunque fuera a codazos, en el balcón triunfalista de Génova 13, donde los grandes protagonistas de las europeas dieron la impresión de hacerle el vacío.

En la España en crisis, donde tampoco los nacionalistas han gozado de la fortuna, impera la lucha de intereses personales o grupales, en un marco de ambiciosas desavenencias.

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