miércoles 22/9/21

El retorno de la América sectaria

El hombre blanco ha hablado: Trump es Presidente. También la mujer blanca, aunque en menor medida. No es que el nuevo Presidente haya logrado muchos más apoyos que sus antecesores en poblaciones fundamentales; es que población negra o latina y los más jóvenes han apoyado a Clinton en menor medida de lo que hicieron con Obama.

Que el futuro se ampare en retornos a las industrias contaminantes de la energía; que volvamos a la industria de la defensa como capital en la orientación de los recursos económicos; que se intente levantar barreras de proteccionismo para excluir a China o a Latinoamérica del progreso es, sin duda grave.

Un tipo extravagante, ajeno a la cultura política americana, desde luego. Pero lo que importa es que representa, revive y encarna valores sociales que creíamos superados. La nueva Presidencia, como ninguna otra, legitima el sexismo, el racismo y el odio racial.

 

La elección de Trump  es una revancha del viejo conservadurismo social colocada en los entresijos de una propuesta antisistema y populista. Podrán o no materializarse las incertidumbres en materia política, económica o internacional. Pero su elección sitúa ante nosotros y nosotras una América de odio que,, sin duda, se trasladará más allá de la frontera norteamericana.

Una de sus propuestas fundamentales -su promesa de campaña de un "cierre total y completo" a los recién llegados musulmanes y la deportación de 11 millones de inmigrantes indocumentados a través de un muro de frontera pagado por México- constituye una de las más delirantes que hayamos podido escuchar.

No importa si será puesta en práctica o no, lo que importa son las consecuencias sociales de la brecha social que ha abierto de forma consciente y deliberada en una sociedad herida por la crisis.

Cualesquiera que sean sus giros, Trump ha dejado claro dónde se encuentra su pensamiento y, como ocurriera en Inglaterra, revela como las falsas e irracionales señales del viejo primacismo blanco, la antiinmigración y el racismo son la base de la nueva cultura política.

Finalmente hemos descubierto en la más relevante democracia del planeta la otra cara del relato de la codicia que constituyó la crisis financiera: la política de la ira. Es cierto: el estatu quo, la lejanía de la política y las instituciones a la gente, los discursos sin contenido y la creciente desigualdad explican un nítido comportamiento electoral americano.

Lo que resulta intolerable es que la alternativa se construya sobre las cenizas de una batalla cultural y social que las culturas progresistas emprendieron desde finales de los años sesenta. La igualdad de las mujeres, la igualdad racial y la igualdad social son ventiladas por un discurso de ira y egoísmo con difíciles comparaciones en el pasado.

La clase media empobrecida ampara una radicalización sin precedentes del discurso social y cultural. El machote blanco, el de la vieja industria del acero o el petróleo no volverá; no volverán los de Village People a cantar a la armada o a la Liga de los Jóvenes Cristianos Americanos. Ese pasado no volverá pero si ha vuelto la impostura de un sueño americano, sectario y reaccionario.

En un mundo plagados de conflicto, crisis de refugiados, exclusiones raciales o sexistas, en un mundo en que las guerras se suman a crisis económicas generalizadas o a dramáticos efectos del cambio climático, en forma de interminables hambrunas y movimientos migratorios, Trump nos propone la vuelta a las murallas para excluir a medio mundo.

No es la primera vez desde la crisis que padecemos un ataque a la cultura democrática. La ira contra la política y el valor de la representación de los representantes públicos ha construido múltiples formas de autoritarismo y conservadurismo social.

Tenemos la obligación de combatir cualquier comportamiento que nos devuelva la lógica de la desigualdad social, racial o de género. Si permitimos que la evolución de la nueva política camine en esa dirección pagaremos un alto precio. No es la primera vez en la historia europea que la radicalización de clases medias empobrecidas construye una cultura política de terrible autoritarismo social. Permitir la repetición de este fenómeno sería un desastre para nosotros.

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