miércoles 27/10/21

Los Rosales

Los Rosales
Los Rosales

Así, genéricamente, se le conoce al colegio madrileño Santa María de los Rosales.  Allí forjé mucho de lo que soy desde “maternal” (tierno nombre con el que se le llamaba al primer curso, desde la perspectiva actual, buen guiño a las madres y a la mujer) hasta el COU, catorce añazos floreciendo a la vida. Inspirado en una conciencia cristiana, antes que católica, y un liberalismo que para su época resultaba casi provocador, la bendición en el comedor, grabada en una de sus paredes, rezaba: “Bendícenos, Señor, los alimentos que vamos a recibir y da pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan”.

Nutrido de un alumnado privilegiado, un elenco de las mejores familias empresariales, relevantes intelectuales  y títulos nobiliarios de la Villa y Corte, que convivían con los hijos de los numerosos empleados con una naturalidad “hobbiana”, la relación entre todos era tan espontánea como comprometedora. Ya entonces asumimos el valor de lo que suponía un compromiso. De hecho, conservo entre mis mejores amigos a un buen puñado de alumnos de aquella época.

Al fin y al cabo, al margen de inspiraciones, era, y es, un colegio privado y laico. Y, efectivamente, de alumnado muy afortunado, con excelsos patrimonios y magníficas casas en los mejores barrios de Madrid. Tal vez por eso presumo que, gracias a ello, ni soy anticlerical, típico efecto rebote de los que acudieron a colegios religiosos, ni me impresiona el dinero, pues desde bien pequeño disfruté como invitado de grandes mansiones e imponentes fincas, llegando a considerar normales semejantes propiedades, algo que, a pesar de no haberlas conseguido, lo sigo considerando marginal.

Tengo para mí que Los Rosales es fruto del reto que asumieron unos cuantos “juanistas”, los que acudían a “Villa Giralda”, para dotar al futuro rey Juan Carlos de un colegio en el que conviviera con gente de su generación, en prolongación al primer centro de Las Jarillas. De hecho, muchos de sus compañeros de entonces, fueron luego consejeros de la sociedad propietaria del colegio, Estudios Generales, presidida desde su fundación, año 1952,  por Ignacio Herrero Garralda, marqués de Aledo.

No es casual, por tanto, que nuestro actual monarca fuero uno más de su alumnado y, permítaseme la licencia, al que le llamábamos simplemente Felipe, siendo un gran chaval, buen estudiante, educado en sus formas y sencillo en su trato. Tampoco es casual que la futura reina, junto a su hermana, siguieran el curso de su padre en el mismo centro.

Pero es que Los Rosales no es sólo un brillante muestrario. Como apuntaba al principio, y gracias a la impronta aportada por uno de sus mejores directores, Manuel de Terán, el colegio se convirtió en vanguardia intelectual y cultural, apostando sin disimulo por las artes y la persona, casi antes que por la erudición, a diferencia de pilaristas o jesuitas. En línea con la Institución Libre de Enseñanza, de Giner de los Ríos, se buscaba el talento antes que imponerlo y resulta asombroso hoy en día recordar que por entonces, hablo de los años setenta, junto a las clases normales de matemáticas o lengua, se impartían talleres de cerámica, pintura, música, teatro o fotografía. Recuerdo, por ejemplo, cómo un numeroso público, padres de los alumnos, asistían atónitos a la representación de “La Zapatera Prodigiosa” en un gran auditorio de Madrid, obra de Federico García Lorca y en la que, otra licencia, el que suscribe interpretó al poeta.

Frente a la imagen un tanto “pija” con la que se le pretende criticar, me remito a la  publicación editada en 1975 por el vigésimo aniversario de su nacimiento. En la introducción se cita que “con su creación perseguían colaborar o incidir en el panorama de la enseñanza española de aquellos años, tan necesitada de una profunda renovación.  Se deseaba crear un foco de cultura y educación que con un marcado carácter de servicio contribuyera al desarrollo de la sociedad, aceptando previamente la urgente necesidad de introducir unos cambios en los métodos de enseñanza, así como implantar un nuevo espíritu en la docencia que atendiese en primer lugar, y como objetivo fundamental, al cultivo del hombre por encima de las corrientes en curso”.

No se imponía la excelencia, se buscaba, se descubría. Cuando hoy veo que con las nuevas normas ministeriales se permite pasar de curso sin tener en cuenta los suspensos, vaya aberración, me apena cómo se arruina, en el fondo, tanto talento. Porque, como dijo Aristóteles, no basta con tener talento, sino saber desarrollarlo. Me lo enseñó un profesor del Rosales.

Comentarios