jueves, diciembre 8, 2022

Tempus fugit

Conocíamos el efecto refrescante de combinar humor y ciencia ficción, desde la trilogía de “Regreso al futuro” hasta  la “Guía del autoestopista galáctico” pasando por “Sin noticias de Gurb” o los “Diarios de las estrellas”. Cine y literatura confluían en estas y otras obras, labradas en las posibilidades ilimitadas que el surrealismo y la comedia encuentran en el ingenio de mundos por concebir.

Menos habitual es que el tercer elemento en concordia sea la Historia con su rutilante mayúscula. No se trata en este caso de explorar realidades nuevas, sino de revisitar las hebras y los nudos del pasado sin renuncia a un afán de divulgación.

He aquí uno de los abundantes logros de “El Ministerio del Tiempo”, obra de los siempre lúcidos hermanos Pablo y Javier Olivares. En esta ocasión los héroes del barroco español no se reflejan en los espejos del Callejón del Gato, sino en la lente testaruda de una cámara. Unos guiones efervescentes, una investigación histórica plausible, una admirable habilidad para conjugar géneros, disimulan con holgura ciertas imperfecciones de fábrica como los altibajos en el reparto y las dentelladas al presupuesto que dificultan la recreación de ambientes y de sucesos.

Frente a ello, ingenio a raudales. En la puesta en escena, en la dosis adecuada de comedia y de suspense, en la armonía entre los personajes. El trío protagonista –notable Aura Garrido, sobresaliente Nacho Fresneda- funcionó tan bien con Rodolfo Sancho como lo hace con Hugo Silva,en tanto que la aportación de Juan Gea y Jaime Blanch resulta tan oportuna como entrañable. Spínola o Velázquez como burócratas en el engranaje de un insólito Ministerio acentúan una fibra cómica indisimulablemente hispánica, cercana a los esperpentos de Berlanga y a las viñetas de Francisco Ibáñez. Pero el guion no renuncia a la tragedia, vinculada a la tentación de alterar los acontecimientos que perturban el personalísimo destino de sus personajes: fotos de un pasado que es para ellos futuro, tumbas zaheridas por sus nombres, accidentes que en su condición de centinelas del tiempo se sienten frustrados por no evitar.

La primera temporada de “El Ministerio del Tiempo” sorprendió por su trama, por la riqueza de argumentos que ésta proporciona, por el brillo de capítulos como el sucedido en la Residencia de Estudiantes: ay, ese Lorca “en duelo de mordiscos y azucenas”. Ahora,  en la cesura por suerte sin “n” de la segunda nos consolamos del parón recordando  el encuentro entre Napoleón Bonaparte y Angustias –que sí, que los Olivares se atreven a llamar Angustias a un personaje de ciencia ficción- o la atmósfera mágica que nos condujo a los prodigios de Houdini. Y al parecer aguardan Cristóbal Colón, Felipe II, Felipe V,e incluso un capítulo final con apariciones inesperadas.

Los entusiastas de la serie, raro es seguirla con indiferencia, reclaman ya una nueva entrega. Son o somos los “ministéricos”, imaginando nuevos escenarios y nuevo personajes para las misiones de la Patrulla del Tiempo. Yo quisiera que Garcilaso volviera -cumpliendo la profecía de Alberti-, navegar con Magallanes, conmoverme en la valentía -nobleza obliga- de la defensa de El Caney, sentir la sed de Annual, vociferar en consonante con los ultraístas en su desmadre sevillano. De propuestas como éstas se alimentan las redes sociales, que ofrecen también encuentros virtuales con sus protagonistas, redifusiones continuas de los capítulos y sus apéndices, incluso una tienda oficial.

Existen naturalmente voces críticas, puristas a menudo de la ciencia ficción que resaltan algunas imperfecciones.¿Cómo es posible que las puertas conduzcan a días exactos y por tanto parezcan no estar sujetas al propio transcurso del tiempo? ¿Con qué mecanismo los teléfonos móviles funcionan en épocas pretéritas a antenas y satélites? ¿Qué impide que se pueda viajar al futuro si espacio y tiempo componen un “continuum”?

Verdaderamente no es fácil especular acerca de viajes en el tiempo sin incurrir en decenas de paradojas. Algunas de orden físico como la consabida “paradoja del abuelo” que en la serie emerge con variantes, otros de orden moral como si sería lícito alterar el curso de los acontecimientos en aras de evitar un mal mayor.  

Javier Olivares esgrime que los ingredientes que endulzan la serie proceden más de la fantasía que de la ciencia ficción, género en el que la imaginación puede escapar de ciertos rigores empíricos. Una reflexión oportuna y una recomendación saludable para disfrutar de una amable utopía – o “politopía”, si me permiten el término- con mitología a lo Carrere, vicisitudes a lo “Doctor Who”, y dos goles ahora sí que infinitos de Kiko y de Simeone.

Fernando M. Vara de Rey

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