sábado 24/7/21
EDITORIAL

España, contra el virus de las mascarillas falsas

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Ha sido tan espectacular como lamentable el proceso, hasta hoy irreversible, de desmantelamiento de la industria sanitaria en Europa, en especial en lo referente al material fungible: guantes, batas, mascarillas… en el viejo continente, y el caso de España no ha sido aislado, año tras año, y a medida que se montaban carísimos y sofisticados quirófanos, que tantas vidas han salvado y salvan, todo lo absolutamente necesario para operar en ellos que era de usar y tirar se ha derivado a China.

            Es por ello que hubo problemas terribles, exactamente hace un año, de desabastecimiento crítico. A la gran potencia asiática se le dejó coger la sartén por el mango y nos hizo sufrir, con numerosos expedientes de abuso y estafa, algunos de los cuales están residenciados en tribunales españoles con demandas y querellas varias de empresas muy importantes que han renunciado a la publicidad de sus acciones judiciales.

            Pero después de aquella afrenta que venía de las tierras en las que el coronavirus dio el salto al mundo, nos topamos ahora con algo igualmente horrible: las mascarillas falsas que siguen importándose, con excesiva (si no total) impunidad. No puede, en consecuencia, tener más valor la acción que están llevando a cabo físicos e ingenieros del Centro Nacional de Medios de Protección, que han multiplicado por 13 la verificación de los modelos de tapabocas de mentira, ante la incesante avalancha de compras por doquier.

            Se le ha pasado el test a casi mil modelos distintos, ensayados varias veces… y siempre a más de una muestra. Unos profesionales abnegados, con unos conocimientos encomiables, y que nos están salvando de que nos den gato por liebre, activando la luz verde o, por el contrario, ordenando la retirada del mercado no sólo de quirúrgicas o FFP2 sino de todo tipo de EPIS, la mayor parte procedentes del zoco chino (que sigue acaparando casi el 90% de la producción mundial), sin olvidar otros centros de producción bajo sospecha, como Turquía.

            Más allá de los precios inflados, del deporte que practican con verdadera adicción los comisionistas (que aparecen hasta debajo de las piedras), nuestros químicos y nuestros jefes en unidades técnicas de protección respiratoria están funcionando como auténticos flotadores para nuestra salud. Merecen un monumento. Más, en tiempos en los que su tarea callada y eficaz contrasta con el vocerío y la incompetencia de los debilísimamente cualificados políticos a los que padecemos en tele, radio y prensa, contribuyendo con sus deprimentes intervenciones a la confusión general.

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