lunes, diciembre 5, 2022

Acabar con la mediocridad

Saldremos adelante porque al final siempre se sale adelante. Las crisis cíclicas del capitalismo no esconden mayor misterio que el de desvelar cuales serán los costes de su salida. Históricamente, la carga mayor ha recaído sobre los trabajadores con rentas más bajas, en los sectores sociales que tienen mayores dificultades para la integración laboral y en aquellos colectivos que tienen una mayor necesidad del respaldo del estado para afrontar los malos momentos de la economía. Pagan las crisis los sistemas públicos de salud, las redes de protección asistencial, los servicios públicos que sirven para igualar la calidad de vida de los ciudadanos.

Cuando llega la crisis, tiembla el empleo estable. Tiembla la contratación femenina y la contratación juvenil se hace con precios de saldo.

En España, la crisis tiene identidad propia. Es cierto. La metáfora de la burbuja no deja de ser un maquillaje sobre una economía fundamentada en la especulación y el enriquecimiento rápido. Nuestros empresarios más destacados se parecen más a los tratantes de ganado del mercado de Talavera, que cierran sus tratos con un apretón de manos y cambian los fajos de billetes de bolsillo en un «pis pas» sin otra mediación legal que el trato entre «caballeros».

Nuestra economía está más instalada en la Mesta que en la revolución burguesa y el espíritu emprendedor de un capitalismo moderno. Es obsoleta en muchos sectores y su improductividad es la del negocio rápido y la inversión escasa. Aquí te pillo y aquí te mato. Demasiados hombres de negocios, pocos empresarios.

Arrastramos aún las cadenas, la ideología del sortilegio, el oscurantismo frente a la creación, el silencio mediocre ante la divulgación científica. Somos más como la Noria que como las Redes de Punset. Estamos atrapados en el universo místico de la monja de las llagas y por eso no despegamos como sí lo hicieron los peregrinos calvinistas o los anglicanos. Nos persigue el tufo cultural del lenguaje rancio, también en la economía. Hacemos los discursos de la modernización y del progreso pero los hacemos como los monos del zoo hacen las piruetas que deseamos ver para recibir su ración de cacahuetes. Imitamos y encima lo hacemos mal.

Cuando alguien pone fe y empeño y trata de quebrar la monotonía de la certidumbre alzando una voz crítica con las inercias, entonces acuden los Santiago matamoros, los campeadores que acechan siempre a lo innovador, lo diferente, lo que nos haga abandonar el paleolítico moral y el atraso secular de nuestra actividad.

Zapatero intenta abordar la crisis evitando cargar su peso sobre los más débiles. Aplica el principio racional del pacto social, la garantía de supervivencia de nuestra sociedad evitando que ésta caiga en el abismo de los choques brutales entre la marginalidad y la satisfacción. Zapatero quiere que la crisis derive en un modelo productivo real, en un cambio de paradigma económico que nos sitúe en las oportunidades del desarrollo científico en los nuevos campos del progreso del siglo XXI, en la innovación y en el desarrollo en nuevos modelos competitivos.

Zapatero cree que los cambios deben hacerse sobre colchones sólidos y que el impulso debe provenir de un esfuerzo colectivo de la sociedad, la empresa y el estado. Quiere conjurar los demonios clásicos de la exclusión de los más débiles, la que siempre termina alimentando una sociedad dual, fundamentada en una enorme injusticia que denigra por si misma cualquier avance que se pueda dar. Salgamos de la crisis, pero salgamos todos porque hay opciones reales que lo permiten.

Sospecho que muchos que se rasgan las vestiduras y se tiran de los pelos desearían volver a la subvención del ladrillo y al crecimiento calculado en la perpetuación de nuestra dependencia de sectores económicos tan concretos como limitados. Como el viejo apostado en el balcón en la novela de Azorín, la España inmemorial quiere ver pasar el tiempo sin que nadie cambie las cosas que siempre fueron así. Quieren dejarnos un legado inmutable, vacío, vano. Una realidad de cerámica, de apariencia sólida, de consistencia débil. El mundo a rastras que siempre fue España desde el final del imperio de los Austrias.

Qué pena esta falta de valentía y de coraje para resolver el presente mediante medidas hechas con materia de futuro. Qué pena ésta sinrazón acomodaticia que reduce todo al diagrama de una suma o una resta, pero nunca al de una operación compleja.

Zapatero errará, seguro, en mucho, pero acierta en intentar aprovechar esta oportunidad para dar el salto con el que sólo sueñan los que creen de verdad en las auténticas posibilidades del país. Una idea incomprensible para Rajoy que se limita a echar cuentas sobre sus auténticas oportunidades personales en el futuro.

Dos formas de entender la política y la responsabilidad.

Rafael García Rico

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