La esponja de humo

La esponja de humo

Quizás no sean muchos los lectores que sepan qué es, y para qué sirve, una esponja de humo. Uno tampoco lo sabía hasta que hace unos días mi buen amigo Jaime-Axel, conocedor de casi todas las cosas, tuvo no sólo la amabilidad sino también el acierto de regalarme una. La esponja de humo es, ni más ni menos que un rectángulo de caucho natural del tamaño de la palma de la mano, convenientemente tratado con ciertos productos que la leyenda sitúa en la órbita del secreto. Se utiliza para limpiar el humo y el hollín de las paredes, aunque muchos recurren a ellas para restaurar multitud de cosas delicadas, pero sobre todo las páginas, las cubiertas y las encuadernaciones de aquellos libros polvorientos a los que tan aficionados somos tanto uno mismo como mi amigo Jaime-Axel.

Desde que recibí la esponja de humo, no han sido pocos los volúmenes de mi desastrada biblioteca que han recuperado una inesperada segunda juventud. Los dorados de los lomos han recuperado en parte los brillos olvidados del pasado, el polvo incrustado a lo largo de los años ha cedido el paso a una suavidad desconocida, e incluso algunas páginas carcomidas por las manchas del papel ácido, tan común en los volúmenes del siglo XIX, que ya tenía por irrecuperables, han recuperado un aspecto medianamente aceptable.

En estos tiempos enloquecidos en los que todo es de usar y tirar, uno está convencido que sólo a un personaje con la curiosidad y la talla intelectual de mi amigo Jaime-Axel puede ocurrírsele redescubrir estos productos maravillosos con los que, además de recuperar unos cuantos volúmenes, uno se entretiene tarde enteras.

Uno sospecha, con más que fundamentadas razones, que el bueno de Jaime-Axel no sólo ha leído todos los libros sino que, sobre todo, recuerda los nombres de todos los autores y las grandes líneas de la urdimbre de sus obras. Tomar un café con Jaime-Axel y mencionar como quien no quiere la cosa a cualquier autor, por exótico y remoto que sea, es como abrir la enciclopedia británica y saltar de un artículo a otro, a la manera borgiana, hasta que, ya con la tarde agonizante, al final uno tiene que salir corriendo para no olvidarse que hay que regresar a los quehaceres.

Otra de las virtudes de Jaime-Axel es conocer al dedillo toda la fauna y flora de España. Basta que vea unas hojas apenas apenas brotadas para que sepa qué árbol es el que se anuncia. Reconoce por el tronco las variedades de árboles, a veces exóticos, como aquella vez que vio en un patio el de un Júpiter, que a uno desde entonces le recuerda el cuerpo de una gigantesca y perezosa boa.

Cierto es que a veces mi buen amigo se pone huraño y quejumbroso, como bien saben quienes siguen sus columnas en estas mismas páginas. Se duele entonces de todos esos males que a los españoles nos traen por la calle de la amargura. Se hace cruces, y con toda razón, al ver los disparates de los políticos, la dejadez de las autoridades, la negligencia de los servicios públicos y la falta de educación generalizada. En esos momentos no queda otra que mencionar un autor improbable, o señalar la lejana copa de un árbol, para que Jaime-Axel se transforme, como por arte de birlibirloque, y se olvide de los denuestos para lanzarse a tumba abierta, para asombro de sus oyentes, por los caminos de su erudición profunda.