miércoles 23.10.2019

El fin del mundo

Si hace seis años, un tipo con algún prestigio, nos hubiera anunciado la posibilidad de que ocurrieran algunas de las cosas que han pasado, como el derrumbe de la construcción, el desastre de las hipotecas basura en Estados Unidos, que tuviéramos que rescatar a las cajas de ahorros o que al yerno del Rey le hubieran pillado en chapuzas de influencias, habríamos llegado a la conclusión de que el tipo se había vuelto loco y, desde luego, se habría quedado sin prestigio.

Estas cosas no sólo han pasado, sino que han acarreado tanta sorpresa como indignación, tanto asombro como cabreo. Y acabo de conocer a uno de los más enfadados, de los más escépticos, casi me atrevería a decir que de los más cínicos, que me ha presentado el escritor y periodista J.M. Amilibia.

Se llama Harold, fue comisario de policía, y su discurso es apabullante e hiperbólico. A mí me gusta la hipérbole porque gracias a la exageración se descubren facetas impensadas de la realidad, de la misma manera que con los espejos deformados, a través de la caricatura, se puede alcanzar la síntesis de una expresión. He pasado tres días con Harold, y me lo he pasado bastante bien. No todo el rato, porque Harold es apabullante y lo dejaba en muchas ocasiones para ir a una comida, al cine o para dormir un poco. Pero me ha quedado una sensación que hacía tiempo que no me provocaba  ninguna novela. Porque "Todos los días el fin del mundo" es una novela escrita desde cualquier esquina menos desde la resignación, y hacía tiempo que no me sentía tan estimulado y, en algunos casos, tan sorprendido. No siempre Harold tiene razón. A veces, se pone pelín sectario, pero aun entonces se muestra inteligente, y lo único que me confunde, lo único que me tiene dubitativo, es que, al final, no sé si he pasado los tres días con Harold o con Amilibia. Es muy probable que haya sido con los dos. Así que tengo que darle las gracias al autor por estas setenta y dos horas en que he estado detenido por "su" comisario.

El fin del mundo
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