Libertad Martínez

Yo tampoco iría a votar

Yo tampoco iría a votar

Residente y censada en Madrid, como Ustedes saben soy nacida en Perpignan y criada en Barcelona y, como alguna vez he dicho aquí, no soy ajena a la idea del derecho a decidir. Dicho lo cual afirmo que, como muchos y muchas catalanes dicen estos días, que yo tampoco iría a votar.

No solo es que el referéndum haya nacido contaminado por las iras antidemocráticas de Forcadell y Pugdemont; no solo es que el resultado de las sesiones del Parlament hayan supuesto una burla al derecho a decidir. No solo es que su carácter unilateral prive al referéndum de rasgos democráticos básicos.

Tampoco es solo, aunque también, que ,a pesar de algún que otro truco dialéctico de los que pululan por la política española y catalana, esto no es una “movilización”.

Una movilización es rebeldía, rechazo, expresión de opinión, y todo lo que se dice, pero en una movilización no se cuentan votos que legitimen el atropello democrático de los que convocan, no se cuentan papeletas en urnas, urnas que ni siquiera se han licitado en procesos trasparentes, en competencia y públicos.

Este referéndum anuncia un modelo de país excluyente, cerrado e intolerante.

Es, también, y de forma muy importante, que este referéndum anuncia un modelo de país excluyente, cerrado e intolerante, que es ajeno a la cultura democrática catalana que aprendí en mi adolescencia.

La justificación para impulsar el referéndum no está homologada democráticamente y es un truco para impulsar un “procés” que, entre otras cosas, responde a estrategias electorales para evitar alternativas de izquierda y progreso en Catalunya.

Yo tampoco iría a votar porque, como cantaba de niña, no se seguir a los abanderados, menos aún cuando estos aprovechan el miedo, amenazan con escraches callejeros o institucionales o condenan al silencio, a no expresar lo que  piensan, a los otros catalanes y catalanas que hacen, como el que más, país todos los días

Una secesión construida de este modo, antidemocrática, unilateral y sectaria, pondría en riesgo la integración social en Catalunya, crearía insolubles problemas de relación con España, con trascendentes repercusiones sociales y económicas.

Este modelo de decisión por la independencia impedirá lo que, sin duda, es una de las pretensiones de sus impulsores: que la política catalana siga ignorando los problemas sociales y económicos o evadiendo la responsabilidad política por la abundante corrupción que ha cruzado la gestión pública catalana regida por CiU, hoy PDeCat.

Al igual que la izquierda renunció a la idea de España, al igual que corremos ya el riesgo de dejar la transición y el consenso en manos de la derecha, al igual que la cuatribarrada de nuestras banderas ha desaparecido, estamos a punto de meter en el armario, con las otras banderas rotas, las corrientes federalistas que abundaban en el campo político y el valor que aportó el Estatut.

A los que han promovido este referéndum no les interesa tanto construir país como la insumisión civil. Atrapados en la desobediencia, algunos de ellos y ellas en la simple violencia callejera, se caerán, ausentes de política, en cuanto se pare la bicicleta; es decir, el twitter.

Yo no iría a votar. No me pondría a legalizar con una papeleta, impresa en mi propia casa, para risa de la mayoría, un discurso y  una estrategia tan antidemocrática, como sectaria y excluyente.

Lo dicho, yo no iría a votar y les invito a que no lo hagan.