jueves 27/1/22

Seguramente todos ustedes habrán podido ver las lamentables imágenes de los macrobotellones o como quiera que se llamen las reuniones multitudinarias de los jóvenes, macrofiestas, no fiestas, fiesta de comienzo de curso o sentadas, da lo mismo, el resultado es borracheras, destrozos, peleas, enfrentamientos con las fuerzas de orden público, saqueos, detenidos, es decir, vandalismo y salvajismo en estado puro. El escenario es de lo más variopinto, playas, parques, jardines o, sencillamente, ocupando la vía pública.

Este fin de semana han destacado por sus excesos Barcelona, Logroño o Sevilla, pero les aseguro que en toda España, en todas las ciudades estas reuniones tienen lugar a pequeña escala. Es un desolador denominador común en todo el territorio nacional. La barra libre y los alborotos han tomado carta de naturaleza.

La ciudadanía que reside en las “zonas de guerra” padece y sufre todo tipo de problemas: insomnio, inseguridad, suciedad, daños materiales en sus plazas y en sus calles y, lo que es peor, en sus propios portales. Los contenedores, bancos, faroles y papeleras se convierten en objetivos de estos energúmenos despreciables que, sin ninguna empatía hacia sus mayores, se dedican a la bacanal y a la orgía dionisíaca. Vaya por delante mi solidaridad con aquellos que son víctimas de tanto exceso y desorden.

No hay derecho, ni excusa para tan abyecto comportamiento. El parque de Berlín de Madrid, como tantos otros, fue arrasado y sometido a una destrucción in misericorde, propio de individuos sin conciencia, sensibilidad social o solidaridad.

Pero….. ¿Han pensado ustedes en cómo llegan a sus casas? ¿Imaginan qué dramas familiares se viven a consecuencia de esa vida turbulenta y licenciosa? Conozco muchos casos y les puedo asegurar que el conflicto está garantizado y el ejemplo a los menores de la casa es bochornoso. Imponen su ley, sin posibilidad de diálogo, convirtiéndose en verdaderos déspotas y tiranos.

La opción que suele triunfar es la ley de la jungla, es decir, hago lo que me da la gana. Me acuesto cuando quiero; me levanto cuando me place; como a mi gusto, tirando a discreción de la nevera; por descontado que no asumo ninguna responsabilidad familiar; tengo la habitación como un porquerizo; me conecto al móvil o al ordenador sin tasa ni control –para eso soy mayor-; cuando organizo la nueva quedada, me visto, dejo el baño como una charca de ranas y me marcho sin dar explicaciones.

Y otra vez vuelta a empezar. Así transcurren los fines de semana de las generaciones más jóvenes y no tan jóvenes. ¿No les parece verdaderamente insufrible? Esta grosera y desdichada descripción ha dejado muchos y muy importantes detalles que poder referir. Dinero, alcohol, drogas, denuncias, delitos, violencia intrafamiliar, o los robos son alguno de ellos.

Para poder resolver un problema hay que definirlo con precisión. Aquí no cabe el buenismo ni la disculpa en nombre de nada. En primer lugar, estos incívicos comportamientos están tipificados en la Ley orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal. Es pues una legislación consolidada.

Las sanciones y las faltas cometidas deben ajustarse a cada actuación. Así de claro y así de evidente. De otra parte, hay todo tipo de disposiciones establecidas en las ordenanzas municipales en muchas y variadas cuestiones referidas a las obligaciones y deberes de los ciudadanos. Las normas están para ser exigidas y para ser cumplidas.

El interés general, los derechos y las libertades deben estar garantizados por los responsables, es decir, por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y, por descontado, por los tribunales de justicia. No se puede tolerar tales desmanes y tanto desorden público. Así pues, se trata de un problema de orden público, de salud pública y de medioambiente. La justicia debe actuar con justa proporcionalidad, pero con decisión e inmediatez. En una palabra, con firmeza.

En segundo lugar, ¿Dónde se genera el problema? ¿Cuál es la raíz para que estas personas se entreguen al exceso y a la destrucción del bien común, también el de su propia autodestrucción? La respuesta es sencilla, pero muy compleja de plantear. La familia es la primera escuela de la persona, tanto en el nivel afectivo como en el de la transmisión de valores. Suena muy recurrente y evidente, pero es la verdad.

Educar es extremadamente difícil y muy complicado. Exige mucho tiempo, mucho trabajo y, por encima de todo, demanda la fuerza del ejemplo. La coherencia y ser consecuente es una exigencia de primer nivel. Si hay una dejación de funciones en manos de otros, una ausencia de límites y de autoridad, la consecuencia es clara, se inicia un proceso de formación invertido que conlleva todo lo contrario de lo que es deseable.

Miren ustedes, dejémonos de las pedagogías del “padre colega”, los padres y los hijos no son amigos, aunque no por ello enemigos. Entre ellos no hay una relación de igualdad, que no les engatusen con planteamientos pizpiretas de fácil verbo, no queridos padres vosotros sois la autoridad, por ello debéis ser referentes y ejemplo para ellos. La autoridad no implica autoritarismo, supone respeto,  responsabilidad y la disciplina como rasgos imprescindibles.

La educación es la mejor prevención, desde la cuna. Una personalidad no se configura de la noche a la mañana, es el resultado de un proceso de formación o, por el contrario, de deformación. Lo queramos o no, nuestros hijos se van a educar o maleducar.

Es más fácil y cómodo no afrontar el desafío, el reto y ceder ante las circunstancias, los problemas o, sencillamente, las excusas. Y en ese proceso de construcción las obligaciones y los derechos están al mismo nivel, siempre en función de la edad, pero siempre debe haber límites y unidad de acción entre los padres. No puede haber policía ni bueno ni malo, los padres tienen  igual autoridad e iguales compromisos ante la educación de los hijos. Aquí no nos podemos hacer trampas y distorsionar los roles que cada uno debe tener. Unos son los padres –educadores- y otros son los educandos –los hijos-.

No obstante, ante la complicada tarea de ejercer como padres, en caso de ser necesario, y cuanto antes mejor, se debe recurrir a los apoyos externos que sean oportunos. No hay desdoro ninguno en recabar la orientación de especialistas que puedan ilustrar y orientar a la familia. Las Escuelas de Padres son espacios magníficos en los que compartir y abordar muchos temas, un medio muy interesante para consolidar habilidades, competencias o destrezas.

Es natural, es normal y muy habitual que haya conflictos, como no, pero saber resolverlos o evitarlos no es una cuestión menor. Nuestros hijos son un espejo de lo que es la casa, de cómo se vive y se entiende la convivencia y la interacción con los demás. Educar es amar en estado puro, es darte y entregarte, es  hacer renuncias y sacrificios, es una importantísima devoción que exige el cumplimiento del deber de ser padres comprometidos.

No esperen, queridos lectores, que el colegio o la escuela eduque a sus hijos. Esa responsabilidad no se puede delegar, aunque el refuerzo escolar sea muy importante.

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