José Luis Mora

23F, un pasatiempo

23F, un pasatiempo

Uno

La memoria y la interpretación tópica del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 se han construido sobre dos grandes iconos equívocos e insuficientes: la imagen de Tejero y el discurso del Rey. Es como intentar ver una operación por la rendija de un quirófano o conocer un país en cuatro días, tres noches. Lo fundamental quedará para el diagnóstico o la imaginación, al fin literatura que, en este caso, no ha tocado fondo todavía.

Vayamos por partes:

  1. La expresión de Tejero durante el juicio de Campamento es cierta: “lo que yo quisiera es que alguien me explicara lo del 23F, porque yo no lo entiendo”. Tejero fue un insensato, impulsado como elemento desencadenante de algo cuyos orígenes y propósitos le excedían.

En aquella democracia no asentada, algunas de las conspiraciones y pulsiones golpistas que acompañaban al declive de Suárez fueron conjuntadas y precipitadas, de modo un tanto improvisado, coincidiendo con su dimisión.

  1. Sobre el discurso del Rey sugiero un ejercicio de imaginación (no fantasía). El intrigante Armada, luego condenado, había entrado antes en el Congreso con todos los parabienes. Imaginemos, digo, que su propuesta de un gobierno de concentración con él a la cabeza y destacadas figuras civiles, incluidos socialistas y comunistas, hubiera prosperado; es decir, hubiera llegado a ser respaldada incluso por el Congreso, no solo como salida ante la situación creada sino como vía para consolidar la democracia y antídoto frente al bullicio militar. Oigámoslo ahora de nuevo.

De cuanto se ha escrito sobre aquello, los relatos probables, las respuestas y las preguntas no caben en la entrada de un blog. Como acercamiento al tema, recomiendo un clásico que bebe de todo lo publicado, y de algo más, hasta la fecha de su edición en 2006: 23F, la verdad, de Francisco Medina.

Y dos

El programa Salvados del admirable Évole nos reservaba un divertimento para la noche del trigésimo tercer aniversario: Operación Palace. Vale. Me disgustó la idea de que el secreto del sumario es “tierra abonada para teorías y fabulaciones de todo tipo… Como ésta (que) probablemente no será ni la última ni la más fantasiosa.” ¿Quién gana con la trivialización de cuanto se ha dicho o dirá sobre aquello?

Contra la fabulación fantasiosa, el que sepa que cuente. Tantos años después,  no vale la excusa del secreto al que, por cierto, algunos nunca estuvieron sometidos. En vez de orientar a periodistas (no me refiero a Évole) que escriban unas memorias honestas, ¿será tanto pedir?

Si de comprender lo pasado se tratase, qué buena ocasión la del programa para, además de divertirse, preguntar a Jorge Verstrynge por los orígenes de Alianza Popular, GODSA o, de forma tangencial, aquellos servicios de inteligencia militares que actuaron durante la Transición, a veces como actores políticos prácticamente independientes. O a Eduardo Serra por qué puso al frente del CESID en 1996, cuando Perote había dejado La Casa como un jardín sin puertas, a Javier Calderón, el verdadero jefe de los espías durante el 23F. Y para Anson alguna habría, ¿no?

Uno de los anuncios que precedieron al programa preguntaba: ¿Puede una mentira explicar una verdad?” En literatura a veces, en democracia nunca.