martes 24/11/20
EDITORIAL

España no puede fallarle a la disidencia venezolana

La salida de Leopoldo López de Venezuela y su llegada a España marca un antes y un después en la lucha por la libertad y contra la implacable dictadura de Maduro. Es verdad que hay un sinfín de incógnitas aún por despejar: el motivo y las circunstancias de este movimiento, cómo influirá en la estrategia de Guaidó, cuál será la reacción de la comunidad internacional en el corto y el medio plazo… pero algo es indudable, al haberlo reconocido el propio símbolo de la disidencia: se inaugura “un nuevo terreno de lucha”.

Pasan los años y el régimen corrupto instalado hace ya demasiado tiempo en Caracas sale airoso, desafío tras desafío. Estados Unidos no ha sido capaz de debilitar al sucesor de Chávez, tampoco ha podido hacerlo la vecina Colombia, y mucho menos la Unión Europea, que, como actor transnacional (no digamos global), sigue siendo tristemente un pigmeo, al menos en términos políticos y de seguridad.

López llega a un país, el nuestro, que ya ha servido de abrigo a su padre y su familia, donde han encontrado amparo, cariño y fuerza para el mantenimiento de sus ideas, que pasan lisa y llanamente por la defensa de la democracia y los derechos humanos más fundamentales.

El próximo 6 de diciembre hay convocadas elecciones legislativas que ya están siendo cuestionadas por las principales instancias internacionales por la falta de garantías, unas condiciones propias de un territorio y unas instituciones pisado el uno y las otras por la bota de un tiranuelo.

En Venezuela continúa abriéndose paso el hambre, la persecución y el robo al pueblo, incluido y empezando por el perpetrado contra sus vastísimos recursos naturales, especialmente el petróleo. Lo que cabe esperar de España, y del gobierno de Pedro Sánchez, es que hasta que ese país hermano no pueda disfrutar de lo que merece, quienes resisten y se revuelven contra un sistema cruel y opresor gocen de todo nuestro apoyo, a todos los niveles, de forma abierta y directa. Es una cuestión ética, más allá de sus resultados políticos y pragmáticos, ante la que ningún demócrata se puede ni se debe poner de perfil. Menos aún adoptando una indigna e inaceptable posición equidistante. 

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