lunes 18.11.2019

Felicidad paradójica

Pablo Iglesias (Podemos), Pedro Sánchez (PSOE), Arenales Serrano (PP) y tantos otros son, en realidad, lo mismo. Predicadores de ideas políticas que exhiben en el gran escaparate mediático de un sistema que todo lo asimila y engulle, como Cronos devoraba a sus hijos ante Geo.

“¡Te compro tu idea!”, diría ilusionado a Pablo Iglesias (Podemos) por sus argumentos; “¡te la compro!”, exclamaría entusiasmado a Pedro Sánchez (PSOE), que quiere cambiar España; “¡y a vosotros también, sí; también a vosotros os las compro todas!”, clamaría con júbilo a Rajoy, a Montoro, a Báñez, a De Guindos… al Gobierno del PP en pleno, al que defiende Arenales Serrano cada sábado en “La Sexta Noche”, haciendo suyas las estadísticas oficiales de creación de empleo, mayor crecimiento, bajadas de impuestos, calidad en educación, mejoras en sanidad, pensionistas “mileuristas” y, en suma, el país de las maravillas (“¡oh, albricias!”) Se las compraría si me las creyera.

Nosotros, pueblo llano, somos meros espectadores de este escenario. Consumidores de todo. También de sus ideas políticas.

Nosotros, pueblo llano, somos meros espectadores de este escenario. Consumidores de todo. También de sus ideas políticas

Hago esta reflexión tras leer algunas cosas sobre la sociología de los mercados. Distintos autores como el psicólogo estadounidense Abraham Maslow (teoría de la “Jerarquía de necesidades”, en pirámide); el filósofo francés Gilles Lipovetsky ("La felicidad paradójica: Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo". Anagrama, 2006) o el catedrático español de sociología económica Luis Enrique Alonso Benito (“La era del consumo”, Madrid, Siglo XXI, 2005) coinciden en señalar que los consumidores del mundo desarrollado somos individuos bien informados que no compramos sólo para cubrir nuestras necesidades primarias, sino para satisfacer nuestras aspiraciones de estatus social. Adquirimos productos representativos de valores culturales alternativos que deseamos incorporar a nuestro propio estilo de vida. Valores nuevos, distintos, porque los habituales han quedado obsoletos. Tan caducos como los modelos políticos, cuyos recambios buscamos rodeando el Congreso o acampando en la Puerta del Sol de Madrid.

El argentino Marco Gentili afirma que la fuerte secularización de los ideales y la caída de los grandes mitos refuerzan esta tendencia (“Artesanos Globales: Los Sistemas Productivos Locales en la Era Postmoderna”). Cubiertas las necesidades básicas, los ciudadanos del mundo desarrollado buscan en productos nuevos afinidades nuevas, valores distintos con los que identificarse y ser identificados y reconocidos en el entorno social. Y es entonces cuando me viene a la cabeza el paralelismo con las ideologías; las compramos. Las consumimos.

Sostienen estos expertos que los consumidores no compran una determinada indumentaria para protegerse del frío, o no sólo por eso. Ya sea esta prenda un abrigo de mustela o una parka de caribú, la adquieren para hacer suyos los valores e identidades culturales que lleva implícitos y despiertan sus simpatías. Lo mismo que con unas gafas Ray-Ban y un reloj Viceroy (su propio lema lo indica: “Es lo que soy”), o con pulseras manufacturadas por víctimas de minas antipersonales en Camboya; "chakras" de Bali y "pashminas" de Kashmir.

Lo que cuenta es la imagen que queremos proyectar, extrapolada a cualquier manifestación de gustos y costumbres: ¿Raphael o Sabina? ¿Comida mediterránea o indú? ¿Carnívoros o vegetarianos? ¿Medicina tradicional o naturalista? ¿Cigarrillo de Malboro o “china” de hachís? En definitiva: ¿derechas o izquierdas? ¿Qué ideología compramos?

El propio Pablo Iglesias, Arenales Serrano y otros interpretan sus papeles para “vender” ideologías y principios a los telespectadores y que estos las hagan suyas, paradójicamente felices, como quien se compra un poncho andino (en Zara, sin duda alguna)

Aquellos artesanos indígenas obtienen ventaja comercial en los mercados del Primer Mundo por su vinculación a un territorio y una cultura local, ajena a lo mundano. Los nuevos líderes y jóvenes promesas de la política alientan esperanzas por traer “savia nueva” (Arenales Serrano, Pablo Casado, Beatriz Jurado, Javier Dorado, Belén Hoyo y tantos del PP), o por su disconformidad (Pedro Sánchez, César Luena, Carmen Montón en el PSOE), cuando no impostura (Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Ariel Jerez, Juan Carlos Monedero en Podemos). A todos, la diferencia con lo establecido les dota de una identidad atractiva. Pero los indígenas se han convertido en “artesanos globales”, como dice Gentili, porque sus manufacturas, tan ajenas a la fabricación en masa, se presentan al ciudadano gracias al marketing capitalista, que divulga, amplifica y comercializa sus valores y principios. Los explota.

Así se imponen las modas y así, por la repercusión mediática de un programa televisivo nocturno, emitido en “prime time” por una cadena de esas a las que Iglesias tilda de dóciles y sumisas ante los poderes y el capital, el propio Pablo Iglesias, Arenales Serrano y tantos interpretan sus papeles para “vender” ideologías y principios a los telespectadores y que estos las hagan suyas, paradójicamente felices, como quien se compra un poncho andino (en Zara, sin duda alguna).

Felicidad paradójica
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