Hay que evitar el suicidio de Europa

España está, de nuevo, en recesión. El Banco de España lo ha adelantado como inicio de una semana horrible en lo económico, y que tendrá su colofón negativo en lo social el viernes cuando la encuesta de Población Activa confirme que vamos lanzados hacia el 24 por ciento de paro. Pero es que el viernes se ha convertido, en lo que llevamos de año, en un día temible. Viernes sí, viernes también, el Consejo de Ministros anuncia nuevos recortes para nuestros bolsillos, que ellos llaman ahorro, pero que pagamos usted y yo, sea en impuestos, sea en repago de servicios hasta ahora sufragados con lo que nos descuentan cada mes.

La postura frente a la crisis hasta este momento en Europa está capitaneada por la líder alemana Angela Merkel y se resume en el término AUSTERIDAD. Y el razonamiento es obvio: si se ha gastado lo que no se tenía, hay que pedir prestado para pagar las deudas y dejar de gastar. Con receta tan natural, cuatro años después de iniciarse los problemas en Europa, Grecia, Portugal e Irlanda están arruinadas, en Italia hay un gobierno al que nadie ha votado y que se encarga de los ajustes, y en España, Rajoy pregona que no hay dinero para nada y que va a seguir con los recortes hasta el verano… y después ya se verá. Resulta, sin embargo, llamativo que Eurostat (el organismo europeo responsable de los datos estadísticos) haya dicho en este inicio de semana que España tiene una deuda que no llega el setenta por ciento de su producto interior bruto, mientras la francesa y la inglesa superan el 85 y la alemana el 80 –de Grecia, Italia, Portugal, e Irlanda, las cuatro por encima del cien, mejor no hablamos-. O sea que deber, debemos, pero menos que nuestros poderosos mandamases de la Unión Europea. ¿Y a pesar de eso no se fían?, pues parecía que llegar Rajoy al Gobierno y recuperar la confianza iba a ocurrir de inmediato.

Cambiar de receta

La semana última, el premio Nobel de Economía, Paul Krugman, escribía sobre “el suicidio de Europa”, y pedía una oportunidad para las políticas expansivas que, sin dejar de vigilar el gasto, faciliten que las economías del Viejo continente crezcan y aporten recursos para satisfacer sus deudas, pero también para aumentar el consumo y la actividad que crean empleo y riqueza. Para el autor, seguir con las actuales restricciones conduce inevitablemente al suicidio económico de la UE.

Ya, ya sé que es justo lo contrario de la doctrina que sumisamente han aceptado el resto de países en dificultades, y que aquí han abrazado de mala gana –o con fervor, vaya usted a saber- primero Zapatero, y ahora Rajoy; y ambos con idéntica explicación: “Es imprescindible para evitar que nos intervengan”. Es verdad que, si nos intervienen, los recortes serían monumentales y se llevarían por delante las ya en precario protecciones sociales de parados y jubilados. Ya, un desastre. Para huir de él, la alternativa que se nos ofrece ¿es la misma que a Grecia, Irlanda y Portugal de una depresión económica que aumente el paro y no produzca ni para pagar la deuda? ¿Se nos sumará Italia y, quizás, quizás, hasta Francia? ¿Habrá suficiente dinero en la zona Euro para “rescatar” a tantos países?

Con preguntas similares a estas, un importante –y cada día más nutrido- grupo de economistas y políticos empiezan a valorar que las desgracias que supondría la salida del Euro no serían mayores que las de cumplir las exigencias que hoy se hacen desde Alemania, aunque se camuflen bajo el paraguas de instituciones europeas. Si hasta el propio Fondo Monetario Internacional habla de que Europa se está pasando de frenada con la sacralización de la austeridad, si el candidato presidencial francés más votado exige el final de la dictadura de Merkel, ¿a qué espera el resto de la eurozona para obligar al cambio de políticas? En mi opinión, la perseverancia en el error del seguidismo –cuando no obediencia- a las tesis alemanas conduciría a dar la razón al Nobel Kugman: sería el suicidio de Europa.

Jaime Olmo Mitre-Estrella Digital

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