martes, noviembre 29, 2022

Paseando a Miss Lenguas

Cada mañana, cuando me hago burla ante el espejo, me recreo en este apéndice tan apreciado y me pregunto qué tipo de utilidad le deparará ese día. He observado, a lo largo de los años que la mía tiene vida propia y variada. Que tiene un comportamiento distinto según con aquella homóloga con la que entre en contacto.

Se las ha visto con lenguas muy largas, de esas que son imprudentes, indiscretas y ligeras. Las poco fiables y faltas de palabra. O con esas viperinas y afiladas, con dobleces y sarcásticas. Murmuradoras y víricas. Una mala lengua, como diría mi abuela. Y hablando de la familia, también se las ha visto con lenguas paternales, protectoras y tradicionales. Auxiliadoras y cobijadoras. Comprensivas y comprometidas.

Las laborales, estresadas y  tensionadas. Nerviosas y tartamudeantes.  Las busconas, discutidoras y conflictivas. Las medias lenguas, burlonas y descalificadoras. Y también las lenguas amigas,  francas y confiadas. Preocupadas y atentas. Las lenguas parejas, unidas y unidireccionales Tiernas y cariñosas. Las lenguas  festivas, enrolladas y alegres. Divertidas y de buen humor.

Hay muchas más, pero de todas ellas hoy se aplicará con las lenguas incandescentes. Apéndices guardados en cuevas calientes,  Salivadas y húmedas. De las que transitan por surcos y curvas. Zigzagueantes y ondulantes. Lenguas saladas que auscultan cada poro. Acariciadoras y succionadoras. Lenguas  tentadoras que se asoman por los labios y los rodean pausadamente. Incitadoras y provocadoras. Lenguas viajeras.

Exploradoras y tanteadoras. Lenguas sedientas de torrentes de líquidos calientes. Complacidas y regadas.

Hoy, mi lengua va a estar viva. Muy viva. Y eso que apenas hablará. Hoy recorrerá un torso desnudo dejando una huella de saliva. Húmeda.

Babosa. Lenta. Y un cuello en el que alternará su lametazo con el mordisqueo falso de unos labios. Y se enredará con otra en una boca que la provocará mientras unas manos rodean mi cuerpo y y buscan mis profundidades.

Hoy, sé que mi legua se entretendrá en acariciar un pene a lo largo y a lo ancho. Sin prisas. Y sé que se entretendrá en un glande suave y terso. Despacio. Saboreando milímetro a milímetro. La suavidad de la piel de un glande sólo es apreciada por la lengua. Suavidad contra suavidad.

Y también sé que bajará hasta lugares rugosos. Oscuros. Feos. Que intentarán escurrirse. Huir. Hundirse. Pero que terminarán apretándose para estallar. Y que también recorrerá las ingles y las nalgas. Y saboreará la sal del sudor.

Y sé que mi lengua después gemirá con ansia, casi angustiosamente, mientras sienta como me llenan. Y más tarde saldrá todo lo que pueda para buscar, sedienta, ese sabor acre que produce un hombre cuando se conmueve.  

Hoy, sé que mi lengua se sentirá feliz aunque no hable.

Por cierto, también me gustan las lenguas muertas… porque saben hasta latín.

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